blogeditor · 21 de diciembre de 2015
No vaya uno a creer que el esperpéntico proyecto del Corredor Cultural Chapultepec ha muerto. Sus impulsores, tanto dentro como fuera de la órbita del GDF, seguro ensayarán otros rumbos y alternativas de consumación; debemos celebrar este indiscutible triunfo ciudadano, sin bajar nunca la guardia. Muchos ultrajes urbanísticos se consuman durante épocas de fiestas, y sus perpetradores son capaces de repetirnos la dosis precisamente por estas fechas.

No cesan las desafortunadas ‘intervenciones urbanas’ del Ropopó mexicano (o Plop Art autóctono, atizado por aquello que se jactan ser sus principales promotores y cómplices en el gobierno), el ‘Look’ Bajopuente que pretende imponerse en la Ciudad de México por Mancera (continuador o perfeccionador del trinquete inmobiliario y de la construcción, sobre todo durante el Ebrardato) y los compinches heredados de anteriores gestiones, es ya avalancha.

Como se ha documentado amplísimamente en redes sociales y medios diversos, la ecocida administración mancerista ha dejado a su suerte a las Áreas Verdes hoy en la Ciudad de México: sin planes factibles de mediano y largo plazo para reponer la devastación que significó ‘rescatar’ la vialidad, con árboles que empiecen a suplir la pérdida.


En el ámbito de los árboles patrimoniales, las ‘intervenciones’ –vulgo, talas y mutilaciones masivas- avaladas por la secretaria del medio ambiente capitalino Tanya Müller son delitos ambientales cotidianos. Basta caminar, como tuve ocasión de hacerlo recientemente, a lo largo de las arboladas avenidas de ciudades que sí se toman en serio estas cuestiones, como Buenos Aires y la Libertador (que ostenta, junto con infinidad de calles secundarias y ejes amplios) ejemplares colosales del Aromo Francés, Tipuana Tipu o Tipa, Jacaranda y Ceiba, introducidos por Carlos Thays (1840-1934)) o los parques de esa ciudad, con especies de sombra en impecable estado, para entender que la degradación ecológica en curso pudo aquí haberse evitado.


A la pérdida neta del acervo arborístico capitalino, debemos sumar otro síndrome generalizado y sin remedio aparente: la chafa estatuiza delegacional, o el Sebastianaje que recorre la República, y que tiene en el Homenaje al Antorchista a su símbolo más reciente, escandaloso y destacado.

No es consuelo insistir que otras urbes y países sufren similar condición; ver el escándalo suscitado por la inauguración de una horrenda estatua ‘reinterpretada’ de Nefertiti en la ciudad egipcia de Samalut, fenómeno que produjo respuestas airadas y la creación de una página en Facebook, con la presentación de obruchas adicionales e insensateces urbanísticas similares a las nuestras.


Jonathan Jones, crítico británico del Guardian, abunda sobre el Azote de los Zombis de Bronce, que perpetúa la degradación irreversible de la civilidad y la expoliación de su espacio público. Un ejemplo paradigmático: la espantosa ‘Conversación con Óscar Wilde’ que puede verse abajo.

¿Qué opinión le merecería a Jones los dos años que lleva congelado el proyecto de rehabilitar El Caballito de Tolsá, hoy oculto para que no se vean los desfiguros del idiota contratado por el gobierno local que le aplicó una ‘pulidita’? ¿O para el caso, la estatua del carcamal del sindicato revolucionario por excelencia, Joaquín Gamboa Pascoe? ¿O el eventual destino del ‘inmortal’ Heydar Aliyev en espera de un Museo o Casa de Cultura digna de albergarlo? ¿O la sistemática y criminal destrucción de La Ruta de la Amistad sobre Periférico Sur, aniquilada para dar paso a los diversos Segundos Pisos y Supervías y la cochificación enloquecida de la metrópoli?


Sitio aparte merecen los tres adefesios de Enrique Walbey sobre la Avenida Acoxpa: Tlalpan Avanza, El Triunfo de Tlalpan y Clamando Justicia, los cuales por fortuna –y debido a una puntual exposición mediática, y campañas vecinal efectiva- pudieron ser retirados de sus lugares privilegiados.



[Fotos anteriores, cortesía Planeta Tlalpan, Planeta Tlalpan y Radio Asalto]
El compendio de infortunios escultórico no es privativo, como decíamos, de México.



Blucifer, El Mesteño Azul (y del Averno) tiene su propia cuenta en Twitter [@denverdoomhorse], y se encuentra en el Aeropuerto Internacional de Denver. Luis Jiménez, autor. Foto vía blog Hickenpooper
Se mencionan e incluyen también, una ‘apoteósica’ escultura Kitsch de Michael Jackson afuera del estadio del Club de Fútbol Fulham de la Premiere League inglesa, equipo propiedad del magnate Mohamed Al Fayed (para más señas, ex suegro de la Princesa Diana, fallecida con su hijo Dodi tras un choque en el túnel carretero del Puente de l’Alma en París, el 31 de agosto de 1997).



Son todas monstruosidades, diseñadas para resistir el paso del tiempo, y que ya quisieran remitirnos al caprichoso y renacentista Parque de los Monstruos, construido en Bomarzo para el príncipe Pier Francesco Orsini a mediados del siglo dieciséis, pero que son su antítesis acabada.

Tal vez cuando la locura llegue a su fin (esperamos que pronto, aunque no podemos crearnos falsas expectativas) y se viva un futuro menos plagado de desigualdades obscenas, injusticias abismales y contradicciones irresolutas, alguien tendrá mejor chance de discernir qué pasaba exactamente por las cabezas a los cultores de entropismas: monumentos brutalistas -como los que se muestran a continuación- de la antigua Yugoslavia, y que hoy compiten con el atroz origami burocrático de Sebastián y sus forúnculos multicolores a lo largo y ancho de México, o las esculturetas de coyunturas seudo ‘cívicas’.




