blogeditor · 25 de junio de 2013
Ya habíamos platicado sobre la guerra de los Roses que se traen en el PAN y que a más de uno nos ha hecho levantar la ceja, sobre todo, porque era el PRD el que nos tenía acostumbrados a estas discusiones tipo Mulundanga le pegó a Bernabé, y no el otrora partido conservador en donde, al menos en el pasado, la forma era fondo y lo más interesante era que Josefina era “diferente” o que doña Cecilia Romero ya había sumado una línea más a su currículum profesional. Lejos quedaron los tiempos de Gómez Morín o inclusive, de Carlos Castillo Peraza, que aunque de diferentes generaciones trazaban el rumbo ideológico del partido.
Lo de hoy es ver a un PAN dividido que no sólo se pelea por su control político, sino por el manejo de los cuantiosos dineros, nuestros dineros, que bajo el eufemismo de “prerrogativas” les llegan a manos llenas año con año, ya sea para su operación política (grilla pues) en el Congreso, o para financiar la vida partidista o su participación en las distintas elecciones, tanto federales, como en los estados. Esto es que la disputa entre Gustavo el Bueno y Ernesto el Malo no sólo es por el control de los 210 millones de pesos que tiene disponible la fracción del PAN del Senado de la República (que nomás alcanzan para puros chicles), sino del control del propio partido político (ya que muy pronto se renovará la dirigencia nacional) y de los 857.78 millones de pesos que durante el 2013 recibió este instituto político. Échenle lápiz, pues.
Esto quiere decir que el que gana, gana todo, incluyendo la capacidad de decidir el rumbo del partido y el control de más de mil millones de pesos al año. ¿Quién pensaba que la lucha entre Caín y Abel del panismo era por la herencia ideológica de Gómez Morín, o por continuar el legado de Castillo Peraza? Por eso, la gran pregunta que seguramente se hizo a sí mismo Gustavo Madero, con respecto a la posición de Ernesto Cordero al frente de la fracción panista en el Senado era: ¿lo quito o lo coloco? Y como todos sabemos, sus consejeros le dijeron que lo nominara y lo expulsara del paraíso para colocar como líder de la fracción a… ¿alguien recuerda su nombre?
Sin embargo, al igual que el Big Brother tenochca, las reglas cambian y don Madero, que pide PAN y no le dan, no contaba con la astucia de los corderistas que le cambiaron las reglas del juego para decidir cómo gasta los dineros de la fracción en el Senado (lo que más le dolió) y cómo acordar lo político (lo que lo mató).
Mientras tanto, en Ciudad Gótica están esperando que el pin pon panista termine para saber con quién de los panistas se podrá sentar la autoridad federal para discutir y eventualmente negociar y aprobar las reformas que se presentarán en unos meses: la energética y la fiscal, así como también el paquete presupuestal 2013, la reforma a la Ley Federal de Transparencia, a la Ley de Deuda, el nombramiento de los titulares del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFETEL), el consejero del IFE que falta por ser nombrado y un larguísimo etcétera.
Con todo esto, algo positivo está saliendo a la discusión como resultado del desgreñe familiar estilo Festen que se están manejando en el PAN: la urgentísima necesidad de obligar al Congreso de la Unión (Cámara de Diputados y Senadores) y de todo órgano legislativo del país (¿me están escuchando congresos estatales?) a que de una vez por todas transparenten no sólo sus procesos operativos y de toma de decisiones, sino también el uso de los recursos de los que disponen, que son nuestros impuestos. Hoy por hoy, los órganos legislativos del país son sumamente opacos y están lejos de rendirnos cuentas de manera real, por sus decisiones, actos y gastos.
Justo en estos momentos en los que hay un conflicto entre grupos, o alternancia entre distintos partidos en un gobierno local, es cuando se siembra la semilla de la transparencia, salen a la luz los trapitos sucios y es ahí cuando se pueden impulsar cambios de fondo, como lo que ha sucedido con la deuda de los gobiernos locales.