Lo que el agua se lleva

Jorge Avila · 20 de mayo de 2026

 Lo que el agua se lleva

Por Alondra Reyna Rivera

James C. Scott (2021) ha analizado cómo ciertos esquemas para mejorar la condición humana han fracasado, es decir, cómo proyectos que en un principio estaban pensados como estrategias de modernidad y progreso terminaron por fallarle a sus residentes. En su obra, Scott recuerda fracasos tan trágicos como la hambruna en China durante el Gran Salto hacia adelante. No obstante, a veces el fracaso llega de manera lenta y silenciosa, pero persistente.

En 2024, se habló del día cero para la Ciudad de México, una condición en la que la disponibilidad de agua no sería suficiente para satisfacer las necesidades básicas de los habitantes de la ciudad. Al centro de la discusión estaba el Sistema Cutzamala, la zona desde donde se transporta el agua se encontraba en sequía severa; además el Sistema es costoso, requiere mantenimiento constante y mucha energía para el bombeo. Por otro lado, la extracción de los mantos acuíferos locales produce estrés hídrico y acelera el hundimiento de la ciudad.

Sin embargo, pocas veces se ve aquello que ocurre con quienes habitan alrededor del Sistema Cutzamala. Quizá sea porque han pasado más de 80 años desde que el megaproyecto cambió para siempre la vida en la zona y las consecuencias se han vuelto estructurales al tiempo que se cruzan con problemas recientes. No obstante, recordar lo que ocurrió entonces desde lo que se vive ahora nos permite reflexionar sobre quiénes pagan aquello que llamamos desarrollo, qué tan sostenible es y cómo podemos repensarlo.

Qué fue lo qué pasó: El caso de Villa Victoria

La construcción del Sistema Hidroeléctrico Ixtapantongo comenzó a inicios de lo que hoy se conoce como el milagro mexicano. Para Scott (2021) estos proyectos podrían entenderse desde la ideología del alto modernismo donde el Estado prioriza obras e infraestructura que se ajusta a los intereses y expectativas de modernidad de quienes gobiernan. Durante esa época, en México la modernización se vinculó a la industrialización y la agricultura a pequeña escala se volvió más un tema social que económico.

Cuando se inició la construcción de la presa de Villa Victoria, apenas había pasado una década desde el reparto de ejidos en el municipio. El proyecto implicó la expropiación de algunos terrenos ejidales, pero no hubo un movimiento de oposición importante porque se negociaron indemnizaciones y la posibilidad de continuar con el uso de los terrenos para agricultura, siempre que el nivel de agua lo permitiese. Asimismo, durante los años de construcción representó una fuente de empleo para hombres de todo el municipio.

No obstante, una vez que el proceso de construcción concluyó, se prescindió de toda esa mano de obra y el pago de las indemnizaciones se convirtió en un tema de discusión. Sin muchas opciones de empleo y la disminución de terreno disponible para agricultura, la migración se convirtió en la opción principal para buscar empleo. Estados Unidos y Ciudad de México fueron destinos predilectos.  Este proceso reescribió la cotidianidad en Villa Victoria y acentuó la división del trabajo por género.

Eran los jóvenes y padres de familia quienes migraban, por su parte, las madres de familia solían asumir las tareas de cuidado, crianza, agricultura y ganadería. Durante la infancia, las niñas y niños se sumaban a las tareas realizadas por sus madres. La mayoría de veces, dejar atrás la infancia implica migrar para buscar empleo o casarse. El municipio quedó dividido y recorridos que podían hacerse en minutos se convirtieron en horas dificultando el acceso a servicios básicos y educativos de las comunidades que quedaron del lado opuesto a la cabecera municipal.

¿A dónde van los jóvenes?

Migrar sigue siendo una opción. Miguel Ángel Villafaña explica que “estamos regados, en la Ciudad de México, en Guadalajara, en Estados Unidos […] tenemos que ir a donde está el trabajo”. Cada lunes por la madrugada, cientos de personas toman un autobús con rumbo a Ciudad de México para ir a trabajar, para poder subsistir. Y cada sábado regresan a “dejar el gasto”, a visitar a su familia. Pero si el lugar de trabajo es más lejano, las familias pueden pasar meses o incluso años separadas.  

Si bien la mayor disponibilidad educativa permite que las juventudes tengan más opciones para no tener que migrar, o al menos para prolongar el momento, todavía quedan retos por sortear. La primera universidad pública en el municipio se fundó hace apenas 15 años; cuenta con cinco programas de licenciatura. Ha representado una ventana de oportunidad, pero para algunos habitantes llegar a este espacio implica un recorrido de entre 40 minutos y dos horas.

A veces el reto llega más temprano, por ejemplo para quiénes habitan en Barrio del Cerrillo, las opciones más cercanas para recibir educación media superior implican un trayecto de media hora, 40 pesos de pasaje diario y una parte del trayecto a pie. Paulina Zepeda, madre de familia y comerciante, relata cómo “cuando hay lluvias regresan empapados, cuando hay sol regresan todos asoleados, lo mismo con el frío”. Las oportunidades educativas han llegado gota a gota. Vecinas explican que la secundaria de la comunidad se abrió hace aproximadamente 7 años, antes de eso recuerdan caminatas de 40 minutos en medio del campo. La ironía es que Barrio del Cerrillo se encuentra a poco menos de cinco kilómetros de la cabecera municipal, pero en medio está la presa.

A pesar del aumento de oportunidades educativas, Paulina y Miguel señalan que todavía es común migrar pues “aunque los papás les apoyen para ir a la escuela, los niños ven la situación y prefieren salir a trabajar para ayudar en su casa”. A veces regresan con ahorros para un emprendimiento, para comprar un taxi —único medio de transporte en el municipio— pero las opciones de empleo son limitadas. Entonces, migrar se ha vuelto una especie de ritual entre buena parte de la juventud en el municipio.

Entre semana, al igual que en otras localidades, Barrio del Cerrillo es habitado principalmente por mujeres, infancias y adultos mayores. Para ellas y ellos las actividades de cuidados, la agricultura, pesca y comercio son las principales fuentes de empleo. En el caso de la agricultura, dado que es de temporal, las sequías pueden ocasionar la pérdida total de ese ingreso, tal como pasó en 2024. No obstante, cuando llueve mucho, los terrenos ubicados en la orilla de la presa se inundan, por lo tanto, la disponibilidad de terreno para cultivar disminuye. Esto contribuye a que durante algunos años la necesidad de salir sea más apremiante.

Entonces, en Villa Victoria, el fracaso no ha sido tan trágico como los ejemplos de Scott. Quienes habitaron el cambio que trajo el alto modernismo se adaptaron, con el tiempo, perseguir el trabajo, perseguir mejores oportunidades, se ha vuelto la norma. Pese a todo, es difícil no ver en donde se ha fallado: comunidades sin juventudes, familias divididas, dificultades para el acceso a la educación y empleo son todavía deudas pendientes.

*Alondra Reyna Rivera es investigadora en el Seminario sobre Violencia y Paz, egresada de la licenciatura en Relaciones Internacionales por el Colegio de México