Contenido Animal Político · 9 de julio de 2021
“Riders on the storm, into this house we’re born…”.
The Doors
Llegué a la pandemia a cuidar las plantas que me rodean en casa como nunca antes en la vida. Debo aclarar que eso de “cuidar” las plantas es en realidad un término un tanto desbordado y es que por “cuidar”, este home officer experto que les habla en realidad quiere decir “regar con puntualidad”. Lo hablé firmemente con las casi cincuenta macetas que pueblan el lugar que habito. Según yo fui muy claro, particularmente una tarde que, mientras las regaba, una pequeña matita crecida en alguno de los jarrones del balcón se mostró tan melenuda como alicaída, quizá esperando que un poco de disciplina humana viniera a ordenarle la existencia vegetal: “Ah no”, le dije mientras aprovechaba para que todas me escucharan, “aquí se les va regar con exactitud soviética pero hasta ahí. No vine a trabajar todo el día dentro de casa para encima tener que dedicarme a la jardinería”. Supongo que mis palabras resonaron en cada hoja, pues a partir de aquella fecha las plantas que comparten tanto el departamento en el que vivo como el balcón y las jardineras, no se han dedicado a otra cosa más que a crecer, crecer desenfrenada y alegremente, tal como vi hace años en un documental que mostraba cómo serían las ciudades del futuro si un día súbitamente desaparecieran los humanos de la Tierra. Exacto: todo se llenaría de plantas que, ya en un plan muy empoderado de normalización del mundo, terminarían por engullirse, como un espeso licuado de concreto, todo lo que un día conocimos por civilización. No es ese el caso de mi casa, pero casi. Ocurre que una cosa es el riego mesurado y otra muy distinta la temporada de lluvias.
Cuando en el siglo XVII junto con el arribo de la microscopía llegó la revelación de un mundo minúsculo insertado dentro de nuestro mundo de escala humana, descubrimos también que cuando llueve hay en cada gota muchas más que, de forma sutil, se quedan flotando como un spray infinitamente pequeño en cada rincón de un sitio. Es lo que las aplicaciones meteorológicas de cualquier teléfono identifican como un día lluvioso: aunque aparentemente la tormenta esté afuera, en realidad se encuentra también aquí adentro, mojando microscópicamente todas las plantas, así se encuentren bajo el techo de un departamento habitado por un tipo que concluye, al mirar el tamaño que están alcanzando las hojas, que los días últimamente han estado realmente húmedos.
Es una bendición vivir rodeado de tantas plantas, pero comienza a resultar inquietante mirar su crecimiento, particularmente el de dos ejemplares a los que al llegar aquí bautizé como “los arbolísimos”, pues me parecía que ya eran lo suficientemente grandes, y que de unas semanas para acá se han convertido en “los arbolisisísimos” que amenazan con empujar el techo cualquier noche, mientras me despierto de repente jurando que soñaba que las paredes crujían.
También está la enredadera de afuera, que no tuve el valor de cortar recién nacida y que hoy trepa por el cable que conecta la televisión rumbo a la azotea, como advirtiéndome —aunque en realidad sospecho que el destino no le apura— que su peso un día puede arrancar el cable llevándose la programación entera.
No vine a trabajar todo el día dentro de casa para encima tener que dedicarme a la jardinería, pero la temporada de lluvias me ha hecho madurar: esta mañana fui a comprar unas tijeras y un manual para principiantes en el arte de podar.