blogeditor · 4 de mayo de 2022
Cuestionamos poco la moral humana al mantener animales silvestres en encierros, justificándolo y perpetuándolo: lo entendemos como algo natural. Esto da origen a muchas formas de usar, explotar, comerciar y lucrar con la vida de animales no humanos a costa de su libertad, gregarismo, salud física y mental y, en última instancia, todo el andamiaje genético y evolutivo, que se quebranta. Me refiero, en general, a los zoológicos, pero hablaré en particular de los delfinarios.
En el mar, los delfines se desplazan sin barreras hasta 100 kilómetros al día, o bucean a varios cientos de metros de profundidad. En el ambiente turbio que es el océano, dependen del oído para sobrevivir: su rango de audición es más amplio que el del humano y han desarrollado un sonar natural para identificar objetos, presas o predadores. Estando en libertad, viven en manadas o grupos familiares, consistentes fundamentalmente en hembras con crías, que permanecen juntos por largos periodos de tiempo. Establecen lazos sociales complejos y duraderos, con jerarquías establecidas, y se han descrito rasgos culturales sobre todo en la transmisión generacional de técnicas de caza.
Los estudios evolutivos demuestran que han tenido una evolución cerebral compleja, que implicó modificaciones en sus estructuras sensoriales, como la auditiva, y la integración del sonido obtenida por sonar para tener “imágenes”. Más aún, es bien conocido que los delfines tienen un cociente de encefalización (proporción del tamaño del cerebro con relación al cuerpo) sólo superado por el del ser humano; esto se relaciona con sus funciones cerebrales y de cognición. Son capaces de reconocerse ante un espejo y de imitar los movimientos de un humano de manera espontánea, lo cual significa que tienen autoconciencia y reconocen las partes de su cuerpo que mueven a voluntad y conscientemente.
Los delfines son predadores que eligen su alimento. Desde su captura o nacimiento en cautiverio y hasta su muerte en un delfinario, se les suprime sistemáticamente la posibilidad de elegir y perseguir a su presa: sólo comerán, de la mano del hombre, pedazos de pescado descongelado después de haber obedecido una instrucción (esto, llamado “reforzamiento positivo”, es la base del entrenamiento, pero en este caso depende de la privación del alimento).
Los espacios donde se coloca a los delfines se basan en el uso y la comodidad de los humanos. Los estanques de concreto generalmente tienen formas rectangulares, con pisos y paredes lisas, y por grandes que puedan parecer, representan menos del 0.2% del rango habitual de los delfines. Los que están en ciudades usan agua potable y sal marina además de cloro para desinfectar el agua, ya que los animales orinan y defecan allí. 1 Debido a las bajas profundidades, la temperatura del agua tiende a subir en verano, lo que impacta en los animales y en la proliferación de bacterias. La transmisión de enfermedades entre especies o zoonosis es posible, pero poco estudiada.
En las piscinas se eliminan la vista y el sonido natural del mar y de otras especies, lo que representa una privación sensorial (aunque sí pueden percibir el ruido constante de los bombeos y extractores de agua). Pero dicha privación no sólo ocurre bajo el agua, sino que se extiende a lo que se ve sobre la superficie: únicamente gradas, bocinas, techos e instalaciones de concreto, y sólo más alto, el cielo. Cuando todas las actividades, el ruido intenso y el paso incesante de personas y entrenadores han acabado, impera el silencio, la inactividad, el aburrimiento y la soledad.
Los delfines son utilizados en espectáculos, actos de circo (jugar con una pelota, saltar para alcanzar un objeto, nadar con su entrenador de pie sobre su lomo) acompañados de música a altos volúmenes, micrófonos, aplausos y gritos del público. No hay interacción público-animal, excepto en las sesiones de toma de fotos.
En cambio, el nado con delfines se caracteriza por una interacción intensa con grupos de ocho a 12 personas que se meten al agua y tocan, abrazan, besan o nadan sobre el animal. Hay un repetido contacto físico que invade su esfera individual, acompañado de gritos, risas, silbidos, palmoteos y patadas sobre el agua (que también son escuchados por los delfines). Una variante es la Terapia Asistida, en la que un delfín debe permanecer inmóvil con el hocico colocado sobre la cabeza del paciente, frecuentemente un niño que puede tocar al animal.
