Redacción Animal Político · 13 de julio de 2018
Hace unos días, Leonardo Curzio propuso que durante la transición en la CDMX no se otorguen nuevos permisos de construcción. Esta voz se une a la de tantos otros que hemos venido denunciado el urbanismo salvaje que aqueja y destruye nuestra maltrecha ciudad.
Y es que aquí, los centros comerciales y edificios residenciales surgen de cualquier predio cual champiñones en plena temporada de lluvia. El uso de suelo se adapta y transforma según las necesidades de las empresas inmobiliarias; muchas veces, la transacción termina pactándose en lo oscurito. Resultado: las construcciones están mal hechas, plagadas de irregularidades y sin cumplir con la reglamentación vigente. Pero que se construyen porque se construyen, pese a las numerosas protestas ciudadanas. El derrumbe de una parte de la plaza Artz Pedregal, recién inaugurada en marzo del 2018 es el más reciente escándalo que se suma a la lista cada vez más larga de socavones, Pasos Exprés y departamentos nuevos que no resisten temblores. Cada caso es distinto pero la respuesta de las inmobiliarias y del gobierno sigue el mismo cínico modus operandi que se repite hasta el agotamiento: se lamenta la situación; se promete investigar las causas y encontrar responsables, pero se termina por cerrar la carpeta de investigación con una notable ausencia de responsables y más contratos en puerta. Todo esto en medio de un hartazgo social cada vez más evidente frente a este halo de turbiedad y de irregularidades que apestan a corrupción. Aquí no pasa nada hasta que todo se derrumba.
A decir verdad, lo sucedido en Artz Pedregal es todo menos una sorpresa: es el desenlace esperado de obras turbias llevadas a cabo donde no se deberían y de contratos que nunca debieron ser otorgados. Esta vez no hay heridos que lamentar pero no hay que olvidar que tenemos muchas Artz Pedregal en la ciudad. Así que sí, a exigir que se esclarezca el caso, pero sobretodo a revertir esa oleada incontrolable de construcciones acuñadas por la corrupción.
Lo admito, no es tan fácil para una ciudad acostumbrada a medir el éxito y el progreso en toneladas de concreto. Para Mancera, el Artz de Pedregal era un testigo de modernidad. Una modernidad completamente rebasada, que se resquebraja y que hoy acaba de caerse a pedazos. Una modernidad de concreto que no rima con calidad de vida. Una lógica de construir por construir. ¿Y si construimos menos y replanteamos más?, ¿Y si la ciudad chingona que se imaginó Emilio Lezama con sus ríos y lagos no fuera tan utópica después de todo?, ¿Y si volteamos a ver lo que se está haciendo fuera de México?
Veríamos gobiernos que se esfuerzan por reestructurar sus ciudades para que tengan dimensiones humanas; con más peatones y menos coches; más transporte público y menos segundos pisos; más áreas verdes y por piedad, menos centros comerciales[1]. Y adivinen que, con mejor calidad de vida también. ¿Será tan complicado replicarlo aquí?
Cada vez somos más los que exigimos repensar una ciudad con menos concreto y con un uso de suelo que no se entregue al mejor postor. Ojalá, ojalá que la nueva administración sí nos escuche. Me uno a la propuesta de Leonardo Curzio #NingúnPermisoDeConstrucción. Y agregaría: anulación de contratos a los que no respeten la ley.
Referencias:
[1] Para que se den una idea, en 2016 la Zona Metropolitana del Valle de México contaba con más de 200 centros comerciales.