blogeditor · 24 de octubre de 2012
Por: Alejandro Orozco y Villa (@realvisceral)
…me da mucho coraje, me da miedo y coraje lo que está pasando en este bonito estado de Sonora…estoy hablando de visiones que le cortarían el aliento al más macho de los machos. En sueños veo los crímenes y es como si un aparato de televisión explotara y siguiera viendo, en los trocitos de la pantalla esparcidos por mi dormitorio, escenas horribles, llantos que no acaban nunca…Estoy hablando de las mujeres bárbaramente asesinadas en Santa Teresa, estoy hablando de las niñas y de las madres de familia y las trabajadoras de toda condición y ley que cada día aparecen muertas en los barrios…
Roberto Bolaño, 2666.
Mágico dejó de ser una antigualla romántica. Ahora hasta en el punto geográfico más lejano hay, por lo menos, un capo y algunas armas.
Daniel Sada, El lenguaje del juego.
Las obras literarias de mayor brillo e intensidad han surgido en momentos de crisis y convulsión, trátese de guerras, movimientos sociales o, incluso, desastres naturales. La literatura en torno a la Segunda Guerra Mundial y a la Revolución Mexicana ejemplifica cómo la creación artística suele sublimarse al cumplir el doble propósito de ser, simultáneamente, espejo de la realidad y desahogo catártico. La coyuntura nacional actual no ha sido la excepción a este respecto. Temas como la violencia, el crimen organizado y la denominada “guerra contra el narco” han tenido un amplio tratamiento en la literatura y en los medios impresos mexicanos. Géneros como el ensayo, el reportaje, el cuento y la novela se han encargado de retratar con relativo éxito estos fenómenos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte parece que la compleja realidad que enfrenta el país ha superado a la producción escrita, dado que –con notables excepciones- se ha topado con poca profundidad en el análisis y ciertos lugares comunes. Ello indica que aún quedan por aparecer obras que, desde el punto de vista científico, ofrezcan investigaciones más documentadas y, desde el punto de vista literario, venzan ciertos estereotipos que se han generado alrededor de estás temáticas.
Los artículos sobre narco y violencia abundan en revistas y periódicos, si bien son escasos los escritos con respaldo académico y científico. A diario se publican opiniones y posicionamientos coyunturales, pero son pocos los estudios especializados que analizan el tema desde un punto de vista técnico, estadístico y multidisciplinario. Meritorias excepciones son aislados estudios extranjeros y algunos publicados en la revista Nexos, mismos que han aportado cifras y metodologías valiosas (Fernando Escalante, Eduardo Guerrero, Alejandro Hope), ya sea para criticar o defender las actuales políticas de gobierno en el ámbito de la seguridad.
Por su parte, el denominado reportaje de investigación ha sido el género más prolífico. Revistas y librerías lucen repletas de escritos dedicados al tema del narco. Por lo general, estos artículos o “libros-reportaje” reseñan biografías de grandes capos, refieren anécdotas de corrupción, o, en su mayoría, recopilan relatos y fotografías de hechos violentos sin conexión alguna entre sí. Parte sustancial de su contenido se basa en testimonios de presuntos delincuentes o testigos protegidos. Pocos son los reportes que incluyen datos sistematizados, análisis con prospectiva o que son resultado de una profunda investigación. Una notable excepción es El hombre sin cabeza, de Sergio González Rodríguez, libro que, pese a su título escandaloso, es un documentado estudio sobre los orígenes –históricos y atávicos- de la violencia recalcitrante en estados como Guerrero y Michoacán. Entre muchas ideas valiosas, González sugiere que, lejos de lo que hemos asumido, la violencia exacerbada y la inquina con las víctimas (mutilaciones y torturas) han estado siempre presentes a lo largo de la historia nacional. En esta dirección, González analiza el perfil psicológico de narcos y sicarios para distinguirla violencia utilizada como recurso racional (en el contexto de un negocio ilegal), de la crueldad resultante del impulso visceral de algunos criminales.
Junto al libro de González destacan, por su rigurosa metodología y enorme capacidad sintética, Marca de sangre, de Héctor de Mauleón, y, por sus valiosos testimonios, El espejismo del diablo, de M. A. Montoya. Lejos estamos, empero, de un Gomorra mexicano que, desde la óptica periodística y una visión panorámica, identifique con exactitud rutas de trasiego (terrestres, aéreas y marítimas); explore con amplitud la relación entre narcos mexicanos y estadounidenses, e investigue con rigor los métodos de reclutamiento de jóvenes sicarios, la estructura federativa de los cárteles, entre otros tópicos.
El cuento es un género que ha dado buenos frutos en el contexto literario del narcotráfico. Mención especial merecen los relatos de Eduardo Antonio Parra y La Biblia vaquera de Carlos Velázquez, obra que, por su agilidad y creatividad lingüística, ha posicionado al joven autor como uno de los más originales del momento. Daniel Sada, el gran escritor que se ocupó del norte del país, si bien no hizo del narcotráfico su tema central, le dedicó algunos cuentos sobresalientes como “Ese modo que colma”, dentro del libro del mismo nombre (aquí, por elemental justicia, es necesario precisar que la obra de Sada y Velázquez excede por mucho el tema del narco).
