blogeditor · 24 de septiembre de 2020
Los aprobados
El pasado mes de junio, la revista Time publicó un artículo a partir de un estudio realizado junto a la consultora de riesgo político Eusaria Group, en el que fueron destacados los 11 países que han tenido una mejor respuesta para enfrentar la pandemia de COVID-19. Entre ellos destaca la actuación de los mandatarios de Alemania, Angela Merkel; Moon Jae-In de Corea del Sur, y Jacinda Arden de Nueva Zelanda.
La manera en que los dirigentes nacionales asumen una postura y gestionan las acciones de su gobierno para darle respuesta a la pandemia tiene todo que ver con una comprensión cabal del fenómeno en sí, y también con una sensibilidad para entender el espíritu de sus respectivos pueblos y responder con empatía a su gente y los retos que la crisis sanitaria adopte en sus países.
En oposición, también existen las respuestas de dirigentes de países, basadas en el desconocimiento e incomprensión, o incluso desdén acerca del alcance de la pandemia y, sobre todo, de un pseudo pragmatismo que pretende ajustar la realidad a sus propias agendas.
¿Qué tienen en común Donald Trump, Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro?
Los tres no han entendido cabalmente de qué se trata esta pandemia, los tres se niegan al uso de cubrebocas (a pesar del clamor científico mundial en este sentido), los tres han minimizado el impacto económico y humano, y los tres han llevado a sus respectivos países al ranking mundial de fallecimientos.
Es de llamar la atención las semejanzas en la actuación de los presidentes y en sus resultados, dependiendo de la línea de gestión que adoptan:
La respuesta de Alemania al virus se mantiene como un modelo dentro de Europa, reflejando su fuerte posición de partida. El país se salvó de la primera oleada de casos que vieron sus vecinos Italia y España, y sus rápidos esfuerzos de contención (incluyendo pruebas generalizadas, amplia comunicación pública y transparencia) recibieron un amplio apoyo público. Con muchos hospitales y camas de cuidados intensivos, fue capaz de doblar la curva. Y también ha ayudado mucho el hecho de que, en su mayor parte, la población alemana conectó con la iniciativa de su dirigente en las pautas de distanciamiento social.
La agresiva respuesta temprana de Corea del Sur ha ayudado al país a mantener no sólo un bajo número de víctimas mortales sino un bajo número de casos en general (poco menos de 12.000, alrededor del 0,02% de la población) que sigue siendo la envidia de las principales democracias industriales. Y lo ha hecho no sólo en su propio beneficio; Corea del Sur comenzó a desarrollar testeos de COVID-19 y a aumentar la producción a miles por día, cuando su propio número de víctimas todavía estaba por debajo del centenar, y luego ayudó a exportar pruebas y suministros médicos al extranjero en los críticos primeros días de la pandemia mundial. Su continua vigilancia, sus extensas pruebas y el rastreo de contactos, el aislamiento y el tratamiento de los casos confirmados siguen siendo un modelo al que la mayoría de los demás países sólo pueden aspirar… sobre todo porque logró hacerlo sin que su economía se detuviera.
Nueva Zelanda es uno de los pocos países que logró erradicar el virus por completo, algo que resulta inimaginable en la mayor parte del mundo. La figura de liderazgo carismático de la primera ministra Jacinda Ardern logró que no quedaran casos activos de COVID-19 en todo su territorio: 1,504 personas infectadas y 22 muertes.
“El primer caso de Nueva Zelanda fue detectado el 28 de febrero, y en relación con otros gobiernos, se movió rápidamente para cerrar el país —menos de tres semanas después—. Una semana más tarde no sólo había cerrado los negocios no esenciales, sino que fue aún más lejos, instituyendo un ‘cierre de nivel 4’, que significaba que las personas sólo podían interactuar con otros dentro de su casa, en un intento de ‘eliminar’ el virus en su totalidad (acompañado de mensajes de texto de emergencia que explicaban claramente lo que se esperaba de los individuos). Hay que estar en una posición afortunada para poder intentarlo, pero la forma ordenada en que Nueva Zelanda lo hizo fue admirable, acompañada de videos en vivo en Facebook por la primera ministra Jacinda Adern. Ahora el país está libre de COVID-19”.
Los desaprobados
En la otra cara de la moneda, en el top de fallecimientos por COVID-19, están las cifras de Estados Unidos, Brasil y México:
Estados Unidos (45 test por cada 1.000 ciudadanos)
El Reloj de la Muerte de Trump fue un sitio web creado por el cineasta Eugene Jarecki para mostrar de manera pública y visible la ineficiencia del presidente en el manejo de la crisis. El cálculo se basa en los estudios de epidemiólogos del Imperial College de Londres que aseguran que si Donald Trump hubiera tomado las medidas de mitigación una semana antes del 16 de marzo, se habría evitado el 60 por ciento de las muertes por COVID-19.
Estados Unidos es el país del mundo más afectado por el COVID-19, Hasta el momento ha confirmado más de 6 millones de contagios, según los datos proporcionados por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés). Las muertes por la enfermedad superan las 200 mil.
