blogeditor · 30 de octubre de 2019
América Latina es la región más desigual del mundo. Esa frase, repetida muchas veces en diversos contextos, resuena en el imaginario colectivo como una realidad a la que nos tenemos que resignar. Pero, ¿qué significa esa desigualdad y de dónde viene? Frecuentemente, se piensa la desigualdad en términos del ingreso: en América Latina existe la brecha más grande entre el rico más rico y el pobre más pobre. Y es cierto. Pero esa no es la única forma en que se manifiesta la desigualdad. Desde una perspectiva amplia, la desigualdad tiene que ver con el acceso a derechos. Derecho a educación y salud de calidad. Derecho a una vivienda, a servicios básicos, como la electricidad, el agua, la energía. Derecho a un ambiente sano y libre de violencia. Derecho a un trabajo digno y bien remunerado, a unas condiciones laborales seguras y a una pensión en la vejez. Derecho a una niñez feliz. Derecho al bienestar. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible incorpora estos derechos en sus objetivos e incluye otro específico de reducción de las desigualdades. Esto implica que los Estados tienen el compromiso de garantizar a todas las personas, sin distinciones, el acceso a derechos que, en América Latina, hoy están lejos de ser una realidad para millones de personas.
¿De qué hablamos cuando hablamos de desigualdad?
“Nosotros entendemos la desigualdad como un fenómeno que se manifiesta en el ámbito de los derechos”, dice Carlos Maldonado, politólogo, Oficial de Asuntos Sociales dentro de la División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). “Es cierto que la región sigue siendo la más desigual del mundo, pero no solamente lo es en términos de ingresos. Ese es apenas uno de los ámbitos en que se manifiesta la desigualdad social. Hay otros ámbitos: el acceso al trabajo, a la salud, la educación, las pensiones, la participación ciudadana e incluso a la nutrición y a los servicios básicos”.

Hablemos de derechos y desigualdad ¿Qué tienen que ver el uno con el otro?
Para la CEPAL, el eje que determina la igualdad es la plena titularidad de derechos económicos, políticos, sociales y culturales sin distinción de sexo, raza, origen socioeconómico, edad, religión o cualquier otra condición. Como contracara, la desigualdad implica que no todos los individuos pueden ejercer esos derechos fundamentales por una o más condiciones estructurantes. América Latina sigue estando a la cabeza de la desigualdad mundial desde esta perspectiva integral, que habla de un núcleo, una “matriz de la desigualdad social”. Este núcleo a su vez tiene que ver con una matriz productiva heterogénea, primaria y con una concentración histórica del poder, la producción y los activos financieros en apenas un puñado de manos.
Los cinco ejes estructurantes de la desigualdad social
Primero en la clase
El primer eje estructural de la desigualdad social es el origen socioeconómico. “El hogar donde tú vives, el estrato económico donde tú naciste, es un primer factor que condicionará en qué medida puedas acceder a la educación, a los servicios, a los ingresos. Es un factor estructural, es decir, que va más allá de las características individuales de las personas. Es algo que las condiciona de nacimiento”. Este factor, a su vez, tiene un fuerte impacto en otros ámbitos de derechos, como la educación, la salud, el acceso a servicios y las posibilidades de obtener un trabajo digno. Sin embargo, hay otros elementos centrales en este eje y que tienen que ver con la concentración del poder económico y la distribución de la propiedad y los recursos.
Eje número dos: El género
Es un eje neurálgico, ya que abarca todas las dimensiones de los procesos de desarrollo social. Las mujeres sufren diversas formas de desigualdad en todos los ámbitos. La salud, el trabajo, los ingresos, la educación. Las oportunidades de acceder a estos y otros derechos no son las mismas para un hombre que para una mujer, independientemente de su estrato socioeconómico.

El tercer eje estructurante: la pertenencia étnico-racial
Según Maldonado, “En un país andino, no es lo mismo ser indígena que no serlo; en un país como Brasil, no es lo mismo ser afrodescendiente que no serlo. Todo eso juega en las oportunidades que tú tienes de acceder a todos esos ámbitos de derechos”.
La edad sí importa
El cuarto eje es la edad: las niñas y los niños son quienes más altas probabilidades tienen de vivir en la pobreza.
Cuestión de territorio, el quinto y último eje estructurante es lo que llaman ampliamente como territorio. La manifestación más cruda de las desigualdades basadas en el territorio es aquella que existe entre el mundo urbano y el rural.
Se dice que estos ejes son estructurantes porque desempeñan un papel central en la dinámica y en la reproducción de las relaciones sociales y económicas y, por tanto, son claves para explicar la magnitud de las brechas identificadas en algunos de los principales ámbitos del desarrollo social y del ejercicio de los derechos. Son ejes que se entrecruzan, se atraviesan y se potencian entre sí, generando grandes brechas de desigualdad. Un claro ejemplo proporcionado por Maldonado es: “si tú eres una niña indígena que vive en una zona rural y vienes de un hogar dedicado a la agricultura, tus probabilidades de vivir en pobreza, es decir de no tener ingresos, de carecer de servicios públicos, de un trabajo decente, de educación y salud de calidad y demás, son mucho mayores que las probabilidades que tendría un hombre blanco de cuarenta años que vive en la capital de cualquiera de nuestros países”.


Otros elementos que juegan en la cancha
No todo se trata de estos ejes, existen también otros elementos en juego que afectan los niveles de desigualdad y también tienen un fuerte impacto en las oportunidades de las personas de acceder o no a derechos básicos. Uno de esos factores es la condición de discapacidad. La discapacidad es una condición que afecta a una de cada diez personas en América Latina, según el Panorama Social de América Latina 2012.
No podemos olvidar que otro condicionante de la desigualdad y cada vez cobra más importancia en nuestra sociedad es el estatus migratorio, especialmente el irregular. “En los últimos veinte años hemos visto el crecimiento de nuevos corredores migratorios intrarregionales. Nuestra migración internacional solía ser, de forma muy simplificada, norte-sur y sur-norte. Sin embargo, ahora cada vez estamos viendo más migración por corredores intrarregionales: de Perú y Haití hacia Chile, de Bolivia a Argentina, de Nicaragua a Costa Rica, de Centroamérica a México y a Estados Unidos, de Haití a República Dominicana. Este fenómeno ha ido creciendo y se ha vuelto también un factor que juega en esta desigualdad tan grande que vemos en la región”, señala Maldonado.

Por supuesto la orientación sexual y la identidad de género también entran en esta lista de elementos que afectan el terreno de las desigualdades. Si bien todavía hay que explorar más la forma en la que inciden estos factores, nunca antes habían tenido la visibilidad que tienen hoy en día.
Pero, ¿cuál es el pilar que sostiene estas estructuras?
Nadie tiene una respuesta certera a esta compleja pregunta.