Redacción Animal Político · 26 de diciembre de 2025
Recientemente acepté mi afición por hacer listas y junto con eso también cierta resignación: entregarme a ellas ante la menor provocación. No recuerdo cuándo empezó ni cómo, pero siempre he sido una persona pragmática, por lo que valoro todo aquello que me ayuda a organizar pendientes, aliviar la carga mental, establecer prioridades o recordar nombres, fechas e ingredientes. Y al final las listas son eso: herramientas de orden y de memoria.
Es posible hacer listas de prácticamente cualquier cosa, incluso de aquello que suele percibirse como inabarcable: el cosmos, la conciencia o la desigualdad —todos ejemplos de fenómenos complejos y multidimensionales, difíciles de comprender cuando permanecen en el terreno de la abstracción o dispersos en grandes números. En el caso de la desigualdad, ordenar y sistematizar no es solo útil, sino particularmente necesario, pues opera a través de estructuras opacas cuyos efectos atentan directamente contra la dignidad de las personas. Ordenarla en una lista, por ende, no busca reducir su complejidad, sino hacerla asequible: extraer conceptos y datos clave que permitan aprehender sus mecanismos y magnitudes para pensar cómo intervenir sobre ella.
La discusión sobre la desigualdad no es nueva. No hace falta ser economista para reconocer que el mundo que habitamos está atravesado por brechas profundas, persistentes y, en muchos casos, desgarradoras. Sin embargo, sí se requiere información más precisa para dimensionar que hoy nos enfrentamos a un nivel de concentración de riqueza que desafía cualquier referente histórico, lo cual exige desplazar la conversación del terreno de la sobremesa hacia el de un problema público urgente, que demanda atención colectiva y respuestas estructurales.
En los últimos años, se han desarrollado parámetros cada vez más confiables para medir y analizar estas dinámicas. Cada cifra e indicador funcionan como piezas de un rompecabezas que, al organizarse, permiten identificar patrones, revelar disparidades y cuestionar su naturalización. En este contexto, más de 200 investigadores afiliados al World Inequality Lab publicaron la tercera edición del Reporte de Desigualdad Global 2026 (WIR 2026), 1 uno de los esfuerzos más completos y rigurosos para comprender la evolución histórica y comparada de la desigualdad a escala mundial. Con una notable solidez metodológica, el informe logra descomponer un fenómeno que suele parecer inconmensurable en diferentes dimensiones con variables claras, comparables y legibles.
El material es invaluable, y la primera invitación es clara: quien tenga acceso a él debería leerlo de principio a fin. No obstante, este artículo propone otro formato: una lista. Una breve selección personal de siete puntos en donde se ordenan algunos de los conceptos y datos que, a mi parecer, no deberíamos olvidar. Esta lista busca acercar el informe al público hispanohablante y a cualquier lector o lectora que se cruce con estas líneas. No pretende sustituir el documento original, sino abrirle la puerta: señalar con claridad ciertos puntos clave, apropiarnos de ellos y compartirlos. Porque la desigualdad no es un fenómeno ajeno, sino uno que nos atraviesa a todas y todos.
Lo que sigue no es una lista del mercado; son datos que nombran responsables, revelan asimetrías y obligan a repensar cómo entendemos la desigualdad:
1. Categorías. Para analizar la distribución de la riqueza entre los distintos sectores sociales, el WIR 2026 propone agrupar a la población adulta mundial en tres grandes segmentos.
No obstante, incluso dentro de este último grupo persisten diferencias significativas. Es en los estratos más altos —el 1 % (con aproximadamente 56 millones de personas adultas, una cifra comparable a la población adulta del Reino Unido), el 0.1 % e incluso el 0.001 %— donde la concentración de la riqueza alcanza niveles verdaderamente exorbitantes. Estas comparaciones permiten dimensionar cuán concentrada se encuentra la cúspide de la distribución y sirven como referencia a lo largo del informe para ayudar a comprender la magnitud.
2. Un punto de partida fundamental es distinguir entre dos dimensiones que con frecuencia se confunden, pero que tienen implicaciones y consecuencias profundamente distintas: ingreso (income) y riqueza (wealth). Por un lado, el ingreso se refiere a una remuneración económica que recibe una persona, una familia, una empresa, una organización o un gobierno a cambio de un trabajo. La riqueza, en cambio, abarca más que solo el dinero, incluyendo también recursos intangibles y determina la capacidad que tiene su propietario para acumular, influir en procesos sociales y políticos, enfrentar contingencias y reproducir ventajas intergeneracionales a través de la herencia.
3. Esta distinción es crucial porque los niveles de desigualdad varían y se agravan según la dimensión que se observe. En términos de ingreso, el 10 % más rico de la población mundial percibe más ingresos que el 90 % restante. Por otro lado, si el ingreso mundial total se distribuyera de manera equitativa, cada persona contaría con un ingreso aproximado de $ 25,400 MXN mensuales. En la práctica, esta distribución está lejos de materializarse.
En México, el 40 % de la población ocupada percibe el salario mínimo, equivalente a $ 9,582.47 MXN mensuales (ENOE, 2025). Esta cifra, además, constituye una estimación conservadora, dado el elevado nivel de informalidad en el país, el cual representa cerca del 55 % de la economía, y donde los ingresos suelen ser aún más precarios.
