Lo que Ebrard se está llevando

Daniel Gershenson · 18 de abril de 2011

Lo que Ebrard se está llevando

Para alguien interesado en el futuro de las Áreas Verdes y los Árboles Patrimoniales, recorrer las calles y avenidas de la Ciudad de México -y de otras ciudades de la República- se ha ha vuelto una tarea cada vez más deprimente.

 

Pudrideros de Fresnos-sombra, Jacarandas-cadáver y Pirules-muñón (entre otros incontables monumentos a la belleza y durabilidad de nuestro entorno natural), cuyos restos mortales pronto acabarán en cementerios de cascajo por obra de la ambición desmedida de políticos sin brújula y empresas que delinquen sin recato, consorcios que terminan devastando (mediante el saqueo, y la rapiña ambiental) un frágil ecosistema que demoró siglos en consolidarse. Pero ahora se ha convertido en negocio para la administración ‘progresista’ en el gobierno local, exacerbar –con saña inaudita- el derribo de Árboles irremplazables.

 

Especies gigantes que hasta hace poco habían crecido hasta volverse parte del dosel urbano, siguen perdiendo la batalla contra la voracidad de empresas y autoridades cómplices que se esmeran en modificar la esencia y complexión del DF hasta volverlo irreconocible. Los inmensos y faraónicos proyectos ecocidas en curso tienen como propósito ahondar el uso intensivo del automóvil. No habrá marcha atrás. La decisión se tomó en función de los intereses convergentes de especuladores inmobiliarios y funcionarios que sólo buscan un beneficio inmediato, y están dispuestos a trasladar los costos a la población sin defender los méritos de sus propuestas.

 

El manejo vertical y opaco a la hora de asignar proyectos a espaldas de la ciudadanía, es una práctica que la actual administración heredó directamente de sus predecesoras priístas (o mejor aún, que ellos mismos exportaron por constituir las mismas personas que gobernaron la ciudad en los años noventa). Las ‘explicaciones’ facciosas de integrantes del gabinete de Marcelo Ebrard son indistinguibles de aquellas proclamas que tanto iban a combatir los perredistas en el gobierno capitalino, pero que han copiado al pie de la letra con alardes autoritarios como el uso intimidatorio de la fuerza pública.

 

Para los tomadores de decisión públicos y privados los Árboles son, cada vez más, invisibles o estorbosos para los promotores de estas obras paquidérmicas. El nivel de desinformación ambiental por parte de los despachos encargados de divulgar noticias relacionadas con el tema, es verdaderamente alarmante. La pasividad mostrada por una población a la que no le interesa demasiado el destino de sus parques, bosques y jardines en mucho contribuye a que se considere este acervo ecológico como algo totalmente prescindible. En el mejor de los casos, se manejan cifras de ‘mitigación’ que nunca repondrán el daño impuesto por el bulldozer y la motosierra.

 

La distopia a plazos que nos quieren endilgar las autoridades será imposible de sacudir si se llena la Ciudad de México de carreteras elevadas adicionales. Sufriremos las consecuencias de estas decisiones que se toman a nombre nuestro durante décadas por venir. Por eso resulta tan importante rescatar los esfuerzos de reivindicación de la sociedad civil. Tentativas que provengan de la consolidación de mecanismos que permitan participar a la sociedad civil en el diseño de las mejores soluciones posibles, que sean transparentes, y se inspiren en los mejores ejemplos y prácticas internacionales.

 

Llama mucho la atención nuestra actual fuga hacia adelante, y la esquizofrénica política pública que condena a la población a sufrir la suerte de urbes fallidas como Los Ángeles (que en los años treinta y cuarenta del siglo pasado le apostaron a los freeways, highways y otras derivaciones que sólo aumentan la contaminación e inducen el tráfico exponencialmente). ‘Experimentos’ de movilidad que ya no se intentan en ningún lado que recononzca errores y desande caminos sin salida: demoliendo, en casos de liderazgo comprobado y sustentabilidad asumida, engendros construidos bajo premisas falsas, anacrónicas e inaplicables.

 

El Gobietrno del Distrito Federal prosigue con su loca carrera hacia ninguna parte. Desatiende recomendaciones debidamente fundadas y motivadas por la CDHDF. Hipoteca el futuro hídrico de la ciudad, garantizando el crecimiento desmesurado de las cada vez más escasas reservas naturales de la cuenca del Valle de México (misión que comparte con las igualmente irresponsables autoridades de entidades contiguas, como el Estado de México, Morelos, Puebla e Hidalgo).

 

 

¿Dónde quedamos nosotros? Es un ultraje, lo que sucede afuera, en las calles. La impronta de funcionarios que tienen la certeza de que se saldrán con la suya, trascenderá la vida inútil de sus distintas administraciones. Hay que encarecer los costos de tanta irresponsabilidad y trasladarlos a los que concibieron el embuste esperpéntico que nos quieren endilgar, por los siglos de los siglos.

 

Los habitantes de Seúl pudieron ver cómo después de treinta y cinco años, el río entubado Cheonggyecheon surgió de las cenizas gracias al Proyecto de Restauración que convirtió ese desierto: una carretera elevada, en Parque Urbano. Una propuesta que deberíamos emular, en vez de seguirle apostando al infierno vial y la amplicación de una mancha urbana que sólo beneficia a los intereses privados a los que poco importa el bien común, la conservación, la civilidad o una mejor calidad de vida. No me cabe la menor duda que estos rescates se implementarán algún día en ciudades mexicanas, pero siempre será preferible rehabilitar nuestras reservas naturales de oxígeno, agua, sombra y convivencia social ante su inminente pérdida.

 

Debemos hacer entender antes de que sea demasiado tarde a @m_ebrard y su séquito de mediocres cortesanos que ya existen soluciones benéficas, reales, probadas y verdaderamente sutentables al actual embrollo. Él siempre buscará otras formas de fastidiarnos, para cuando abandone su puesto en el GDF y se dedique a otros empeños y futuras ordeñas políticas de corto plazo. Sería inadmisible que todos heredásemos estos problemas para siempre, o durante generaciones enteras.

 

No es tarde para defender nuestros Árboles de la barbarie. Evitemos que llegue el feroz remolino destructor que los siga extrayendo de su lugar, y de nuestras conciencias.