blogeditor · 20 de noviembre de 2014
Ya pasó más de un mes de la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa y México parece estar viviendo un proceso de cocción de una receta que ya conoce: tardías investigaciones que parecen no llegar a nada, tibios mensajes desde presidencia que ahora se transmiten vía Internet, protestas masivas en todo el país y en el mundo exigiendo justicia, la destitución de funcionarios públicos, incertidumbre, detenciones arbitrarias, criminalización de la protesta y el intento de desmovilizar a la gente que se organiza.
Pero el eco de las protestas tiene una nueva consigna, un lema que remite a fantasmas del pasado y a una herida que como país no hemos logrado sanar. Un eco que no vive en los libros de texto ni en los planes de estudio oficiales, un eco que se transmite vía tradición oral desde aquellos que lo perecieron y que se narra con miedo y dignidad. Como una película de terror de esas que dicen “basada en una historia real”. Las calles, convencidas, gritan: fue el Estado.
¿Qué implica que haya sido el Estado?
Por definición, las víctimas de la desaparición forzada (también conocidos como detenidos desaparecidos) son personas que de manera involuntaria fueron privadas de su libertad por agentes del Estado. No es un secuestro común y corriente, es un crimen donde en algún nivel y de alguna forma un agente del Estado es responsable de la ausencia de esas personas.
Esta[contextly_sidebar id=”m5mKaAUBc7Y7GkWzUDUpBoj3txFfrE2a”] práctica no es nueva en México, la misma remite a años donde el término Guerra Sucia se asociaba con estudiantes, subversión, protesta, guerrilla y no con el embarazo de urnas. A décadas donde ser disidente podía significar una sentencia de muerte o mínimo una estancia en Lecumberri. Al igual que México, otros países del continente normalizaron esta práctica como una manera cortoplacista para obtener estabilidad y control al interior de su país. Estados como Chile y Argentina son los más recordados, en una parte por lo cruento de sus dictaduras, pero por otra porque el cambio de régimen en el gobierno logro idear mecanismos que llevaran a la justicia a aquellos involucrados en dicho crimen.
Pero en México, a los desaparecidos durante los 70 y 80 se sumó la gran deuda de afrontar este reto, resultado de la incapacidad de Vicente Fox como presidente de la alternancia mexicana. La deuda de Fox se fue a la congeladora y encima de los familiares de centenas de estudiantes, maestros y campesinos disidentes, se fueron apilando los aproximadamente 22 mil desaparecidos durante el entonces sexenio de Calderón: 10 desaparecidos por día durante 6 años.
Carente de interés, la actual administración no cuenta con ninguna estrategia para investigar, impartir justicia y castigar a los culpables. Hoy, parece que regresamos a la época donde por ser zurdo dejabas de existir.
El crimen se repite, parece normalizarse y volverse cotidiano. Los números siguen creciendo, las familias que lo viven siguen sufriendo el peor de los limbos y los responsables siguen impunes. Todo sigue igual.
Planteémonos la creación de una Comisión de la Verdad o de una Fiscalía Especializada funcional y civil que lleve a los tribunales a todos los involucrados, desde los rangos más bajos hasta los más altos. Llevar a los responsables a la justicia debe de ser el imperativo del organismo, no por una noción de venganza sino con la intención de restituir el tejido social y lograr la reconciliación como sociedad.
Este organismo debe profundizar sobre las causas de la violencia (de éste y de los sexenios anteriores), diferenciar los casos entre ellos y abordar cada uno con la complejidad, particularidad y solemnidad que le corresponde, recopilando información que le permita a los familiares dar con sus desaparecidos o cerrar los ciclos de búsqueda. Que este organismo sirva para recordarnos que esto no puede seguir repitiéndose, para que sepamos la verdad detrás del crimen y demos con los responsables. No se trata de una simple investigación, se trata de sanar una herida que por más de 40 años ha sido ignorada.
Los 43 no son un caso aislado, son producto de una serie de negligencias e irresponsabilidades históricas que nos han enseñado que la impunidad es un estilo de vida con el que uno puede vivir tranquilo en este país. Fue el Estado porque ya no puede seguir siéndolo, porque la destitución de un gobernador, las investigaciones superficiales y los discursos trillados ya no bastan.
La memoria florece en las historias de aquellos no pudieron callar. Qué su recuerdo no sea en vano.
* Andrés Torres Checka es estudiante del ITAM, especializado en temas de migración y desaparición forzada. Participó en #YoSoy132