blogeditor · 3 de febrero de 2014
En 1988 era uno de los dictadores más temidos del mundo. El feudo que gobernaba celebraba el cuadragésimo aniversario del nacimiento de su personalísima República Popular. Parientes míos que entonces laboraban en el servicio exterior, adscritos a esa recóndita parte del mundo, fueron convocados como testigos directos de las festividades y tuvieron oportunidad de conocerlo, así fuera de lejos, a prudente distancia y sin que él interactuara demasiado con el público y el cuerpo diplomático convocado para acompañarlo.
La concurrencia oriunda del país (denominado por algunos especialistas en épocas pasadas como el Reino Ermitaño), burócratas, representantes de las castas privilegiadas cercanas al monolito al cual servían, unidos por el temor y la amenaza, abarrotaría el descomunal auditorio donde se llevaba a cabo la celebración; gritaba loas al dios o Líder hasta desgañitarse. Como uno solo, mostraban abiertamente sus emociones. Lloraban sin reparo, aclamándolo con estruendosas consignas, interjecciones y monosílabos en su honor.
Sin dejar de sollozar, la guía asignada a mis familiares por el gobierno que encabezaba Kim Il Sung (patriarca de la dinastía que en la persona de Kim Jong Un, su nieto e hijo de Kim Jong Il, fallecido en 2011 y líder indiscutido desde la muerte de su propio padre en 1994, sigue al frente de los destinos de Corea del Norte), sentenció con pavorosa contundencia: ‘Si lo ven directo a la cara, no detengan los ojos en su defecto’. Cualquier mirada que no fuera ‘apropiada’ podría acarrearle -cuando menos a los ciudadanos locales- distintos castigos y penas de cárcel, largas temporadas en campos de trabajo. Dedicar demasiado tiempo a esa parte, atrás de su oreja derecha -borrada con cuidado en todas las fotos oficiales- podría acarrear graves consecuencias a quien osase mantenerla fija en su objetivo oficial. Había que evitarlo, aparentar que no existía, sin delatar muestra alguna de sorpresa o desconcierto.

No era posible extirpar el cuerpo ajeno que le crecía cada vez más al eje de todas las miradas, el Gran Líder y Eterno Presidente, para no comprometer órganos vitales. El déspota con carbúnculo, bocio u otra afección como la calcidosis, a la que nadie nadie se hubiese atrevido a cruzar la mirada, propinaba a la concurrencia sonrisas y agradecimientos entre la gritería sin control. Protuberaba el defecto del tamaño de una toronja, al costado de su cabeza y junto a la oreja. Hoy el Líder Patriarca reposa, embalsamado como Lenin, junto a su heredero en el Palacio del Sol de Kumsusan. Se sucedieron opresión, hambrunas, y la amenaza latente de un conflicto nuclear que mantiene a esa region de mundo en vilo.

Guardando las proporciones, en México nos esmeramos, con sentidos aguzados y plena conciencia, en abdicar de nuestros responsabilidades a la hora de ver, volteando por elección la mirada (y no como estrategia de sobrevivencia, en el caso norcoreano) hacia otro lado, sin reparar en el daño que nuestra evasión colectiva plantea y justifica.
En el ámbito particular de nuestra política malograda, los Luditas caciquiles -públicos y privados- de la democracia, destruyen por sistema los cimientos y engranajes institucionales que les son ajenos e incontrolables; que pudieron ser, en distintos contextos y circunstancias, autónomos. O bien que aspiraron, cuando crisis recurrentes y coyunturas específicas abrieron rendijas de oportunidad en 1997 o el año 2000, que ahora se mantienen cerradas.
[contextly_sidebar id=”45ddb75f825f4cd5522feb9c01bc56b4″]Son tumoraciones y singularidades visibles en el cuerpo político. Nos negamos a percibir que por ejemplo, si las apariencias no engañan, el centro de gravedad de la toma de decisiones se quiere situar -otra vez; como lo fue ya antes- dentro de la esfera centrípeta del PRI y su Pequeño Timonel: estrategia que ensayan los discípulos aventajados del salinismo. Una versión para el siglo XXI de las pugnas internas que jalonaron en 1982 a los precandidatos Javier García Paniagua (el apparatchik politico), vs. su contraparte tecnofinanciera Miguel de la Madrid durante el mandato de José López Portillo, resuelta (por obra y gracia del dedo presidencial inapelable) a favor de este último.
¿Se repetirá la pugna entre politicos y tecnócratas en clave peñanietista: la supuesta Realpolitik en pugna con la jerigonza seudo modernizante (‘dinamizando sinergias…’), cuando en los años noventa Pedro Aspe y Manuel Camacho disputaban el premio codiciado que señaló como ganador a Luis Donaldo Colosio, antes de su muerte en Lomas Taurinas?


Quién sabe si llegarán a cumplirse los vaticinios futuristas que encallaron con la realidad entonces, veititantos años después. Que la candidatura (y por extensión, la presidencia negada a Aspe a raíz de prohibiciones expresas después del homicidio de Colosio) la obtenga Luis Videgaray cuando Enrique Peña Nieto intente dar continuidad transexenal a las reformas recién aprobadas. O tal vez la intención del Ejecutivo consista en reforzar mecanismos de control y el debilitamiento en curso de instituciones a modo, para garantizar una Pax Priísta avalada –hasta ahora, y para el futuro previsible- por oposiciones-satélite pusilánimes o peor aún, colonizadas por completo. En cuyo caso el favorecido sería Osorio Chong, o alguien con perfil similar.
En lectura burocrática del arrollador partido oficial, las batallas truncadas por la irrupción del zapatismo y los crímenes cometidos contra el candidato Colosio y José Francisco Ruiz Massieu en 1994, especie de pausa o intervalo en el camino, se reanudan; como si la pérdida del poder omnímodo hubiese sido un mal sueño a ojos de la nomenklatura y sus múltiples valedores. Intolerable pesadilla tricolor. El partido buscará que nunca vuelva a ocurrírsele al electorado mexicano.


La nueva Ortodoxia, apuntalada por medios afines tanto en México como en el extranjero (pensemos en la magnífica prensa, casi unánimente acrítica, que magnificó por largo trecho los enormes logros del espejismo salinista durante su trayecto sexenal), obliga a desviar la mirada más allá de evidentes defectos y fallas de origen, unos tan alejados de la vedadera democracia participativa como de la participación ciudadana.
Parece ser que el encontronazo electoral que decidirá el curso de esta peculiar historia en 2018 será entre dos versiones internas (pero finalmente compatibles) del PRI, una de las cuales se decantará por la otra.
Así se perfila nuestra híbrida y particular dedocracia restringida. A menos de un lustro de distancia, cuando se hayan cumplido siglo más uno de la Constitución, y a cincuenta años de la matanza de Tlatelolco bajo la égida de un gobierno revolucionario e institucional. Con su más reciente versión del dinosaurio reformador, el telegénico Tlatoani y ‘reformador’ mexiquense.
Peña y Osorio; Salinas, Aspe y Videgaray. Lo viejuevo y nueviejo. Conspicuos elefantes en el recinto, quienes por elemental salud pública deben ser cuestionados siempre, y sometidos a la razón crítica.