Por su parte, el género novelístico también se ha visto enriquecido por el mundo variopinto del narco. Balas de plata, de Élmer Mendoza, por ejemplo, es un destacado relato policíaco que retrata las vicisitudes a las que se enfrenta un oficial honorable -hasta donde le es posible-que pretende resolver un crimen en el ámbito local. En Balas de Plata, el detective sinaloense Edgar Mendieta rompe la cadena de mando policial y desafía a un enemigo desconocido, aun a sabiendas que, en México,
…la policía debe seguir un canal muy estrecho y es vigilada para que no se salte las trancas…[y que] callar es una virtud muy valiosa cuando vives en el infierno y te toca hablar con el diablo…
La novela, que tiene en el manejo del slanguno de sus principales atributos (“dar piso”, “untar la mano”, “tumbado del burro”), ilustra los enjuagues y complicidades cotidianos entre criminales y autoridades, concluyendo fatídicamente que, en muchos casos, la justicia obtenida por propia mano es más efectiva que el Estado.
“¿Cómo se sabe cuando un periodista cruza la línea?” se pregunta Luis Humberto Crosthwaite en Tijuana: crimen y olvido. Novela bien lograda que retrata como ninguna otra la violencia contra periodistas, el desinterés de las autoridades por resolver dichos crímenes (“los informes policíacos ligan las muertes al narcotráfico, aunque no presentan pruebas de su dicho”) y la indignante facilidad con la que decenas de homicidios sin investigar son olvidados en nuestro país. Crosthwaite presta su pluma a los periodistas que trabajan en las zonas más peligrosas de México para evidenciar que, al ejercer su profesión, suelen colocarse entre dos frentes igualmente hostiles: los criminales y el Estado:
Las autoridades hablaban acerca de su trabajo con un paternalismo ofensivo, partían de la idea de que la ciudadanía debía ser defendida de la realidad: como si fueran niños…Les repugna el periodismo que insiste en reportar las malas noticias; el gobierno defiende el derecho de un ciudadano a la desinformación.
El autor concluye que los periodistas en México pueden sospechar o intuir cuando rozan intereses siniestros, pero nunca saberlo con certeza:
Puedes mencionar un nombre y ya estar al otro lado de la línea sin saberlo. Cuando menos lo esperas se detiene un auto junto a ti, unos hombres te obligan a subir y sabes que todo está perdido.
No obstante Roberto Bolaño escribió sus novelas tiempo antes de que el tema del narco monopolizara la agenda nacional, el escritor chileno situó varias de sus narraciones en contextos de violencia extrema en México. Destacan Los sinsabores del verdadero policía y, de manera notable, la que es considerada su obra cumbre: 2666. En ellas, Bolaño –entre los múltiples alcances que suelen tener sus relatos- da luz y sombra literaria a los feminicidios en la frontera norte. Cualquiera que lea la descripción de eventos contenida en “La parte de los crímenes” de 2666 confirmará, mujer tras mujer, crimen tras crimen, la magnitud y crudeza de esta terrible situación:
Nadie, sin embargo, la echó en falta, ni nadie, después de aparecer en la prensa, se presentó en la policía con nuevas informaciones tendentes a aclarar su identidad. El cuerpo fue encontrado atado de manos utilizando para tal fin la correa de una bolsa de mujer. Había sido desnucada y presentaba heridas de navaja en ambos brazos. Pero lo más significativo de todo era que, al igual que la joven Marisa Hernández Silva, uno de sus pechos había sufrido una amputación y el pezón del otro pecho había sido arrancado a mordidas.
Una de las mayores virtudes del libro de Bolaño es identificar que la violencia contra las mujeres no es producto de una secta satánica o de un asesino inatrapable, sino que deriva de un problema estructural y multicausal con base en prácticas culturales e institucionales muy arraigadas. Parte sustancial de estas prácticas se alimenta de la inexplicable pasividad y displicencia de autoridades y sociedad:
-¿De qué demonios estaban hablando?- le preguntó.
-De los asesinatos de mujeres- dijo Chucho Flores con desánimo-. Florecen –dijo-. Cada cierto tiempo florecen y vuelven a ser noticia y los periodistas hablan de ellos. La gente también vuelve a hablar de ellos y la historia crece como una bola de nieve hasta que sale el sol y la pinche bola se derrite y todos se olvidan y vuelven al trabajo.
-¿Vuelven al trabajo?- preguntó Fate.
-Los jodidos asesinatos son como una huelga, amigo, una jodida huelga salvaje.
*Alejandro Orozco y Villa presta servicios de consultoría y asesoría en materia de seguridad en el sector público y en el privado. Tiene experiencia en casos de análisis político estratégico y sobre crimen organizado, así como en investigaciones de fraude y due dilligence. Egresado del ITAM, con estudios de posgrado.