blogeditor · 10 de agosto de 2020
En distintas mitologías, las apariciones suelen estar acompañadas de mensajes de cambio, ya sean buenos augurios o de inminentes tragedias. Lo mismo podría decirse del oso negro que se reveló a un grupo de turistas en el Parque Ecológico de Chipinque en Nuevo León –y gracias a las redes sociales, al país entero-. El silencio del emisario nos recordó que las divisiones entre el mundo “natural” y el mundo “nuestro” son artificiales e insostenibles. Como en las narraciones hindúes, helénicas y bíblicas, nuestra posibilidad de supervivencia está en nuestra capacidad de comprender la misiva: ciudades como Monterrey y su Zona Metropolitana necesitan equilibrar el acceso al suelo entre los seres humanos y las otras formas de vida.
El advenimiento del oso más mediático de su especie ocurrió de manera paralela a los trabajos realizados por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) para construir el nuevo Programa de Conservación y Manejo del Parque Nacional Cumbres de Monterrey (PNCM) –en cuyas afueras se encuentra el Parque Ecológico Chipinque-. Según anunció la CONANP a finales de febrero de este año, el borrador debía estar disponible al público desde abril para el proceso de consulta pública. Hasta la fecha, esto no ha ocurrido, supongo como un efecto más de los rezagos generados por la pandemia.
En la espera de la publicación del documento y su eventual consulta, el Programa de Conservación y Manejo para el PNCM realizado en 2006 nos da un registro de la situación que enfrentaba el parque la última vez que se hizo un ejercicio de este tipo. En aquel entonces ya se advertía la disminución de los espacios y de las densidades poblacionales de especies como el oso negro,1 la cual requiere “142 hectáreas por cada oso para que no se afecten las condiciones del ecosistema”.2 El modelo de desarrollo urbano en Nuevo León –el cual, más allá de sus especificidades, es reproducido en muchas otras ciudades del país- ha tenido un papel muy importante en este fenómeno.
Por un lado, por el negocio de “hacer ciudad” y la especulación inmobiliaria. El Programa de Conservación y Manejo para el PNCM del 2006 advertía que la pérdida del territorio de los osos negros se debía principalmente a los cambios en el uso de suelo3 y a una “fuerte presión para urbanizar”.4 Además, señalaba que “en el Parque hay nuevos propietarios que empeñados en continuar con este tipo de construcciones, presionan a las autoridades municipales de Santa Catarina para otorgarles los permisos necesarios”.5
Por otro lado, la falta de acceso a la vivienda en la Zona Metropolitana de Monterrey ha orillado a muchas personas a vivir en los asentamientos informales de la periferia, cuyo crecimiento ha tenido un impacto importante en el hábitat de diversas especies. Así lo señaló la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (PROFEPA) desde el año 2010, estableciendo una relación entre este fenómeno y el aumento de avistamientos de osos negros.6 Lejos de llevarnos a criminalizar esta forma de autoconstrucción que surge de situaciones precarias, debemos pasar a un esquema en el que la atención a estos sectores sea incluida entre los esfuerzos a nivel municipal, estatal y federal para la protección de las áreas naturales protegidas.
Atendiendo a que no es posible abordar por separado el urbanismo, el medio ambiente y el acceso a la vivienda, le propondría a los Ayuntamientos de San Pedro Garza García y Santa Catarina conformar una mesa interdisciplinaria de coordinación en la cual se aborden estas tres perspectivas. Para su integración podría invitarse a representantes del Gobierno de Nuevo León, de la CONANP y de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU), así como a integrantes de organizaciones de la sociedad civil y de la academia. Lo anterior con el objetivo de poder dar propuestas holísticas para el nuevo Plan de Conservación y Manejo para el PNCM, así como hacer un diagnóstico de distintas medidas legislativas y administrativas necesarias para una nueva relación de hábitat entre los seres humanos y las otras especies de la Zona Metropolitana de Monterrey.
Las ciudades son también un poder que requiere límites, sobre todo cuando su crecimiento compromete reservas de la biosfera como el PNCM, el cual en 2006 fue declarado por la UNESCO como Patrimonio Natural de la Humanidad. Creo que ésta es una oportunidad para que un evento que pareciera destinado al anecdotario regiomontano detone un proceso que sea referente a nivel nacional. Ojalá el próximo oso nos encuentre con más sabiduría para reconocer que el suelo es un recurso escaso que debemos aprender a redistribuir. Y no solo entre los seres humanos.
1 Programa de Conservación y Manejo del área natural protegida “Parque Nacional Cumbres de Monterrey”, pág. 45. Disponible en formato digital a través de este enlace.
2 Ídem.
3 Programa de Conservación y Manejo del área natural protegida “Parque Nacional Cumbres de Monterrey”, pág. 45. Disponible en formato digital a través de este enlace.
4 Ibídem, pág. 43.
5 Ibídem, pág. 45.
6 Profepa. “Aumentan avistamientos de osos en Nuevo León, en últimos 5 años”, comunicado de 2010. Disponible en formato digital a través del portal oficial de la institución en este enlace.