blogeditor · 26 de abril de 2022
Desde hace algunos años para acá hay un debate sobre si la globalización como la conocimos en los años noventa se ha terminado como ocurrió con la Gran Guerra y la depresión de los años treinta, si está en pausa o si estamos atestiguando una transformación más basada en los servicios que en las mercancías. La crisis económica como consecuencia de la pandemia resultó en una importante caída del PIB mundial y del volumen de comercio que, en 2021, se recuperó en un extraordinario 10%. El gasto de las personas, aumentado por las transferencias de algunos gobiernos, se desvió de los servicios hacia aquellos bienes que ayudarían a pasar mejor las cuarentenas.
El repentino surgimiento de la demanda tomó por sorpresa a todos, desde los transportistas (quienes habían mandado barcos, camiones y contenedores a arreglar o directamente al deshuesadero), hasta los productores de microprocesadores y a los productores de los bienes cuya demanda surgió inesperadamente. El precio de los fletes y de diferentes componentes de las cadenas globales de valor se dispararon, a lo que contribuye la estrategia china de cero covid basado en cuarentenas a ciudades enteras. Este shock en la oferta empuja la inflación en muchos países –algo sobre lo que, se dijo, no había que preocuparse, pues era temporal. Pero del lado de la demanda también hubo un shock, un aumento importante en las transferencias gubernamentales para enfrentar la pandemia y el desempleo que, en ciertos países, fueron excesivas y contribuyeron a la inflación. Ello llevó a varios países a aumentar las tasas de interés y a recortar las predicciones del crecimiento del PIB y del comercio mundial para 2022. Hay que añadir los efectos de la guerra en Ucrania en la economía mundial.
Rusia es un gigante nuclear, con mayor número de ojivas que Estados Unidos, y geográficamente el mayor país del mundo, pero es una economía muy pequeña –no mucho mayor que la de México y con un comercio exterior bastante inferior. El PIB ucraniano es apenas una décima parte que el ruso y sus exportaciones una pequeña fracción.
Si bien el comercio exterior combinado de ambos países apenas representa el 2% del total mundial, son grandes exportadores de productos fundamentales en algunos procesos productivos. La guerra y las sanciones económicas aplicadas como represalias a la agresión rusa han provocado presiones inflacionarias y distorsionado importantes cadenas globales de valor. Van algunos ejemplos: entre los dos países beligerantes suministran el 25% del mercado mundial de trigo, que con precios 40% por arriba del año pasado puede provocar una hambruna en Asia Central y el norte de África, sus principales clientes. Entre ambos exportan el 45% del total mundial de productos de girasol (75% del aceite de girasol en bruto), que se ha traducido en un fuerte aumento en el precio internacional de todos los aceites comestibles. También contribuyen con el 20% de la oferta mundial de fertilizantes, con efectos muy dañinos para la agricultura de numerosos países, entre otros, Brasil y México –los que han enfatizado “los lazos de amistad con Rusia”. Una cuarta parte de las exportaciones mundiales de paladio, entre otras “tierras raras”, y 80% del neón provienen de los dos beligerantes. Son fundamentales en la industria automotriz y electrónica y, el neón, en la fabricación de semiconductores. El principal efecto en las presiones inflacionarias a nivel mundial proviene del aumento en los precios del petróleo y gas desatado por la guerra.
Los países occidentales han impuesto importantes restricciones a las transacciones internacionales de Rusia, desde el bloqueo de la mayor parte de las reservas del banco central (lo que hará que pronto Rusia entre en default del pago de los intereses de su deuda soberana) y la expulsión del sistema de pagos SWIFT a un número importante de sus bancos comerciales, hasta prohibiciones a la venta de insumos utilizados por las empresas rusas, la salida de cerca de 400 empresas con operaciones en Rusia, y el bloqueo de las empresas navieras mundiales a sus puertos, así como la prohibición de que las aeronaves de ese país sobrevuelen Europa, Estados Unidos, Canadá y Japón. Muchos de los países occidentales han aumentado sustancialmente los aranceles a los productos provenientes de Rusia –argumentando en la OMC razones de seguridad nacional—y varios de ellos también han suspendido las compras de petróleo y gas rusos. Si bien el bloqueo a las exportaciones rusas y el pago por esas operaciones no han llegado a un bloqueo total –varios países de Europa Occidental continúan importando productos energéticos de ese país–, la economía rusa ya está experimentando los efectos de su aislamiento de las cadenas globales de valor.
Los economistas tienen fama de pasar la mitad de su tiempo haciendo predicciones y la otra mitad en explicar por qué éstas no se cumplieron. Es una gran exageración, pero es muy difícil evaluar los efectos económicos de una guerra. No hay duda de que el daño en la infraestructura ucraniana y el hundimiento en sus actividades productivas por la guerra llegará a muchos miles de millones de dólares (algunos pronostican que será el 50 por ciento de su PIB). Para Rusia, en su informe de abril el FMI prevé una caída del 8.5% en su PIB en 2022 y una reducción adicional de 2.3% en 2023 –si declara la paz con su vecino.
Para el mundo en su conjunto, el FMI ha reducido sustancialmente sus estimaciones hechas en enero (de 4.5%) a las actualizadas en abril (3.6% para 2022 y la misma cantidad para 2023). Para las economías avanzadas, las estimaciones más recientes son de 3.3% en 2022 y 2.4% el año que viene. La India y China seguirán creciendo rápidamente –aunque a la economía china le está afectando duramente la política de covid cero. Para Brasil (0.8%) y México (2.0%) el pronóstico no es en lo más mínimo halagüeño. La OMC también ha recortado sus predicciones de crecimiento del volumen del comercio mundial a solo el 3% en 2022 y a 3.4% en 2023.
Los desquiciamientos en las cadenas globales de valor, la pandemia, los gastos excesivos en algunos países para apoyar a empresas e individuos y la caída económica provocada por las cuarentenas ya habían obligado a las tesorerías de varios países a reducir la compra y empezar a vender sus tenencias de valores gubernamentales y no gubernamentales y a subir sus tasas de interés –buscando reducir el crecimiento de los precios, con sus efectos negativos en las perspectivas de crecimiento de sus economías. Pero las recientes reducciones en las proyecciones del crecimiento se deben fundamentalmente a la guerra entre dos países que, en términos de dólares, aportan menos del 1.6% de la economía mundial, pero muestran la importancia que tienen para la economía los diferentes eslabones de las cadenas globales de valor esparcidos alrededor del planeta.
¿La guerra en Ucrania tendrá un efecto en la globalización similar a la primera guerra mundial? Difícilmente. Alemania en 1914 tenía el 10% del PIB mundial y, fundamentalmente, era uno de los principales centros manufactureros alrededor del mundo. Si fuera China la que estuviera en guerra, habría que repensar la respuesta. Por cierto, el comercio entre Rusia y China es de apenas $150 mil millones –aunque 40% mayor en 2021 que en 2020. El primero es un apéndice comercial del segundo y no parecen existir las condiciones para que ello cambie durante los próximos años.
* Fernando de Mateo es Profesor-Investigador asociado en El Colegio de México y Coordinador del Diplomado en Negociaciones Comerciales (2018-a la fecha). Autor de más de medio centenar de artículos en libros y revistas especializadas en economía internacional. Obtuvo la licenciatura en economía en la Universidad Nacional Autónoma de México y maestrías en economía en El Colegio de México y la Johns Hopkins University.