blogeditor · 3 de marzo de 2013
Vivir en la espacio terrestre donde pulula la gente famosa, es divertido. Salirse de los dilemas cotidianos ajenos y de las tragedias propias por la puerta de la frivolidad puede convertirse en una buena terapia.
Yes que vivir en la Condesa te da la oportunidad de cruzarte con cada personaje. El otro día me crucé cashishin querer con Ximena Sariñana y me dieron ganas de preguntarle si era feliz porque la neta canta como del nabo ¿no?, a Cecilia Suárez casi me la llevo de corbata cuando salía del Superama, y a Gael García, que por lo general siempre me lo encuentro metido en su pantallita del celu, el otro día hasta me dijo hola. Sin embargo, ninguno de esos episodios modificaron de manera sustancial mi rutina como éste.
Es de público conocimiento mi “admiración” por cierto personaje del periodismo llamada Carmen Aristegui. No solo he leído casi todos sus textos, y sostengo que es una de las mejores periodistas de nuestro tiempo sino que a mí me gusta mucho su forma de entrevistar, narrar, resumir y argumentar cualquier tema.
Hace unos días me pasó algo que lo grafica fehacientemente. Iba muy tranquilamente caminando por Avenida Amsterdam cuando una figurita esbelta y con un pants bien bonitos se interpuso entre el semáforo y mis ojos. Yo dije: -No puede ser. ¡Es ella!
Por lo general nunca me emociono por encontrarme a digamos cuanto famoso por la calle, se lo jurito que para nada, al contrario, tantos años viviendo por acá, pues ya estoy acostumbradilla.
¡Pero Carmen Aristegui!
Tenía que doblar en la próxima esquina, pero no me importó. Emprendí mi viaje detrás del viaje de Aristegui. En el camellón varios corredores con perros se cruzaron tratando de impedir que lograra mi objetivo de alcanzarlo, incluso tuve que sortear a varios paseadores de perros que llevan a por lo menos 5 perros de cada lado siempre jaloneándolos, y qué decir de las cacas que tienes que esquivar mientras avanzas por la dichosa avenida, pero yo seguía a paso firme y ligero a la periodista.
La seguí cinco cuadras. Juro que el corazón se me quería salir del pecho de un salto. Mi cabeza sólo practicaba los vocablos que iba a emitir cuando por fin la alcanzara. ¿Qué iba a hacer?
Ante todo pararme frente a ella impidiéndole el paso, ¿y después? ¿Existe algo más ridículo que la práctica del autógrafo?
Ya prácticamente estaba corriendo a la par de la Aristegui cuando sucedió la tragedia. El desvanecimiento de una ilusión que me había demorado de mi destino unas cinco cuadras, unos cuatro minutos de mi vida. La mujer giró media vuelta a la izquierda para mirar la numeración de una calle. En su campo visual entré yo, y en el mío entró ella, y ahí fue cuando sucedió. Yo ya estaba preparada para asistir a uno de los eventos fortuitos más disparatados y geniales de mi vida, era la excepción que tiraba por la borda la regla, esa cosa del fanatismo absurdo que nunca comprendí por la gente que circula por los medios (en este caso, la palabra “farándula” no condice), los autógrafos y toda la paparruchada, se puso sin más en una lista de espera.
Fue fácil darme cuenta. La nariz respingada y las cejas abultadas estaban ahí, y sí, no era Carmen Aristegui sino una simple ciudadana más de esta tumultuosa ciudad cosmopolita.
Mi regreso fue completamente enojada, en principio me reproché mi fanatismo absurdo, pasé del enojo a la risa y me sentí completamente ridícula recordando como salté prácticamente encima de la manada de perros de los paseadores de la Condesa, esos mismo que odio y con los que me he peleado un sinfín de veces cuando veo que a jalones disque “educan” a los perros de pedigree que habitan en esta colonia.
No puedo comprender cómo es que los dueños de los perros no pueden tomarse el tiempo y darse una vuelta para constatar que la mayoría de ellos se encuentran sólo acostados la mayor parte del tiempo y si se mueven un centímetro el estúpido “dizque” entrenador va y les jala cruelmente la correa. El pobre perro casi semimorado no tiene otra opción que quedarse quieto.
A partir del 1 de marzo entró en vigor la Ley en contra del Maltrato Animal con pena de hasta dos años de cárcel para el que hiera a un animal, de tres años para el acusado que maltrate a un animal de muerte y hasta de cuatro años para quien provoque la muerte a un animal tras haberle sometido a malos tratos. Ahora por lo menos en el Distrito Federal estamos evitando llegar a ser el planeta de los simios.
Así que se agarren los paseadores de perros porque voy a estar muy observadora, ya basta de ese maltrato y también va para los dueños inconscientes que ni siquiera tienen tiempo de checar como se les trata a sus mascotas, ¡no se vale!
Ya por lo pronto eché el ojo a unos vecinos que tienen a sus perros en un estado terrible, sin bañarlos y en un espacio muy reducido.
Y no soy la loca de los gatos, tengo una perrita de lo más educada y que eduqué yo sola y sin gritos ni jalones de correa, sino con el tiempo suficiente y amor que cualquier ser viviente merece.
Te pido por favor y es muy importante que te tomes un tiempo y consultes esta página.
Infórmate para que sepas qué hacer en caso de que algún día detectes algún maltrato hacia esos seres indefensos que solo están en este mundo para hacernos el bien.
Y ya casi vamos por ustedes taurinitos…
Aquí les dejo un video hermoso, Adam &Dog de Minkyu Lee, fue nominado al Oscar este año, no ganó y vale la pena que lo vean a mí el final me dejó con la garganta hecha un nudo. Hasta la próxima.