Redacción Animal Político · 3 de marzo de 2023
Fue en febrero de hace 175 años que Estados Unidos puso fin a la invasión y guerra con México mediante la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo. En Estados Unidos es fácil pasar por alto esta guerra, a pesar de que definió la frontera sur (junto con la Venta de la Mesilla en 1854). El acuerdo de 1848 terminó con casi dos años de guerra y cedió más de la mitad del territorio mexicano a su vecino del norte. Con este tratado, Estados Unidos adquirió gran parte de lo que hoy son los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo Mexico, Arizona y Colorado, y partes de Oklahoma, Kansas y Wyoming.
Tanto la guerra como el tratado que le puso fin ayudaron a consolidar a Estados Unidos como un poder continental, abarcando desde el Atlántico hasta el Pacífico, y continúa formando las políticas de Estados Unidos hacia su frontera sur.
Aunque la guerra es central para la historia de ambos países, se recuerda de maneras totalmente diferentes. En las escuelas primarias en México, niños estudian la guerra como “La Intervención Estadounidense”, y es fuente de resentimiento nacionalista. Por el contrario, la guerra es poco reconocida en la memoria popular estadounidense. La fiebre del oro en California y la construcción del ferrocarril transcontinental sobresalen como las historias de expansionismo al oeste, y son tratadas como algo natural e inevitable, en lugar de como eventos que fueron posibles por esta guerra de agresión. A pesar de las diferencias, estos relatos nacionales se enmarcan en términos patrióticos, ya sea como víctimas de una guerra injusta o herederos del destino manifiesto.
Hoy en día, mientras en Estados Unidos continúa el debate sobre cómo enseñar su historia, se debe dejar atrás estas narrativas nacionalistas y en su lugar considerar la guerra y el tratado desde la perspectiva de los habitantes originales del continente. Si examinamos el tratado con una perspectiva indígena, veremos paralelismos entre los dos países. Ambos tenían una visión racista de los pueblos indígenas, buscaban apoderarse de sus tierras, y estaban dispuestos a utilizar la ley y violencia para lograrlo.
En 1848, Estados Unidos y México eran naciones relativamente jóvenes, logrando su independencia en 1776 y 1821, respectivamente. Y, a pesar de la retórica oficial, ninguna nación rompió completamente con la lógica de los poderes coloniales.
Ambas naciones heredaron ideologías de jerarquía y supremacía racial, un deseo por tierras, y prácticas de esclavitud. Ambos gobiernos enfrentaron problemas, debido a la resistencia de pueblos indígenas, para imponer su dominio sobre las tierras y los habitantes de lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos y California.
Las tierras que Estados Unidos adquirió a través del tratado habían sido parte de la Nueva España y de México después de 1821. Los gobiernos españoles y mexicanos, tuvieron problemas para controlar lo que constituía la parte más septentrional del territorio. La Rebelión de Popé de 1680 es solo un ejemplo de los desafíos indígenas al dominio colonial.
El nuevo gobierno mexicano pregonó ideales republicanos de libertad e igualdad, pero estos se volvieron en contra de los derechos colectivos a la tierra de los pueblos indígenas en nombre de la propiedad privada. Mientras las autoridades rendían homenaje retóricamente a la antigua civilización azteca, promovían políticas de asimilación y la enseñanza del español, en detrimento de lenguas indígenas. Los funcionarios federales ejercían la soberanía formal sobre las tierras en el norte del país, pero poderosas naciones indígenas como los Kiowa, Pueblo, Apache, Comanche, Yaqui y Diné persistieron en gestionar sus propios asuntos, aprovechando la distancia con la capital y el legado español de la república de indios, una política colonial que permitía formas de autogobierno indígena.
Mientras que el nuevo gobierno abolió la esclavitud formalmente en 1829, la práctica perduraba, particularmente en las periferias al norte, sometiendo a afrodescendientes e indígenas.
Los pueblos indígenas enfrentaron violaciones coloniales del sur, pero también del este. A mediados de la década de 1830, el movimiento por la independencia de Texas, un proyecto de colonos que pretendía preservar la esclavitud y consolidar el poder de Estados Unidos, invadió tierras de Comanches. Así, a principios de la década de 1840, los indígenas se enfrentaron a hostilidades provenientes de casi todos lados.
