Lo que se pierde

Redacción Animal Político · 9 de diciembre de 2022

He cambiado de cuerpo, desde el mismo cuerpo, tres veces. Más allá del propio desarrollo natural (primer cambio radical) y de algunos más sutiles, existen un par que he sentido como cuando algunos insectos se deshacen de su exoesqueleto.

Estos cambios tienen que ver con aquello que se pierde en el camino: desde las uñas, las secreciones, los dientes y el pelo, hasta lo que la salud nos orilla a quitarnos de encima para seguir viviendo.

Mi madre perdió ambos senos, mi abuela perdió una pierna, Nicolás perdió uno de los dos dedos pulgares de la mano derecha, su polidactilia duró un año. Cuando envejecemos perdemos, incluso, centímetros. Las abuelas son pequeñitas porque de a poco van perdiendo su cuerpo.

Cuando me embaracé, a partir de los seis meses perdí la configuración de mi cuerpo tal y como lo conocía: las tripas se aprietan, la piel se hincha y estira, las tetas crecen y los pezones cambian de color. Más o menos dos años después de haber parido y lactado, mi cuerpo parecía el fantasma de lo que fue, pero seguía siendo mi cuerpo, entero y reconocible. Una lectura en braille que mis manos se sabían de memoria.

“Tuve un hijo”, le repetí mil veces al espejo.

La siguiente vez que cambié de cuerpo (o que el cuerpo me cambió a mí) fue cuando perdí el útero. Entre más tiempo pasa —hace un año que lo perdí— más noto el nuevo idioma que habla: cómo me dice lo que le sucede, reparando en su pérdida, de vez en cuando llorando su duelo. A veces con una cicatriz punzante, otras con una cicatriz insensible. Ya no menstrúo, es lo de menos. Ya no tengo la posibilidad de embarazarme, es lo de menos. Pero hay veces que no lo reconozco y que no logro traducirle, esa es mi pérdida. Es otro cuerpo, un nuevo cuerpo, un viejo cuerpo. Todavía no sé cómo nombrarlo. Sigue siendo mi cuerpo, pero me ha vuelto otra.

El cuerpo me ha demostrado (las veces que ha tenido que ser), bajo condiciones sutiles y extremas, que resiste con todo y espacios, huecos y abismos. Es como si ambos (él y yo) estuviésemos bajo el hechizo de lo irreparable, procesando que lo que fue ya no es ni será.

Este cuerpo que se ha compactado y expandido para dar vida, que ha generado tumores, que se ha vuelto loco de dolor y que se ha vuelto loco de placer, seguirá perdiendo, porque la vida se trata, precisamente, de dejar el cuerpo, como las abuelas pequeñitas.

Creemos que soltar significa deshacerse de algo, pero en realidad soltar es asimilar la vida de una nueva forma, quitarse el exoesqueleto y seguir. Hay una orfandad propia de lo que ya no volveremos a ser: la despedida de nuestra infancia (de la ternura, de la inocencia), la despedida de nuestra juventud (de la energía, de la voracidad, de la ingenuidad), la despedida de la salud, de la vitalidad, de lo otro y de lo que cumple su trayecto. La bienvenida a los fantasmas.

El cuerpo, con tal de mantenernos hasta el último latido, que también se pierde, no repara en irse quitando a sí mismo de encima, poco a poco, reconfigurándonos, perdiéndonos, cambiándonos y aprendiendo nuevos idiomas, porque nunca estamos listos para las pérdidas, mucho menos para la nuestra.

@barbarahoyo