Los animales odiamos Skype

Piolo Juvera · 23 de noviembre de 2011

Los animales odiamos Skype

Mi chava, con la que llevaba viviendo dos años, se fue a estudiar una maestría al extranjero. La idea era que nuestra perrita, Martina, a quien adoptamos casi a la par que comenzamos a andar, se fuera con ella. Afortunadamente para mí, desafortunadamente para mi chava, Martina no pudo viajar el día de la dura despedida, pues la ciudad de destino registraba una temperatura que se salía del rango seguro para que viajen mascotas en la panza del avión.

Más de una persona intentaba darme ánimos ante la separación haciendo uso del cuestionable argumento de “No te preocupes, mira, con la tecnología de ahora es mucho más fácil que se mantengan en contacto, ya no es como antes, ya con el internet todo es de volada”. Puros lugares comunes ante el lugar tan poco común (para mí) en el que comenzaba a adentrarme: el de una relación a distancia.

Comenzamos casi de inmediato a comunicarnos por Skype. A los novatos en el asunto, sobre todo si somos de una generación en la que internet no existía cuando éramos niños, nos sigue resultando fascinante ver y escuchar en tiempo real a una persona que se encuentra a millas de distancia. Como salido de los Supersónicos. Independientemente de minucias “skyperas” que vas puliendo —ajustar bien el encuadre y la luz, saber si mirar a la camarita, a la imagen de la otra persona o al recuadro en el que aparece la tuya—, desde el principio hubo algo que me hacía sentir demasiado incómodo en nuestras convivencias virtuales. Y no sabía qué era.

En cada videollamada llegaba el momento de acercarle la compu a Martina para que mi chava pudiera verla y saludarla. Martina escuchaba a su dueña (usaré “madre” o “mamá” en adelante, me parece más atinado) e inmediatamente levantaba las orejas e inclinaba la cara con ese gesto adorable, típico de perro confundido. Trataba de distinguir de dónde provenía el sonido, intentaba enfocar con sus ojos de loca la pantalla y parecía no comprender que esa imagen en sólo dos dimensiones, carente de olor, de apenas unos centímetros de largo y ancho se tratara de su madre. Finalmente, terminaba por hacer sonidos que denotaban su ansiedad, dar algunas vueltas sobre su eje, como persiguiéndose la cola —alguna vez leí que los perros suelen hacerlo cuando no logran resolver un enigma—; rogar con la mirada que le explicara qué ocurría y, en ocasiones, de plano se cambiaba de habitación, notablemente incómoda, casi asustada, como si hubiera visto un fantasma.

Y de cierta forma así era. Lo que veía y oía Martina no era para ella una representación integral de su mamá, sino un par de características aisladas, un espíritu pues. Según la revista de ciencia y tecnología Focus, la confusión de Martina puede tener que ver con que la frecuencia en megahertz con que se transmiten las voces vía Skype es distinta a la que escuchamos “en persona” (o “en perro”, vaya); a los humanos nos suena muy parecido, pero los canes, que tienen un rango auditivo mucho mayor, podrían no distinguir que esa voz “filtrada” proviene de “su persona”.

Según yo, Martina sí reconocía la voz, incluso volteaba a la puerta, con la esperanza, creo, de que de pronto entrara su mamá. La explicación que me pareció más convincente (también de Focus), es que los perros tienen una rudimentaria “Theory of Mind” (o ToM), que es la capacidad cognitiva de concebir la existencia de los otros mentalmente. O sea, para ellos estás o no estás. Difícilmente hay medias tintas. Martina podría no tener ninguna buena razón para suponer que eso que suena y luce parecido (y sólo parecido) a su mamá, sea su mamá, o un resumen de ella, en todo caso.

Cuando Martina está en Skype con mi chava, ve y escucha una representación de ella, pero no puede olerla, lamerla, intercambiar caricias, apapachos y asegurar que está ahí, así que le da ansiedad porque no sabe manejarlo, no entiende cómo eso puede ser un contacto o una relación verdadera, real, completa. Exactamente lo mismo me pasa a mí.

Otra vez, quizá sea algo generacional, pues aunque las 520 millones de cuentas de Skype en el mundo y el sinfín de artículos sobre “cómo las videollamadas ayudan a salvaguardar las relaciones a distancia” no concuerden conmigo, yo prefiero, a falta de lo físico, una virtualidad más a la antigüita. No les voy a decir que la opción preferida son las cartas a mano (suena romantiquísimo pero, ah, qué poco funcional), sin embargo, sigo prefiriendo por mucho las llamadas por teléfono convencional. Sí, aunque Skype sea gratis; sí, aunque con Skype pueda verla en vivo y a todo color (pero sin sentirla en vivo y a todo cAlor). Ver pero no tocar. Oír pero no oler. Convivir pero no abrazar. Qué perversos métodos de tortura ha generado la modernidad…

Al mes y medio de irse mi chava, Martina partió para alcanzarla. Ahora es el remedo de mi voz el que la tensa, y mi representación miniatura y plana la que no distingue tras el monitor. No importa cuánta dulzura imprima en mis palabras, Martina no me reconoce. Para ella, no estoy ahí, no existo. Es tan frustrante que no se me ocurre qué hacer… además de aullar y perseguirme la cola.