blogeditor · 16 de julio de 2021
El injusto caso de Sha’Carri Richardson, velocista estadounidense que dio positivo en la prueba de consumo de cannabis, ha revivido el debate sobre el impacto de las políticas antidopaje, además de poner en jaque su utilidad.
Richardson, atleta que se posicionaba como una de las favoritas para ganar una medalla en los Juegos Olímpicos de Tokio, debido a su triunfo en la carrera femenil de 100 metros en las pruebas de atletismo en Oregón (uno de los 19 estados en Estados Unidos donde el uso adulto de cannabis es legal), fue suspendida del evento deportivo más importante a nivel internacional por consumir mariguana durante la semana en que recibió la noticia de la muerte de su madre.
El caso de Richardson ha adquirido aún mayor atención debido al perfil público de la atleta, quien, a sus 21 años, además de estar llamada a ser uno de los siguientes referentes del atletismo a nivel mundial (apenas en abril de 2021 corrió los 100 metros planos en 10.7 segundos, el sexto mejor tiempo en la historia), es conocida fuera de la pista como un referente de estilo, siendo inspiración para diseñadores de moda como Virgil Abloh.
Su descalificación de los Juegos Olímpicos ha despertado la indignación de sus colegas, así como de organizaciones, colectivos y activistas en materia de política de drogas. La misma Agencia Antidopaje de Estados Unidos manifestó en un comunicado la desafortunada decisión que tuvo que tomarse en apego a los estándares internacionales sobre control de sustancias psicoactivas en el deporte. Porque, pese a que el país vecino sigue manteniendo un régimen punitivo en respuesta a este tipo de acontecimientos, la legislación de cannabis sí ha tenido cambios radicales y sumamente positivos que deberían ajustarse a las diversas reglamentaciones.
Hace unos días, The New York Times sacó un reportaje donde se menciona el próximo lanzamiento de un libro que planea abordar la relación entre diversos deportistas y la cannabis. En dicha investigación se evidencia que la mayoría la han utilizado para recuperarse después del desgaste físico que implican los estrictos entrenamientos, calmar dolores, regular su ciclo de sueño y, principalmente, controlar la ansiedad.
Aquí es donde vale la pena cuestionarse si realmente las amenazas constantes de pruebas antidopaje logran disuadir el consumo de drogas, o más bien solo fomentan que se establezcan pausas de éste con el fin de no marcar positivo, y así consumir con tranquilidad después de obtener los resultados.
La decisión de descalificar a Richardson también entra en conflicto con la tendencia que se ha venido observando en los años recientes en los deportes profesionales en Estados Unidos en torno al uso de cannabis. Desde 2020, la NFL permite que los jugadores de fútbol americano utilicen CBD sin que sean sujetos a sanciones o suspensiones, algo que ya era permitido por la NHL para los jugadores de hockey sobre hielo, por lo menos desde hace dos años.
Asimismo, peleadores de artes marciales mixtas de alto reconocimiento a nivel mundial como Conor McGregor o Nate Diaz han sido transparentes sobre el uso que le dan tanto al CBD como al THC, al ser una alternativa menos agresiva a los antiinflamatorios y analgésicos tradicionales. En otras palabras, se está sancionando a Richardson por hacer uso de una sustancia que está en pleno proceso de despenalización dentro de algunos de los deportes más populares en Estados Unidos.
Su caso también nos hace reflexionar sobre las pruebas de consumo de sustancias no solo en la esfera del deporte, sino en los ámbitos académicos y laborales.
Objetivamente, no existe evidencia científica que compruebe su utilidad en mejorar la seguridad y productividad de las y los trabajadores, y/o estudiantes. Además, estas pruebas aleatorias no son precisas en términos de tiempo ya que, a diferencia del alcohol, cuya presencia en la sangre refleja con mayor exactitud si se consumió esta sustancia en el corto plazo, los compuestos químicos en la cannabis pueden permanecer en el cuerpo mucho después de que se hayan metabolizado e, incluso, mucho después de que los efectos psicoactivos hayan desaparecido por completo.
Otro detalle es que los falsos positivos son más comunes de lo que se esperaría, ya que las sustancias legales pueden convertirse en ilegales según la dosis, como es el caso de los antidepresivos, tratamientos para el dolor, y hasta la misma cannabis. Tan solo imaginemos cuántas personas han sido sancionadas o despedidas siendo realmente buenas en lo que hacen debido a una decisión tan humana y personal como el consumo de sustancias.
Sin lugar a dudas se debe prestar más atención a las problemáticas relacionadas con la salud mental, en lugar de violar la privacidad de las y los empleados, fiscalizando de manera arbitraria su uso de sustancias psicoactivas.
Si lo que se quiere es prevenir y brindar ayuda en caso de dependencia a sustancias, una prueba antidoping no será suficiente, menos si la solución será cortar el acceso a educación, empleo y bienestar social.
Esperemos que, por lo pronto, la Agencia Mundial Antidopaje reconsidere sus inflexibles políticas, sobre todo en casos excepcionales como el de Sha’Carri Richardson. Consumir sustancias psicoactivas de manera responsable no debería tener un impacto perjudicial en tu carrera, incluso en aquellas de 100 metros.
* Romina Vázquez estudió Derechos Humanos y Gestión de Paz en el Claustro de Sor Juana. Es coordinadora en el Instituto RIA e investiga sobre centros de reclusión, paz y política de drogas. Luis Daniel Santiago Vidargas (@ldsanvid) es comunicólogo, analista y estratega de marketing y comunicación política.