4. La concentración es aún más extrema cuando se analiza la riqueza: el 10 % más rico posee cerca de tres cuartas partes de la riqueza global, mientras que la mitad más pobre de la población apenas concentra el 2 %. Esta asimetría no es accidental, sino es el resultado de decisiones políticas e institucionales que favorecen la acumulación de aquellos que se sitúan en la cúspide de la distribución. Entre ellas destacan sistemas fiscales regresivos, en los que la riqueza y el capital suelen gravarse menos que el ingreso del trabajo; leyes de herencia laxos, que permiten libremente la reproducción intergeneracional, y la propia naturaleza de la riqueza que, al ser más fácil de ocultar, fragmentar o trasladar, facilita la evasión y elusión fiscal.

Gráfico traducido por Ricardo Gómez Carrera, basado en el gráfico original del WIR 2026. Disponible aquí.
5. El 0.001 % más rico está conformado por 56,000 individuos. Este pequeñísimo grupo de personas poseen tres veces más riqueza (6.1 %) que el 50 % inferior (2 %) que representa alrededor de 2.8 mil millones de personas adultas.

6. Cambio Climático. Dejar de usar popotes o adoptar una dieta vegana no basta. El énfasis en el consumo individual tiende a desviar la atención de las estructuras que realmente sostienen la crisis climática. En discusiones más recientes, se propone desplazar el foco hacia la propiedad del capital, por lo que la imagen cambia de forma radical: la desigualdad de emisiones de carbono está profundamente ligada a quién controla la producción. El 10 % más rico del mundo (en términos de riqueza) es responsable del 77 % de las emisiones asociadas al capital privado, y el 1 % más rico concentra por sí solo el 41 %, casi el doble de lo emitido por el 90 % restante de la población.
7. Capital humano. Se refiere al conjunto de conocimientos, habilidades, competencias, experiencias y capacidades que posee una persona y que pueden generar valor económico o social. Es decir, no es dinero ni recursos materiales, sino todo lo que una persona “lleva dentro”. Por ejemplo, educación, habilidades, salud o experiencia.
La desigualdad en este ámbito se sitúa en niveles que, probablemente, son mucho más altos de lo que la mayoría de la gente imagina, reproduciendo ciclos de pobreza y limitando la movilidad social de forma radical. En 2025, el gasto promedio que una persona invierte en su educación (de 0 a 24 años) en África Subsahariana fue de apenas $4,650 MXN, en comparación con $38,526 MXN en América Latina y $190,623 MXN en América del Norte y Oceanía. 2
Examinar estas cifras no es un ejercicio meramente descriptivo, sino una invitación a pensar las dinámicas estructurales que configuran nuestras sociedades. La persistencia y profundización de una concentración extrema de riqueza en manos de una fracción ínfima de la población abre preguntas ineludibles sobre la justicia distributiva, la legitimidad institucional y la sostenibilidad social en el largo plazo. La desigualdad, así entendida, deja de ser una abstracción y se revela como un rasgo central del orden económico y político contemporáneo.
En este sentido, hablar de desigualdad en abstracto puede resultar contraproducente: son los datos los que la devuelven a su verdadera escala. El World Inequality Report cumple aquí un papel fundamental, no solo por su rigor académico y metodológico, sino porque contribuye a desnaturalizar la desigualdad en sus múltiples dimensiones. Hace algo que suele incomodar: nombrar y señalar. Identifica tanto las causas estructurales como los responsables —a nivel global y dentro de los propios países— y muestra cómo los efectos se distribuyen de manera profundamente asimétrica. Mientras algunos grupos concentran riqueza, poder y capacidad de decisión, otros cargan de forma desproporcionada con las consecuencias de una brecha que no provocaron. Reconocer esta asimetría no es un gesto moral ni de buena fe, sino un paso necesario para pensar cualquier transformación posible.
* María González Díaz (Ciudad de México, 2000) es antropóloga social por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se tituló con mención honorífica gracias a una investigación de tesis sobre las estrategias de sobrevivencia entre las personas en situación de calle en la Ciudad de México. Le apasionan las ciudades, su gente y las historias no contadas. Actualmente cursa el primer año de la maestría en Política Pública en Sciences
Po, París.
Referencias:
García, A. (17 de septiembre de 2022). ¿Cuánta gente viaja en metro en la Ciudad de México? El Economista.
Gómez-Carrera, R. (17 de diciembre de 2025). La desigualdad no crece sola. La dejamos crecer. Surcos.
INEGI. (2025). Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), noviembre 2025 [PDF].
World Inequality Lab. (2026). World Inequality Report 2026.
Worldometer. (s. f.). Worldometer: estadísticas mundiales en tiempo real. Recuperado el 20 de diciembre de 2025, de aquí.
1 Para más detalles, véase aquí.
2 Un aspecto que se rescata en el WIR 2026, es que la desigualdad no solo distingue a personas con más o menos recursos dentro de un mismo país, sino que también profundiza las brechas entre regiones enteras del mundo. Las comparaciones regionales permiten apreciar con claridad las distancias económicas que separan estructuralmente a unas zonas de otras.