Después de que el periodista Bob Woodward entrevistara a Donald Trump y se hiciera público que sabía que el virus es mortal, Trump defendió su gestión de la COVID-19 en Estados Unidos e insistió en que no se puede mostrar una sensación de pánico. “Amo nuestro país. Y no quiero que la gente esté asustada. No quiero crear pánico”, dijo.
Brasil (No hay datos oficiales sobre la cantidad de test COVID-19 realizados, se estima que rondarían los 4 test por cada 1.000 habitantes)
Seis meses después de su primer caso de COVID-19, Brasil supera 3,6 millones de contagios y 116,000 muertes, y convive además con el negacionismo del presidente Jair Bolsonaro. El primer caso de COVID-19 en Brasil y también en América Latina se registró el 26 de febrero y desde entonces tanto el país como la región se sumergieron en una gravísima crisis sanitaria.
En Brasil, 30.000 de las 116.000 muertes registradas hasta hoy ocurrieron durante los últimos 30 días, un período en que el número de contagios aumentó en 1,2 millones y llegó a 3,6 millones, con la curva epidemiológica aún creciendo en muchas zonas del país, el segundo más afectado en el mundo, por detrás de Estados Unidos.
En los 183 días transcurridos desde ese primer caso, Brasil ha visto pasar tres ministros de Salud y convivido con el negacionismo de Bolsonaro, quien llegó a contraer el virus y lo superó, pero aún así insiste en minimizar su gravedad, en un Brasil dividido entre la ultraderecha gobernante y el progresismo.
México (último lugar de la OCDE en pruebas de coronavirus: 0.2 por cada 1,000 habitantes)
En México, el presidente en sus mañaneras hace cotidianamente la cronología del éxito:
Aunque en realidad es un meme el éxito más reconocido en las redes sociales en México: muestra al epidemiólogo en jefe Hugo López-Gatell, y junto a él las palabras: “El pico máximo de contagios será la siguiente semana, no importa cuando leas esto”.
Si bien el gobierno ya celebra la estabilización de nuevas infecciones a un alto nivel (desde principios de julio aproximadamente 5.000 nuevas infecciones diarias) como un éxito, mientras el país se instala en el top 4 de los países con mayor número de decesos (Más de 72,000 al momento).
Primero, el gobierno mexicano restó importancia a la pandemia y por lo tanto perdió mucho tiempo: en su conferencia mañanera del 17 de marzo López Obrador apuntaba frente a la pregunta incómoda de un reportero: “Ya esto se va a acabar, la próxima semana anunciamos la entrada a la fase 2 de la pandemia y eso significa que ya se va a acabar esto…” (SIC). Desde el inicio, López Obrador dejó ver claramente que no comprende la pandemia.
A partir de ese momento, la línea del gobierno mexicano para combatir la pandemia quedó en la proyección del subsecretario de salud. El modelo Centinela, que se basa en simulación matemática en lugar de pruebas, ha llevado al país al sombrío honor de la cuarta posición mundial de decesos. Y más aún, de acuerdo con la propia desestimación de casos de fallecimientos por COVID-19 no confirmados por pruebas, declarada por el subsecretario de salud, la cifra de muertes tendría que multiplicarse por 3.
Y luego el gobierno también generó confusión entre la población, por ejemplo, con el cubrebocas, que ahora López-Gatell ha respaldado a medias (pese a los avisos de la OMS en este sentido), pero aún es rechazado por el presidente López Obrador.
De acuerdo con la Universidad Johns Hopkins, en Brasil, la letalidad (número de muertes con relación a los infectados) es de 6.3 %. En México, en cambio, es de 11.9 %. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta es la tercera más alta del mundo después de Italia (14,5 %) y Gran Bretaña (14 %). El gobierno de México no considera que esta relación sea significativa.
Y, de paso, también en México se tiene el récord mundial de decesos entre el personal de salud porque no se les proporciona el material adecuado ni suficiente para enfrentar su labor, no obstante que el gobierno hace reconocimientos públicos a su heroísmo.
Las semejanzas en el comportamiento de estos gobernantes también impulsan respuestas parecidas en las respectivas estructuras de estado:
Tanto Trump, como López Obrador y Bolsonaro han delegado en los gobernadores de los estados de su país para adoptar las medidas de contención y sanitarias que elijan o puedan. En foros públicos, los tres se han limitado a hacer recomendaciones generales para no contraer el virus, mientras que sus autoridades de salud decretaban el confinamiento y medidas de distanciamiento social y uso de cubrebocas.
En los tres países, los gobernadores de los estados se vieron obligados a responder localmente sin una clara línea federal (y recursos) ni una estrategia definida, paralizando la actividad económica. En respuesta, la población de cada estado se polarizó en su postura frente a la acción presidencial y los efectos desastrosos en cada país vs el apego de los incondicionales, no faltan, a la figura de cada presidente.
No obstante los tres, tanto Donald Trump, como Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro, también gozan de una base electoral dura que finalmente es la única depositaria genuina a la que cada uno de esos presidentes le habla y con la que quiere quedar bien. El número de fallecimientos y la catástrofe económica ya son daños colaterales. El peligro del cortoplacismo en política, no importa que el mundo atraviese por la pandemia más desastrosa de que tenga memoria la humanidad.