Joel Aguirre · 20 de julio de 2026
El deporte despierta pasiones. No es solo una opinión, es un hecho. Como los hechos ocurridos durante los festejos deportivos en el Ángel en CDMX, en París y Nueva York.
El deporte como “espectáculo” puede remontarse hasta los Juegos Olímpicos de la antigüedad en Grecia, pero otras culturas históricas como las mesoamericanas también ofrecen ejemplos semejantes como el juego de pelota. Estos “deportes” del pasado tenían un carácter religioso porque eran parte de rituales y sistemas simbólicos, no solo meros espectáculos de entretenimiento.
Hoy los deportes siguen teniendo una importancia que va más allá del hobby y de producto de la industria del entretenimiento. Los deportes convocan multitudes, actitudes, historia, rivalidades, etcétera. La zozobra de la derrota puede llegar a pesar tanto como la pena de una pérdida personal y, por el contrario, la celebración de la victoria puede ser tan grandilocuente y desaforada que raya en la destrucción ritual.
En los últimos meses hemos podido observar casos muy concretos con los que surge la pregunta anterior. Entre la noche del 30 de junio y el primero de julio los festejos por la victoria de la selección mexicana sobre la delegación de Ecuador terminaron con cuatro personas fallecidas por asfixia. Por otro lado, la victoria de los Knicks en NY, Estados Unidos, suscitó tiroteos y destrucción de infraestructura urbana. Por último, el título de la Champions League del Paris St. Germain, en París, Francia, culminó con una persona fallecida, numerosos automóviles incendiados y personas detenidas.
No puedo evitar preguntarme si todas esas emociones que desbordan, estando inmerso en una multitud, llevan a crear una especie de estado liminal en el que la destrucción y la muerte cobran otro sentido. ¿Es fanatismo? ¿Es un fenómeno como el de la histeria colectiva? ¿Es solo la naturaleza humana? ¿Cuál es el límite, si es que este existe…?
Además de que los tres casos citados son muy similares no solo por cómo se desarrollaron los “festejos”, algunas autoridades operaron bajo una lógica paternalista similar. Mientras las autoridades de la Ciudad de México optaron por establecer “ley seca”, el propietario de los knicks declaraba en una conferencia de prensa: “Queremos que todos en Nueva York estén seguros esta noche, ¿de acuerdo? Celebren, pero con seguridad”.
¿Cuál es la lógica de abordar problemas tan graves y complejos como si se tratara de reprender a una infancia? No puedo evitar sentir una enorme frustración al percibir este tono condescendiente, ante algo que se ve venir desde antes que suceda, como lo hizo el propietario de los Knicks, pero también las autoridades de la CDMX que ya habían comprobado qué tanto escalaban las celebraciones con partidos anteriores.
Buscando respuestas en la teoría social encontramos que, de acuerdo con Michael Serazio, el fanatismo por un equipo puede leerse desde la teoría sociológica de Durkheim. En su artículo explica que el fanatismo por un equipo funciona como una religión civil en la que el equipo cumple con la función de generar cohesión e identidad.
El equipo en sí mismo es un tótem cívico que condensa todo lo que su sociedad representa. En tanto, las celebraciones de victoria se pueden entender bajo el concepto de “efervescencia colectiva” en la que se genera una “electricidad” y exaltación que une todavía más al grupo social. Esta dinámica rompe con la típica anonimidad de la vida cotidiana en las grandes ciudades.
Por otro lado, hay aspectos en los que hay que notar que no son todos los hombres, pero sí una mayoría de hombres, los que llevan al extremo las celebraciones deportivas. Recordando el fenómeno de los hooligans, Spaaij señala que entre estos grupos la construcción de la identidad se basa en una masculinidad dura que se traduce en violencia física y coraje.
Ser violento es una forma de comunicar y reafirmar su masculinidad fuerte de forma que, a través de estas acciones, se gana estatus entre sus iguales y se marca una distancia entre los otros que no son tan hombres ni aficionados de su equipo.
Para sorpresa de muy pocos y teniendo en cuenta lo anterior, hay otro artículo de Forsdike, O’Sullivan & Hooker que analiza una correlación entre la violencia doméstica y los eventos deportivos. Una de las principales características de los casos de agresión a mujeres por parte de sus parejas tiene que ver con la desigualdad de género.
Por otro lado, hay estudios que señalan que existe una relación inherente entre violencia y deporte, al igual que con la idea de que los deportes promueven la hostilidad y la dominación del débil oponente, lo que a su vez, se inserta en la lógica de la masculinidad hegemónica.
Todo esto para respaldar el argumento de que la solución a problemas como los ocurridos en CDMX, Nueva York y París exigen acciones estructurales y de largo aliento. Las peticiones “por favor” para que no se descontrolen celebrando, las actitudes paternalistas, ni las prohibiciones de alcohol, jamás van a lograr que esto no se repita en el futuro.
Buena parte del problema tiene que ver con hacer cambios a nivel cultural, con cómo se vive ser hombre en la actualidad, al igual que con una concientización más enfática sobre la importancia de la cultura de protección civil.
Uno de mis autores clásicos (y favoritos) ya describía esta manera de validación masculina a través de dinámicas de interacción mediadas por la violencia, en su texto sobre la riña de gallos en Bali. Geertz señalaba que estos espacios exclusivos para los hombres funcionaban como escenario de exaltación de la masculinidad. Aquí la derrota podría ser equivalente a un suicidio social. No solamente se juegan las apuestas, sino el honor y la hombría.
Desde el punto de vista Geertz, acciones paliativas como “pedir que se porten bien” y prohibir el consumo del alcohol no se acercan a la raíz del problema porque, como mencionaba antes, el comportamiento violento y caótico en los rituales de celebración del fanatismo deportivo tienen que ver con defender y demostrar la masculinidad y el estatus dentro del grupo social.
Lograr un cambio sustancial implicará, primero, un reconocimiento institucional de que las acciones implementadas no han funcionado. Luego, un cambio paulatino a nivel cultural de que la masculinidad no depende de ser violento y de aguantar la violencia, lo que tendrá que llevarse a cabo de políticas públicas y sociales impulsadas desde todos los sectores de la sociedad. No es una solución rápida, pero ante un problema semejante no queda más que hacer un compromiso social con el cambio.♦
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*Kathia E. García-Gómez es doctorante en Filosofía de la Ciencia en la UNAM e investigadora y comunicadora de la ciencia social. Su trabajo analiza la cultura, patrimonio y espacio público desde la sociología y la comunicación pública de la ciencia. redes: @LaKathirina