En libertad, las peleas pueden evitarse con la huida o el desplazamiento de la agresión a través de rituales de apaciguamiento. En cautiverio esa posibilidad no existe, ya que no hay escapatoria ni espacio suficiente. Además, los grupos sociales que se establecen en los encierros son artificiales, lo que favorece la agresión intraespecífica, o incluso contra humanos.
Todas estas condiciones de privación e inhibición provocan estrés ininterrumpido. Entendemos el estrés como la pérdida de la homeostasis y por tanto de la habilidad del organismo para adaptarse a las circunstancias, y si bien es una respuesta adaptativa para aumentar las posibilidades de supervivencia en el corto plazo, tiene una química compleja que favorece cambios en el comportamiento, ansiedad, deficiencias cognitivas, depresión y agresión. Los síntomas del estrés por confinamiento se han asociado con el desorden de estrés postraumático tanto en humanos como en chimpancés y otros animales en cautiverio.
El cautiverio se caracteriza por una privación sensorial y motora, estrés, pérdida de control e incapacidad para responder adecuadamente, lo que resulta en un “rendirse” ante la situación. Algunos autores la denominan “síndrome de indefensión aprendida”: un conjunto de síntomas y comportamientos resultantes de la continuidad y repetición de situaciones adversas en las que el individuo carece de cualquier control, ya que los resultados no dependen de sus acciones o intenciones. La indefensión aprendida se ha descrito en diversas especies en cautiverio.
Las condiciones en los delfinarios producen conductas aberrantes, como patrones repetitivos de nado o nados en círculos—estereotipias—, aislamiento, inmovilidad prolongada en el fondo de la piscina, y actos como poner el hocico contra la pared o una reja, morder bordes (dañando la dentadura) o tragar objetos. Son signos de depresión y aburrimiento. Pero no se dan en el vacío: se hace evidente el daño a las estructuras cerebrales que han cedido ante el empobrecimiento ambiental, el estrés crónico por no tener oportunidad de desplegar su conducta normal, y la situación de vulnerabilidad permanente. Un estudio reciente ha concluido que las consecuencias neurológicas del cautiverio de cetáceos y otras especies en tales ambientes incluyen adelgazamiento de la corteza cerebral; disminución en el tamaño de los cuerpos neuronales y en los diámetros de los vasos capilares cerebrales; o ramificaciones dendríticas menos complejas, provocando sinapsis menos eficientes. Son daños estructurales y funcionales del cerebro que se expresan en las patologías descritas.
Las causas de muerte en cautiverio se relacionan con el estrés crónico y el deterioro del sistema inmunológico, lo que incluye infecciones respiratorias o digestivas, septicemias, miopatía por estrés, traumatismos, obstrucción intestinal e incluso asfixia.
Los datos científicos ratifican que existe un gran sufrimiento relacionado con la pérdida de la posibilidad de elegir. Esto debemos entenderlo como la pérdida no sólo de la libertad, sino de la autonomía. Existe daño físico, mental y emocional sobre seres que tienen conciencia plena de sí mismos y una gran inteligencia y que son altamente sociales, al no encontrar posibilidad de ser y hacer lo que su historia natural y la evolución les dicta. El zoólogo Desmond Morris estableció que “hay algo biológicamente inmoral al mantener animales en encierros, donde sus patrones de comportamiento, que han tomado millones de años en evolucionar, no pueden encontrar expresión”.
Es tiempo de cuestionar estas conductas y dejar de perpetuarlas; abandonar nuestro antropocentrismo y hacer un giro radical para reconocer el valor intrínseco de estos animales —y otros en cautiverio— y revertir el daño que estamos provocando.
* Yolanda Alaniz Pasini es médica cirujana. Cursó las maestrías en Salud Pública y en Antropología Social, así como los posgrados en Bioética y en Desarrollo Sustentable. Fue profesora de las asignaturas de Epidemiología y Antropología Médica en la UNAM, y de Bioética y Ética Ambiental en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se desempeñó como secretaria Técnica de las comisiones de Medio Ambiente y Recursos Naturales tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados, y ha sido observadora y/o parte de la delegación mexicana ante la Comisión Ballenera Internacional y en CITES. Actualmente es consultora para Conservación de Mamíferos Marinos de México.
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad únicamente de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.
Lecturas recomendadas:
Delfinarios. Yolanda Alaniz y Laura Rojas. (2007). Editorial AGT y COMARINO. México D.F. 339 pp.
1 Alaniz P. Yolanda, y Rojas O., Laura. (2007). Delfinarios. Ciudad de México: AGT Editor, S.A. y COMARINO).