blogeditor · 16 de diciembre de 2020
“El rostro es la palabra del o de la que no tiene voz; la palabra del huérfano, de la viuda, del extranjero. El rostro es un imperativo ético que dice: ¡No matarás! Es la primera palabra del Rostro. Es una orden. Hay en la aparición del rostro un mandamiento, como si un amo me hablase. Sin embargo, al mismo tiempo, el rostro del Otro está desprotegido; es el pobre por el que yo puedo todo y a quien todo le debo. Y yo, quienquiera que yo sea, pero en tanto que primera persona, soy aquel que se las arregla para hallar los recursos que respondan a la llamada”.
Emmanuel Lévinas.
Escudados tras una errónea concepción de igualdad, algunos privilegiados (la mayoría), desprecian a aquellos que no lo son, aludiendo a la falta de mérito, voluntad, capacidad y/o decisión de éstos para “echarle ganitas” y obtener, supuestamente al igual que ellos, las recompensas que el trabajo y la libertad de empresa y de mercado otorgan a los que compiten libremente y en igualdad de circunstancias por su obtención, pretendiendo justificar de esa manera su aporofobia.
Pero la realidad contrasta con ese cuento de hadas, pues esa ficción infantil y rosa convenientemente esconde (más no ignora) que todos somos diferentes, como seres individuales, espirituales, biológicos y sociales. Una persona, al nacer o durante el transcurso de su vida, es dotada, por circunstancias no atribuibles a ella, de condiciones, talentos y privilegios; ya sean éstos naturales (como constitución física, salud, color de piel, sexo, características raciales, destreza y capacidad motriz y/o cerebral, vigor físico o entorno geográfico favorable, entre muchos otros) o sociales/políticos/económicos (como clase y posición socioeconómica, fácil acceso a educación y salud de calidad, pertenencia a ciertos grupos étnicos, culturales o religiosos, características familiares y mayor derecho que otros a gozar de libertades, oportunidades, ingresos y riquezas, entre muchos más).
Aquellos que no gozan de las circunstancias o capacidades que la suerte concedió a otros, aquellos menos afortunados, son los vulnerables, los que carecen de medios, capacidades o herramientas (antropológicas o político-socioeconómicas) para poder estar en igualdad de circunstancias que los otros (los privilegiados); son aquellos que viven en pobreza, los que no tienen la oportunidad de contar con un trabajo digno, los que tienen capacidades diferentes, los que pertenecen a minorías étnicas, religiosas o de otro tipo; son los extranjeros, los migrantes, los desplazados, los refugiados; son las víctimas de violencia convencional, de género y contra la libertad y diversidad sexual; los que no tienen las características físicas de la raza histórica y estructuralmente dominante; y los etiquetados como “improductivos” (como los adultos mayores), entre otros.
Y como si no fuera(n) suficiente(s) su(s) situación(es) de desventaja, los vulnerables son sometidos además al desprecio de (la mayoría de) los privilegiados, quienes los lastran aún más con daños y humillaciones físicas y psicológicas, con la privación de derechos, y/o con la exclusión política, económica y social. Estas y otras conductas inciden negativamente en la capacidad de autorrealización de sus personas, a niveles físico y espiritual, mientras que a nivel social son sistemáticamente estigmatizados y deshonrados por pertenecer al grupo vulnerable, y son también menospreciadas sus ideas, sus expresiones y su propio ser.
Pero ¿por qué son así los despreciantes? Son así porque así han sido programados sistemáticamente para que, inoculados de los virus del egoísmo, la avaricia y la codicia, crean en y enarbolen los cuentos de hadas como el de la igualdad, la libre competencia, la felicidad o fin del hombre, traducidos como la producción incesante de riqueza y su acumulación ilimitada, entre muchos otros más. En el nivel más alto de la pirámide que representa a la población mundial y sus privilegios, se encuentran las élites más favorecidas, que hoy (históricamente), son las que acumulan la mayor riqueza disponible y, como consecuencia, gozan del poder que ésta otorga. Élites que se sostienen a través de una sociedad y cultura globales, predominantemente occidentalizadas, regidas bajo el sistema político y económico del capitalismo global tuneado con doctrinas neoliberales, el cual les permite inventar estos mitos y leyendas, con los que masivamente bombardean a la población con el objeto de perpetuarse el mayor tiempo posible en la cima.
Lamentablemente, a pesar de ser privilegiados, los despreciantes carecen del privilegio fundamental de la aptitud para percatarse del engaño al que se encuentran sometidos, de darse cuenta de que su cosmovisión constituye un medio, al igual que ellos mismos, para lograr el fin (como finalidad) de la permanencia del status quo, mediante una programación en la que su propia libertad de acción es vulnerada, al igual que su sentido de justicia y su capacidad para entender, no sólo al otro (al vulnerable), sino a sí mismos.
Y es así como los propios despreciantes se hacen a sí mismos vulnerables, pues los ideales del capitalismo voraz los llevan a ser víctimas de la intemperancia, la codicia y la avaricia, afectando su disposición para poder deliberar correcta y sensatamente (prudencia), y haciéndolos también renunciar a la responsabilidad, entendida ésta como la habilidad para responder de manera voluntaria y no condicionada a un estímulo. Esto implica el impedimento de poder ejercer su derecho para tomar decisiones propias a lo largo de su vida, pues éstas estarán centradas y dependerán de los objetos y las riquezas que produzcan y acumulen, enajenando así su posibilidad de alcanzar su autoconciencia, permaneciendo alienados en una vacía conciencia desventurada.
Por fortuna, la humanidad cuenta con herramientas para revertir el desprecio generalizado al que nos hemos referido, y frenar la exclusión y el daño social que genera el sistema actual (Business as usual), el cual no sólo es insostenible en el ámbito social sino también en el medioambiental. Se puede frenar todo esto utilizando como guía y sustento una alternativa traducida en un modelo de Desarrollo Sostenible, con base en principios sustentados en la Bioética Social, donde todas las personas seamos fines y no medios de pocos (muy pocos, que además son medios de sí mismos), un sistema fundado en verdaderas virtudes como fidelidad, justicia, generosidad, compasión, gratitud, humildad, sencillez y tolerancia, que entre otras nos permitan a los seres humanos ser la mejor versión de nosotros mismos.
* Pedro Roberto Reyes Martínez (@pedroreyesm) estudió Derecho en la UNAM y es Técnico Superior Universitario en Comercialización Inmobiliaria por la Secretaría de Educación Pública. Actualmente estudia una maestría en Responsabilidad Social en la Universidad Anáhuac, campus Querétaro.