Redacción Animal Político · 23 de mayo de 2025
Desde que Finlandia obtuvo resultados destacados en la prueba PISA —primer lugar en lectura en 2000, matemáticas en 2003 y ciencias en 2006—, se generó la idea de que el país nórdico tiene el mejor sistema educativo del mundo. Aunque en ediciones recientes sus posiciones han cambiado (en PISA 2022: 3.º en lectura, 11.º en matemáticas y 4.º en ciencias), la fascinación se mantiene. Investigadores de todo el mundo han querido entender cuál es la receta del éxito y qué nos falta en América Latina para alcanzarlo.
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Esto ha generado cierto desencanto entre docentes mexicanos que, con razón, se preguntan: ¿cómo comparar nuestro sistema educativo con el de un país de 5.5 millones de habitantes, con una economía sólida y altos niveles de inversión social? ¿Cómo replicar un modelo exitoso en escuelas donde lo básico no está garantizado? ¿Cómo hablar de un país donde ser docente es prestigioso, mientras aquí seguimos luchando por formación digna y acompañamiento técnico y emocional?
Con estas preguntas en mente, hace unas semanas viajé con un grupo de docentes, académicos y personas de organizaciones civiles a observar escuelas finlandesas de distintos niveles. Lo primero que debo decir es: sí, tienen razón, no se puede comparar.
Pero lo que sí podemos hacer —y es el propósito de este texto— es identificar algunos puntos que podríamos aprender, adaptar y poner en práctica desde nuestros propios contextos:
En Finlandia hay equipos interdisciplinarios (psicólogos, trabajadores sociales, especialistas en juventud) que apoyan el bienestar estudiantil. Aunque aquí no contamos con ese alcance en todas las escuelas, lo que más me llamó la atención fue la mentalidad: el bienestar de niñas, niños y jóvenes es una prioridad compartida, sin importar qué asignatura se imparta. Todas y todos trabajan por generar un ambiente de respeto y confianza dentro y fuera del aula.
Las duras condiciones del invierno finlandés forjaron una cultura de autosuficiencia que también permea en la escuela. Desde preescolar, los niños se ponen su abrigo, sacan y guardan materiales, se sirven la comida con vajilla de cerámica; y desde la primaria, aprenden carpintería, costura, cocina y a gestionar sus tareas de forma autónoma. No es que no haya tareas, pero se enfocan en que sean breves y realizables por el propio estudiante, según su edad.
Aunque las metodologías no son radicalmente distintas de las mexicanas, hay diferencias importantes en la organización. Las clases duran 45 minutos y siempre van seguidas de 15 minutos de recreo al aire libre, aun si llueve o nieva. La tecnología se usa con un propósito pedagógico claro. Se reorganiza el mobiliario para pasar del trabajo individual al colaborativo y se utilizan otros espacios como bibliotecas, salas comunes o incluso el bosque. Parten de la idea de que se puede aprender de muchas formas y que la diversidad ayuda a mantener la atención y el interés.
No hay espacio suficiente aquí para un análisis exhaustivo, ni sería justo hacerlo. Los contextos sociales, económicos y culturales son muy distintos. Pero siempre es posible reflexionar sobre lo que sí podemos incorporar: no para copiar sin sentido crítico, sino para orientar nuestros esfuerzos hacia una educación que realmente garantice el derecho a aprender para todas y todos.
* Laura Ramírez (@Laurami0316) es directora de Fortalecimiento de comunidades educativas de Mexicanos Primero.