blogeditor · 12 de febrero de 2022
Cuando pensamos en los años sesenta en Estados Unidos, a la mayoría se nos viene a la cabeza una imagen de una época despreocupada de innovación, paz, moda y buena música y, hasta cierto punto, lo fue. La contracultura hippie trajo consigo una revolución sexual, mayor aceptación de la homosexualdad, conciencia medioambiental, y difundió el rechazo al capitalismo y al materialismo. Sin embargo, el movimiento no vino sin sus desventajas, sobre todo para las mujeres y los niños que formaron parte de él.
¿Qué tanto de los movimientos de hoy en día implican un retroceso para un sector de sus miembros? Movimientos políticos (como el que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia), sociales, culturales, “transformaciones” enteras de país, incapaces de reconocer en sí mismos que son contrarios, en ocasiones, a sus propios ideales. A partir de la exploración de movimientos anteriores, cuyos miembros permanecieron ignorantes al daño y riesgo que implicaron, deberíamos poder aprender a reconocer los mismos patrones a nuestro alrededor y así dejar de romantizar e idealizar culturas que no fueron (y no son hoy) más que opresión bajo otro nombre y evitar que repitamos los mismos errores.
El estilo de vida hippie valoraba expresiones artísticas y musicales, el amor libre y polígamo y el consumo recreativo de drogas (especialmente marihuana, LSD y otros alucinógenos). El matrimonio tradicional y la responsabilidad hacia los hijos les parecían absurdos, ya que consideraban que la familia nuclear era hipócrita, restrictiva y conformista. Buscando desprenderse de la dinámica convencional de las familias, recurrieron a la vida en comunas. Sin embargo, en ellas se terminaron manifestando las mismas normas de género desequilibradas y oprimentes de las que buscaban escapar.
En ese sentido, las comunas, a pesar de haber nacido con la ilusión de liberar a sus miembros de la rigidez e injusticia de la unidad familiar tradicional, seguían teniendo la misma estructura patriarcal, con un hombre como líder y las mujeres desempeñando funciones de crianza y cuidado del hogar.
Las condiciones en las que se vivía en las comunas eran rurales y arcaicas y para adaptarse a ellas reprodujeron roles de género igual de anticuados. Frecuentemente no tenían electricidad ni agua potable, las mujeres se dedicaban a lavar ropa a mano y trasladar el agua de ríos. Realizaban las tareas tradicionales “femeninas”, como cocinar, limpiar, lavar, cosechar y cuidar a los niños. Mientras tanto, bajo el supuesto de que las mujeres no podían manejar el equipo, los hombres conducían los tractores y aserraban la madera.
Así, las mujeres terminaron viviendo bajo la misma opresión y estructura patriarcal desequilibrada, pero en aún peores condiciones de aquellas de las que buscaban escapar al liberarse de la familia tradicional.
El movimiento hippie surgió poco después de que la píldora anticonceptiva fuera aprobada en Estados Unidos, cambiando drásticamente las ideas y actitudes con respecto al sexo. Hasta los cincuentas el sexo fue un tema completamente tabú, invadido de prejuicios. Hombres y mujeres estaban poco educados y mal preparados para la revolución sexual que trajo consigo la contracultura hippie.
Durante siglos, el motivo principal que obligaba a las mujeres a decir que “no” al sexo era el miedo a un embarazo no deseado. Cuando surgió un método anticonceptivo confiable, esto dejó de ser una razón. La combinación de estos factores fue explotada por muchos hombres, quienes usaron el concepto de “amor libre” como excusa para tener relaciones sexuales, en muchas ocasiones sin consentimiento y casi siempre sin compromiso con niñas y jóvenes convirtiéndolas desde muy pequeñas en objetivos vulnerables a las agresiones sexuales. Bajo el estandarte de la liberación sexual, estos abusos eran tolerados e incluso incitados por los miembros de las comunas.
Al ya no estar atados a los compromisos del matrimonio, la mayoría de los hombres no sentía ningún tipo de obligación hacia las mujeres que embarazaba y se liberaba de la responsabilidad de colaborar en la manutención de sus familias, imponiendo cargas extras para ellas y para los niños que nacían de esas relaciones. Incluso, los valores y ética de la contracultura prohibían a las mujeres contactar a tribunales o a la policía, dejándolas sin recursos para romper esos ciclos. Los hombres consideraban que el ideal de la obligación mutua y recíproca era un obstáculo para la libertad pura, que era el estandarte que le daba sentido al movimiento.
Las comunas, ante la ceguera de sus miembros, terminaron siendo un reflejo de la sociedad en general, con la misma segregación racial, roles de género y homofobia que se manifestaba a su alrededor.
¿Qué pasa hoy con movimientos que se proponen como liberadores? ¿Permanecen ciegos a los patrones que reproducen?
El ejemplo actual que se nos viene a la mente es la “Cuarta Transformación” de López Obrador. Un gobierno supuestamente “por el bien de todos, primero los pobres”, que ha aumentado el número de pobres en 3.8 millones en sus primeros tres años. Como los hippies con las mujeres, el presidente se niega a verlo, declarando una y otra vez que él tiene “otros datos”, que todos los problemas son heredados de gobiernos anteriores o que los periodistas, los conservadores y el mundo conspiran en su contra.
Aunado a esto, López Obrador, quien declara estar “en contra de la violencia, en cualquiera de sus manifestaciones” y asegura “garantizar la paz y la tranquilidad en México”, niega el problema que presenta la violencia de género. Ha eliminado programas dirigidos al apoyo de comunidades vulnerables (entre ellas las mujeres), declaró no reconocer una diferencia entre los feminicidios y los homicidios, y sugirió que el 90 % de los 26,000 reportes de violencia contra las mujeres que recibieron los centros de llamadas de emergencia a marzo de 2021 no fueron más que bromas. Cerró los albergues para mujeres, quitó el programa contra la violencia escolar y espera que los delincuentes se corrijan si se les acusa con sus madres y abuelas, dejando así desprotegidos a varios de los grupos más vulnerables del país.
Por si fuera poco, se olvida de las instituciones democráticas que lo llevaron al poder. Niega siquiera la posibilidad de investigar las denuncias de posibles conflictos de interés y de corrupción entre miembros de su familia y equipo de gobierno. Y, como los hippies, clausura las vías de salida. Así como ellos tenían prohibido implícitamente ir a la policía y denunciar, el gobierno desmantela y corrompe las rutas de escape y/o los contrapesos: el INE, CONACyT, el CIDE, la Suprema Corte, Indesol, los medios de comunicación y decenas de instituciones cooptadas que apuntan hacia un gobierno autoritario, aislado y hegemónico.
¿Seremos capaces de identificar estos patrones antes de sufrir las consecuencias, y realmente hacer de un movimiento social algo liberador y pacífico, en vez de simplemente opresión disfrazada de valores y aspiraciones? ¿Seremos capaces de consolidar movimientos políticos que pregonen que luchan por los pobres sin que radicalicen su condición de pobreza? ¿O sólo nos daremos cuenta, de nuevo, cuando el daño ya esté hecho? ¿Nos es necesaria la distancia para poder objetivamente juzgar los síntomas de la opresión, o será posible reconocerlos a tiempo a nuestro alrededor?