Los masái y los leones: por una cultura empática con los animales

blogeditor · 4 de enero de 2023

Los masái y los leones: por una cultura empática con los animales

La cultura es una dimensión inherente a la realidad humana y es dinámica; pensarla como estática va en contra de la propia reproducción cultural que se reinventa generación tras generación. Podemos abordar desde esta perspectiva los debates (bio)éticos ligados a la cultura y la crueldad ejercida sobre los animales no humanos a diferentes escalas y en distintos espacios geográficos alrededor del mundo. No obstante, nos enfrentamos a lo que pareciera ser un enunciado incuestionable: el posicionado argumento del respeto a la diversidad cultural y a la libertad de culto con el objetivo de defender ciertas prácticas que atentan contra los animales. Hay que considerar que las acciones y prácticas, independientemente de la cultura a la que se adscriban, no escapan de debates y reflexiones en torno a las consideraciones éticas que generan.

Ante esto, se deben realizar algunas puntualizaciones. Por un lado, consideramos que la persecución que se hace a escalas menores es parte de un clasismo y racismo que busca señalar ciertos actores de la crueldad y encubrir otros. Por ejemplo, el ecofascismo burgués busca centrar los esfuerzos sobre las prácticas culturales que operan a una menor proporción que otras actividades impulsadas por la cultura occidental, como la ganadería extensiva o la trata de pieles, las cuales proliferan más. Por otro lado, valoramos que los esfuerzos por la concientización a escalas locales son también legítimos, siempre y cuando no se conviertan en una persecución cultural.

La cultura, al reinventarse, puede repensar de entre sus actuares aquellos que atentan contra la vida de otros seres para poder modificarlos. Para ejemplificar esto, recurrimos al caso del pueblo masái, un grupo étnico seminómada que habita en África oriental, en territorios cercanos al monte Kilimanjaro, entre Kenia y Tanzania. Por mucho tiempo, un ritual iniciático para los hombres masái ha sido matar un león; sin embargo, en épocas recientes dicho ritual ha dejado de ser practicado en los mismos términos, y ya no implica la muerte material de este animal.

La principal división entre los masáis, además de la de género, es la de grupos etarios. Los jóvenes, en su etapa de guerreros moran, solían organizar la caza de un león macho, joven y sano, ocupando únicamente lanzas y escudos; no con el objetivo de obtener un trofeo, sino de consolidar su transición a la etapa adulta, pues consistía una prueba que implicaba gran valentía. La cacería era realizada en grupo, y el primero en atacar al león se quedaba con su cola, mientras que quien le daba muerte recibía la melena, que posteriormente era transformada por las manos artesanas de las mujeres masái en un tocado que identificaría a dicho joven como el más valiente de su grupo.

En la actualidad, varios masáis han pasado de cazar a los leones a optar por su protección y salvaguarda, en muchas ocasiones en colaboración con ONG, dando un giro a las formas como ejercen su reproducción cultural y social. De esta manera, el rito no desaparece y el león sigue siendo un símbolo de poder fundamental entre los masáis, pero la muerte es ahora únicamente simbólica, y el ritual se da por medio de actividades como el deporte. Se demuestra así que la cultura no es estática, que los grupos pueden repensar y reelaborar sus prácticas reorientándolas hacia un actuar más ético en concordancia con la sintiencia animal, con la disminución de la crueldad y el sufrimiento que padecen ciertos individuos animales objeto de maltrato por prácticas culturales.

Desde las perspectivas culturalistas, como la Geografía Cultural, debemos tener en cuenta que la memoria biocultural puede ser reinterpretada para reconfigurar prácticas culturales y llevarlas por el camino de la empatía, por ejemplo hacia otros animales con quienes compartimos nuestros espacios. Las geografías humanas y las animales en general se entrecruzan, como en concreto la de los masáis y la de los leones. Estos últimos, cabe anotar, han perdido presencia en más del 90% de su antiguo territorio animal. Ambas espacialidades merecen consideración, y los seres humanos, desde distintas éticas comunitarias, pueden incorporar a su pensamiento o profundizar en reflexiones bioéticas y zooéticas.

Una acotación necesaria en este punto es que, desde este enfoque, no consideramos que el abandono de las prácticas de caza de leones entre los grupos socioculturales africanos sea a favor de la supuesta alternativa del turismo cinegético. Esto sólo daría un vuelco hacia alabar el antropocentrismo que sigue considerando a los animales como recursos, sin respetar sus intereses, su valor intrínseco, sus temporalidades y sus territorialidades (incluso dentro de reservas). Esta práctica, que sucede en lugares como Sudáfrica, no es una transformación beneficiosa, sino que incluso resulta más perjudicial, pues legitima el poder del dinero: “mata quien puede pagar”. Ello aun cuando sea bajo argumentos como el de la generación de empleos o el de la “mayor protección a la especie cazada”, que resulta una contradicción pues no se consideran los intereses y el valor de los propios individuos animales.

Los procesos de transformación cultural son paulatinos y, aunque se pueden hacer campañas de concientización para reducir el maltrato y la crueldad, no podemos optar por la persecución cultural. Los cambios graduales son posibles. Al respecto, es fundamental resaltar que la urgencia por resolver las crisis no nos puede llevar a cometer actos impositivos contra las comunidades que siguen replicando ciertas prácticas. En la academia contemporánea se han cometido actos atroces con la bandera del “actuar urgente ante la crisis”, por lo que se debe pensar y proceder paulatinamente, pues la inercia puede resultar incluso contraproducente en la lucha por un cambio de conciencia del antropocentrismo hacia otras formas de pensamiento, más horizontales para con la vida no humana.

En este sentido, se debe reafirmar que la cultura es dinámica y está en constante transformación, por lo que no estamos condenados a simplemente obedecerla. Atender a los contextos histórico-geográficos específicos es crucial para no criminalizar prácticas. Entonces, hay que actuar con prudencia al visibilizar las problemáticas y apostar por construir un mundo más justo y ético para los seres sintientes, eliminando la crueldad. La zooética y las cosmovisiones de las culturas no occidentales no están peleadas, y existe un amplio —y necesario— campo de diálogo para girar hacia actuares más éticos. Repensar y cuestionar la relación cultura-naturaleza es un mandato preciso en esta crisis civilizatoria. La pregunta abierta es: ¿qué aspectos y prácticas de dicha relación cambiaremos y desde qué epistemologías?

* Rubén Ismael Tovar Cabrera es estudiante del séptimo semestre de la Licenciatura en Geografía por la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL). Se especializa en Geografía Cultural y Geografía y Ética. Sus temas de interés son las geografías indígenas, el abordaje cultural del espacio y la geografía textil. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” y profesor de Geografía y Ética en la FFyL.

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