blogeditor · 9 de abril de 2013
Eric Holder es Procurador General, o su equivalente anglosajón. Ha dicho, con la autoridad que le confiere su puesto, que los bancos son demasiado grandes para que se les finquen responsabilidades, pues ir tras ellos propiciaría un colapso financiero de alcances globales.
Lo que ha ocasionado esta peculiar interpretación de las reglas del juego que deberían ser parejos para todos, es una licencia para seguir abusando sin temor a represalias legales, por parte de consorcios. Eso ya se sabía, pero pocas veces se había expresado desde las entrañas del Poder Ejecutivo.
Lo dicho por Holder únicamente viene a constatar una Teoría de uso corriente. TBTF (Too Big to Fail), y que se aplica para el caso del banco HSBC, multado en 2012 por lavar miles de millones de dólares de la delincuencia organizada, incluyendo al Cártel de Sinaloa.
En la Unión Americana y México, para que la fórmula perdure es menester que la regulación y vigilancia sea laxa o de plano inexistente. Lanny Breuer: operador del Partido Demócrata al que se le encargó consignar –desde el Departamento de Justicia- a los responsables de la debacle financiera de 2008 bajo las órdenes de Eric Holder (el que ‘no estuvo enterado’ de Rápido y Furioso), no sólo incumplió la encomienda conferida por Obama al nombrarlo responsable de investigar y sancionar delitos financieros. Fiel a la costumbre que borra los límites entre el servicio público y el privado, ya trabaja para su antiguo bufete, cabildeando a favor de todas aquellas empresas: bancos, aseguradoras, que se supone iba a meter en cintura.
La puerta giratoria que permite que funcionarios, legisladores y demás burócratas acaben por ser empleados y facilitadores de empresa (fenómeno al que no somos ajenos en México), es una realidad ineludible.
Para entender la abierta renuncia de sus obligaciones por parte de los políticos norteamericanos, nada más provechoso que ver este programa transmitido el año pasado por PBS, en su serie Frontline: The Untouchables.
Allá hacen falta los legitimadores de decisiones nada democráticas. En México también suele suceder, pero rara vez en el ámbito de las relaciones internacionales. Hay excepciones, como la del chantajista y pendenciero embajador de Azerbaiyán, quien el pasado domingo publicó en Milenio una hipérbole delirante con el sello estaliniano de la casa Aliyev. Dinastía cleptócrata, violadora sistemático de los Derechos Humanos; invitada por el Alcalde Verde a transformar espacios públicos de la Ciudad de México en instrumentos de propaganda y al Culto a la Personalidad.
Con desplantes poco diplomáticos, el embajador recicla todas las fórmulas a los que nos hemos acostumbrado desde que fue exhibida la subasta de dos sitios emblemáticos, porque alguien convenció a Marcelo Ebrard que la inauguración de la estatua del Patriarca Heydar y la Plaza Tlaxcoaque sería una buena oportunidad para la foto. Ahora el blanco de las diatribas de Ilgar Mukhtarov es nada menos que José Sarukhán: ex Rector de la UNAM y científico mexicano de intachable trayectoria y autoridad moral, opuesto al embrollo en que nos ha colocado el Gobierno cómplice de la Ciudad de México.
Sin el menor empacho el autor de marras ensalza la figura del sátrapa al que Ebrard consideró, en su momento, ‘gran estadista’. Confirma una lectura de su texto que la labor desempeñada por nuestros representantes populares en las dos Cámaras anteriores, dejó mucho que desear al aprobar puntos de acuerdo modificando tramposamente una masacre a todas luces condenable durante el conflicto de Nagorno-Karabakh, y transformándola -en la lógica orwelliana del aliyevismo– en ‘uno de los peores genocidios del siglo XX’. Así lo señalan con todas sus letras una estatua y dos placas, en el sitio donde el 19 de septiembre de 1985 se extrajeron cadáveres con huellas de tortura de los separos de la policía política del DF, ubicada a unos cuantos metros de este monumento a la Mentira y al Doublethink. La conclusión de su panfleto es absolutamente deleznable.
¿Y el resultado? En esta ciudad digna de Alicia en el País de las Maravillas, 100% predecible. Pronto tendrá la familia Aliyev su Casa de Cultura, y la ocasión de reciclar un lodazal de mentiras e infamias, cortesía del Gobierno del Distrito Federal que ahora encabeza Miguel Ángel Mancera. El heredero de las broncas de su predecesor ofrece lo mismo. Pusilanimidad institucional; complicidades continuistas.
Y algo más. Un integrante del Consejo nombrado por Ebrard después del mayúsculo derrapón para hacer recomendaciones y atenuar el golpe sufrido por el precandidato del PRD a la presidencia en 2018 (que dicho sea de paso, no se han cumplido en su totalidad: pendiente cambiar la redacción de las tres placas que hablan de un genocidio, sustituyéndolo por el término masacre) es Gerardo Estrada. Acaba de ser nombrado director del Auditorio Nacional. Ya está de vuelta en la administración pública. Como Breuer, pero en dirección opuesta.
Destacan politicos de utilería que abdican de sus funciones a priori, dizque para evitar ‘colapsos económicos’ (y por motivos adicionales: las instituciones financieras se curaron en salud donando mucho dinero a las campañas presidenciales de Obama); igual caricaturescos embajadores: trasnochados y tramposos, como salidos de la Cortina de Hierro en los años cincuenta.
¿Cuántos Intocables autóctonos tenemos en México? ¿Podremos, alguna vez, contenerlos?