En este contexto, Comanches, Kiowas y Apaches encontraron pocas razones para negociar con las autoridades mexicanas y optaron por atacar los asentamientos en sus tierras. En lo que en ese entonces era el norte de México, indígenas coordinaron ataques a pueblos mexicanos, en lo que el historiador Brian DeLay describió como ‘La Guerra de Mil Desiertos’. El resultado de las incursiones indígenas fue la creación de ‘desiertos’, asentamientos abandonados y destruidos. Las autoridades mexicanas denunciaron a los atacantes como ‘indios bárbaros’, calificativo con el que las contrapartes estadounidenses estaban totalmente de acuerdo.
En retrospectiva, la efectividad de los ataques indígenas a asentamientos puso al gobierno mexicano en una posición mucho más débil en 1846, cuando Estados Unidos declaró la guerra. Sin embargo, la intervención tomó más tiempo de lo esperado. Estados Unidos solo pudo declarar su victoria tras adentrarse en el territorio mexicano, bombardeando el puerto de Veracruz y ocupando la Ciudad de México.
Con la firma del tratado, estas tierras indígenas formalmente pasaron a formar parte del territorio estadounidense. Sin embargo, los grupos nativos continuaron atacando los asentamientos, en ambos lados de la frontera. El artículo 11 del tratado, que estipulaba que el gobierno de Estados Unidos estaba obligado a proteger el territorio mexicano de ‘tribus salvajes’, es un testimonio de la persistencia del poder indígena.
En lo que hoy es Arizona y Nuevo Mexico, el tratado redujo la autonomía de muchas naciones indígenas. Como observó Maurice Crandall, historiador Yavapai-Apache, en 1848 ‘Estados Unidos nunca consideró a los indígenas como ciudadanos’. En este contexto de un nuevo gobierno colonialista, las naciones indígenas buscaron mantener sus prácticas de control local, ya fuera abogando por la ciudadanía o alguna forma de protección legal de estatus. Los pueblos indígenas tenían una visión ambivalente de ciudadanía y políticas electorales; algunos abogaban por obtener la ciudadanía como una estrategia de empoderamiento comunitario, otros lo consideraban otra forma de sumisión al proyecto colonialista. En California, la Convención Constitucional Estatal rápidamente negó el derecho al voto de los pueblos nativos. Durante la fiebre del oro, los indígenas experimentaron niveles de violencia avalados por el estado cercanos al genocidio.
Mientras que el Tratado de Guadalupe Hidalgo ofrecía protección formal a ciudadanos mexicanos que de pronto se encontraron viviendo en territorio estadounidense, en realidad estas personas, indígenas o no, lucharon por décadas para que se respetaran sus derechos y lenguas. California impuso impuestos a mineros ‘extranjeros’, dirigidos a residentes que hablaban español, y los pueblos indígenas se vieron cada vez más privados de sus derechos a la tierra, ciudadanía y educación.
Las dos naciones jóvenes no eran idénticas, pero ambas implementaban estrategias colonialistas motivadas por racismos antindígena. En este sentido, los pueblos indígenas confrontaron dos proyectos coloniales intentando, en el mejor de los casos, la incorporación subordinada a estas naciones y, en el peor de los casos, su exterminio. Por siglos, y en cualquier lado de la frontera en el que se encuentren, los pueblos indígenas han defendido sus comunidades y tierras. El desafío continúa.
Actualmente, mientras reflexionamos en el legado del tratado de 1848 y las fronteras nacionales que creó, haríamos bien en considerar desde qué punto de vista narramos esta historia y su significado. Si vamos más allá de las historias nacionales y nos centramos en las historias de los pueblos indígenas, estos acontecimientos son muy diferentes. Cómo recordamos esta historia es tan importante como qué es lo que recordamos. Las perspectivas nacionalistas hacen imposible imaginar un mundo sin fronteras y sin el racismo y la desigualdad que perpetúan.
* Alan Shane Dillingham es miembro de la nación Choctaw de Oklahoma y es profesor de historia en Arizona State University. Es el autor del libro Oaxaca Resurgent: Indigeneity, Development, and Inequality in Twentieth-Century Mexico.