Los juegos del hambre

blogeditor · 22 de agosto de 2016

Los juegos del hambre

No sé con seguridad cuál fue el problema inicial de nuestro país, la raíz de nuestra mediocre realidad. Quizá, indirectamente, la invasión de las costumbres americanas, aunque, pensándolo bien Estados Unidos es la primera potencia mundial. Pero el intercambio de culturas y el actual desencantamiento por la justicia en nuestro país nos han arrojado hacia un debilitamiento de valores, creencias y principios nacionales. No me malentiendan, yo estoy muy orgullosa de los cinco mexicanos que se llevaron medallas olímpicas, incluso de aquellos que se esforzaron en cada competencia.

Pero ¿por qué me siento tan desencantada de no haber oído tocar el himno nacional en una ceremonia olímpica? ¿Por qué tengo este sentimiento de frustración mexicana? ¿Y a la vez de conformidad? ¿Acaso ya no creo en México? ¿Una afirmación demasiado general? Para ser sincera, México me parece un país hermoso, con notables monumentos, una historia interesantísima, una gastronomía espléndida y un clima fantástico.

Por lo demás y con todo lo que tiene que ver con las instituciones y gobierno, y salvo honrosas excepciones, se me antoja un país horrible. ¿Que los hay peores? Por supuesto, pero no he nacido ni vivo en ellos. Además, compararnos con los peores para sentirnos a gusto es una puerilidad; como si comparara a Usain Bolt de 1.95 con Alexa Moreno de 1.47 para poder decir “No pues, es que él triunfa porque está muy alto“. No, caray; en México somos bajitos, somos llenitos, morenitos, así somos -carajo- la gran mayoría.

¿De verdad no nos gusta? Quizá debería decir lo mismo que la mayoría piensa ahora sin una medalla de oro: me duele México. Porque ese dolor implica, de un modo u otro, cariño.

Somos incultos y, lo que es peor, estamos encantados de serlo. Al que se interesa por la cultura se le tacha despectivamente de “geek”, o de “friki” a secas. Los artistas y creadores son parásitos a los que se puede despojar de cualquier derecho. Todo aquel que triunfa por su talento es sospechoso y, por tanto, merecedor del descrédito. ¿Estudiar, aprender? ¿Para qué? Los pobres pierden el tiempo formándose. Aquí lo importante es “bisnear” con el que está arriba, con el que tiene contactos.

Cuántas veces he oído decir en reuniones que más vale que tu hijo estudie en la Ibero o en el Ipade o en alguna otra “carísima” universidad, porque lo importante son las relaciones, los “contactos”.

México es el reino de los mediocres. Lo único que valoramos es la “lana”; pero no el dinero conseguido mediante ingenio y esfuerzo, sino el dinero rápido, el que nos hace ricos. El que compra departamentos en Miami o en las Lomas.

Los aprovechados, los listillos, los demagogos, los corruptos, esos son nuestros héroes. ¿A causa de nuestra tradición telenovelera? Pues si es así, seguimos sin entender nada, porque el objetivo de la telenovela mexicana no es enaltecer al que se esfuerza, sino criticar una sociedad injusta. Ni siquiera comprendemos nuestras propias tradiciones. Somos idiotas. Y hacemos muy bien la ola y echamos porras. Y somos maleducados. Y feos. Y nos encanta la “chela”, el “fut” y la fritanga con coca cola.

En realidad, somos el indito con zarape y sombrero que esta jetón afuera de la cantina, somos exactamente lo que el resto de los países creen que somos.

Y somos el que dice: “Ah, pinches deportistas mexicanos mediocres”.

Y eso no es lo malo amigos, lo peor es que estamos desperdiciado una oportunidad histórica de corregirnos, de mejorar; y lo realmente terrible es que pocos son los que hacen algo para cambiar y de esa forma solo puedo decir que las cosas sólo van a empeorar. Nuestro tradicional desdén hacia la cultura, el deporte y la inteligencia… nos hace vivir unos juegos del hambre.

A mí sí me alcanza el orgullo y, a pesar de sentir un vacío, estoy contenta por los que compitieron, por los que ganaron y porque en el fondo sé que México es un gran país.

 

@maricelarosales