blogeditor · 14 de marzo de 2022
Y si no cuento esta experiencia hasta el final, contribuiré a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo.
El acontecimiento, Annie Ernaux
Hoy tengo la misma edad que tenía mi depredador cuando empezó a buscarme. Vuelvo a tener 15 años, estoy en mi recámara escuchando una canción de un artista que no conozco, pero que mi novio me dedicó; la bajé del Ares, es 2006. Estoy en MySpace y encuentro que lxs artistas tienen perfiles, le escribo a Oceransky para contarle que me encanta la canción que mi novio me acaba de dedicar. Me pide mi mail. Soy muy madura para mi edad: quiere conocerme.
Es 2007 y estoy viendo a uno de mis cantantes favoritos en un restaurante en Tijuana, mi mamá está conmigo y apenas y se separa de mí para ir al baño. Edgar Oceransky se acerca al final del concierto: es encantador, se gana a mi mamá, me gana a mí. Si bien mi mamá solo se separaba de mí para ir al baño, él aprovecha esos pequeños momentos de soledad para decirme que le encanto, para tocarme la cintura, para sugerirme que le diga a mi mamá que nos deje solos un rato. Él tiene 32 años, yo 17.
Una llamada a las ocho de la mañana un domingo, me la pasa mi papá. “Es Ángel, de la escuela”. Era Edgar, seguía en la peda. Me llamó muchas veces más, siempre dio ese nombre. Sí agradezco no acordarme de qué hablábamos.
Es 2019 y explota el MeToo en México: músicos, escritores, científicos, publicistas etecé, denunciados. Ahí nos dimos cuenta que a todas nos han violado. Recuerdo que Edgar alardeaba de sus gustos por las menores, recuerdo que yo era menor, pienso que yo tuve una buena relación con él y no puedo salir a denunciarlo, no quiero arruinarle la vida. Me vuelvo cómplice.
Es 2021 y se me desbloquea algo, mi mente no puede borrar la imagen de Oceransky encima de mí, yo le decía que no, no quería: mierda, sangre, dolor, miedo, mucho miedo. Diecinueve años, es el 2010 y paso muchas noches sin dormir, noches de pavor, de sentir la tripa torcida por el jodido miedo a que me haya pegado algo, se había sacado el condón sin preguntarme. Leí decenas de páginas al respecto del vih, de cuándo hacerme una prueba. Estoy temblando de coraje al escribir esto, me duele el pecho, me falta el aire.
Me come la cabeza las veces que volví a ver a Edgar y actué como si nada. ¿Por qué mi cabeza decidió bloquear ese recuerdo tantos años? A veces pienso que mejor se hubiera quedado allí, guardado. Dolería menos.
Es 2022 y voy corriendo por la Ciudad de México, me queda un kilómetro para terminar. Tengo muchas ganas de vomitar, me voy a caer, veo una valla enorme: Edgar Oceransky en el Auditorio Nacional 16 de marzo. Logro terminar de correr. Es el kilómetro más largo de mi vida, corro como si estuviera huyéndole a mi pasado, no me quiero acordar, vuelve esa imagen una y otra vez, está encima de mí, le digo que no, su cara, sus gemidos, su aliento alcohólico, mi dolor, mi profundo dolor. Me acuerdo del miedo, de la incertidumbre de no saber si ese momento me había cambiado la vida para siempre. Sí lo hizo.
Discuto conmigo, pondero qué es lo que debería de hacer, nadie me va a creer si de pronto cuento que me violó, que me estuvo acosando desde que yo tenía 16 años. La memoria, mi memoria es muy cabrona, me acuerdo de las cosas que contaba en sus conciertos, de cómo hacía dinero mientras se mofaba de nosotras, de su gusto por las adolescentes, de la red de apoyo que tenía para salirse con la suya. Veo decenas de videos de conciertos en vivo, estoy segura que voy a encontrar algo que respalde lo que pasó. “Mi gusto más profundo son las adolescentes”, escucho. La ansiedad combinada con emoción no deja de crecer, no sé qué hacer, me aterra pensar en todas las adolescentes a las que este señor tuvo acceso, no puedo dejar de pensar en la cantidad de conciertos que ha dado —tres por semana desde hace, al menos, 15 años.
Salgo de la inercia de ir en la bicicleta cuando lo vuelvo a ver en una valla. Ahí sí me rompo, no puedo parar de llorar, por qué soy yo la que se tiene que encontrar con su violador cuando lo único que estoy haciendo es ir en camino al trabajo. La rabia, la puta rabia. No puede ser posible, no puedo permitir que esto siga pasando. Transcribo completo el video, tengo que parar en algunos momentos, escuchar la voz de mi violador una y otra vez es agotador. Tengo muchas ganas de vomitar. En momentos dudo por qué hago esto, me estoy lastimando. Me recuerdo que no es cierto, fue él quien me lastimó. Sigo transcribiendo, no lo puedo creer, es el patriarcado en su máxima expresión capitalista: mientras ese wey hace dinero está confesando su gusto por las adolescentes y su odio por las mujeres. Está reconociendo que lo que le gusta es un delito, pero sabe que va a quedar impune: “… que tengan todavía cara de ministerio público, sí, miren, es mejor ir al bote por una chavita que por el alcoholímetro”. Es una locura esto. No puede ser. Voy a contar mi historia. Lo que no fue para mí, sí será para otras.
«Eres muy madura para tu edad», esa frase de mierda. Esa frase de mierda que usan los hombres mayores porque saben que es una mentada de madre que se puede disfrazar de halago. Ser muy madura para tu edad es la justificación que ellos se inventan para poder abusar de ti.
* Al momento de escribirse esto tres conciertos de Edgar Oceransky habían sido cancelados.