Redacción Animal Político · 25 de noviembre de 2024
“Definidos por un patriarcalismo, gobiernos, instituciones y organizaciones civiles, militares y religiosas de diversos países y sus poderosos hombres, defienden su derecho a oprimir y violentar a las mujeres (…) Ellos gozan de supremacía sexual, social, económica, política, jurídica y cultural, emanada, entre otras fuentes, de su poder de dominio sobre las mujeres”.
Marcela Lagarde
En 1969, la feminista estadounidense Carol Hanisch escribió el ensayo Lo personal es político, el cual sirvió como una especie de memoria sobre los grupos de autoconciencia para mujeres que organizaron los colectivos feministas New York Radical Women (de 1967 a 1969) y Redstockings (durante 1969), de los cuales Hanisch fue iniciadora e integrante. La tesis central, tanto del ensayo como de dichos grupos de autoconciencia, es que existen experiencias en la vida de las mujeres que están condicionadas por un sistema social sexista, concepto que otra grande de la época transformaría en categoría de análisis y la nombraría “patriarcado” en su obra Política sexual; me refiero a Kate Millet.
Lo anterior pone en evidencia que, a pesar de las diferencias entre mujeres, existen experiencias de opresión, violencia y, luego, experiencias de discriminación comunes. Por supuesto que dichas diferencias entre mujeres no son nimiedades, sino situaciones que determinarán su lugar en el mundo social. Sin embargo, hay algo que convoca a todas las mujeres de distintos tiempos, lugares y características: vivir en un sistema social que históricamente ha despreciado a las mujeres y a las niñas, colocándolas en desventaja con respecto a los hombres y a los niños, y creando diversos mecanismos de dominación y obediencia que garanticen que la desigualdad permanecerá. Eso es que una problemática que ha sido leída como personal, en realidad es producto de las históricas relaciones de poder (dominación) de los hombres sobre las mujeres. Entonces, que lo personal es político no se trata de ventilar la vida privada de manera arbitraria, sino de comprender las causas de la opresión y situar la experiencia de las mujeres de manera histórica, social, política, económica, cultural, etcétera. Es, como ya señaló la extraordinaria filósofa Celia Amorós, “pasar de la anécdota a la categoría (de análisis)”.
A través de estas líneas he dado saltos temporales, epistemológicos y conceptuales para tratar de explicar por qué para el movimiento social, político y teórico feminista es tan importante cuestionar la supuesta división entre el espacio público y el privado-doméstico (lo personal es político), y es que la experiencia de las mujeres y las niñas ha sido marginada al segundo, como si careciera de valor o de relevancia pública. No por nada, en 1963, Betty Friedan señaló en su libro La mística de la feminidad que el malestar colectivo de las mujeres no tenía nombre aún, pero que era real y tenía consecuencias en la salud física y mental de estas. Fue el momento idóneo para la construcción de la teoría feminista, de un marco conceptual riguroso que “pasara de la anécdota a la categoría”. Han sido décadas de movilizaciones para que la experiencia de las mujeres sea de interés público y esté presente en la discusión académica, gubernamental, laboral, escolar, comunitaria, e, incluso, en la familiar.
Mencioné ya que se han creado diversos mecanismos para mantener la desigualdad entre mujeres y hombres. Pues bien, el mecanismo en el cual me centraré es el de la violencia contra las mujeres y las niñas, que también ha sido marginado y relativizado, no solo por cuestiones ideológicas, sino porque resulta muy incómodo asumir que la gran mayoría de los hombres han cometido actos de violencia contra las mujeres y las niñas. Es importante señalar que se ha construido una imagen de los agresores con sesgos clasistas y racistas, pero el trabajo empírico de décadas ha demostrado que los agresores pueden ser también hombres con privilegios de clase, incluso considerados atractivos dentro de los estándares de belleza hegemónicos.
Los agresores están en todos lados, lo que, enfatizo, no implica que todos los hombres sean agresores. Lo cierto es que, paradójicamente, hay agresores en espacios en los que se impulsan agendas progresistas; los agresores pueden ser de izquierda, intelectuales, guapos, activistas, ricos, pobres, indígenas, afrodescendientes, jóvenes, viejos, tener alguna discapacidad, estudiar nuevas masculinidades y hasta identificarse como un hombre convencido de la igualdad.
No es una sorpresa que muchos hombres traten de desprestigiar al feminismo y rechazar décadas de trabajo científico gracias al cual hemos “pasado de la anécdota a la categoría”. La violencia contra las mujeres y las niñas no son casos aislados, no son crímenes pasionales, sino expresiones de misoginia que deben atenderse y pueden prevenirse y erradicarse. Mi sugerencia es que, si genuinamente se desea aprender y sensibilizarse sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, se estudie con seriedad y profundidad el legado feminista y no nos conformemos con la serie de falacias y mentiras que se reproducen a diario en los medios tradicionales, por Internet, en las conversaciones del día a día.
Si ya analizamos que la violencia contra las mujeres y las niñas se manifiesta en el espacio público y el privado-doméstico, y que lo agresores pueden poseer diversas características, quiero cerrar este texto imaginando que es muy probable que hombres integrantes de asociaciones civiles lo leyeron y asintieron, pero que entraron en desconcierto cuando leyeron estas preguntas que les hago: ¿Has violentado con misoginia a tus compañeras de trabajo, a tu pareja, hijas, madre o hermanas? ¿Qué estás haciendo para transformarte y desmontar tus creencias y actos machistas? ¿En verdad tienes autoridad para hablar de la defensa de derechos humanos sin cambiar tus acciones y omisiones machistas? Porque lo personal es político y porque como es adentro es afuera.
Por la vida y la libertad de las mujeres y las niñas.
* Raquel Ramírez Salgado (@raquel_ramisal) es comunicóloga feminista y doctora en Ciencias Políticas y Sociales.