Ivonne Nuñez · 17 de agosto de 2024
En las calles, la capacidad de participar en el discurso se mide en función de la capacidad de ejercer la violencia, sea estatal o sea criminal. Una de las formas en las que el crimen organizado en México ejerce la violencia discursiva es el narcomensaje. Este consta de dos partes, un cuerpo, usualmente mutilado, al que se ha expuesto de manera pública y una manta o pancarta en el que se inscribe un mensaje, a veces ejemplificativo otras veces explicativo, en donde se relaciona al cuerpo, su destrucción y la composición de la escena. El reclamo del territorio, la advertencia a adversarios o al Estado suelen ser la inspiración de esta escenografía sangrienta, muchas veces de manera simultánea.
Independientemente del objeto del comunicado, el carácter público del narcomensaje tiene a la población local como receptor implícito, quien muchas veces encuentra el cuerpo y la manta. La población, como actor, no cuenta con estrategia de comunicación de la violencia, sino que participa de la violencia pública de manera espontánea, principalmente por medio de los linchamientos. El linchamiento es una forma de violencia extralegal colectiva cuyo objetivo es castigar conductas que se consideran transgresoras o amenazantes. En México este fenómeno se ha intensificado en los últimos años.
Esta expresión colectiva de la violencia pública ha aflorado en un contexto en que la amenaza generalizada del crimen y las deficiencias en la impartición de justicia han creado un ánimo de justicia por mano propia. Cuando se presenta la oportunidad, el castigo que se ejerce sobre el cuerpo del linchado no es proporcional al delito, sino a la amenaza que representa el crimen para la sociedad. Y es el cuerpo donde se descarga esta ira. Es una especie de castigo ejemplificativo que lo mismo puede ser una golpiza, un desnudo o quemar vivo al acusado. En la colectividad, la violencia escala de manera rápida. Todos participan del acto, pero ninguno puede reclamar la autoría. Es la turba la que lincha.
A pesar de suceder en el mismo espacio, estos discursos raramente se contraponen, puesto que la amenaza del uso de la violencia del crimen organizado desincentiva a las turbas de linchar a sus miembros. La colectividad no ofrece la suficiente protección. De acuerdo con Nussio y Parás, los linchamientos a miembros del crimen organizado son raros. Pero en el espacio digital, donde miembros del crimen organizado tiene cuentas públicas a través de las cuales interacciones con miles de usuarios, se dan intercambios complejos, muchos de ellos violentos. La criminalidad con la que se asocia al usuario, la cantidad de personas y la agresión nos invita a preguntarnos si podemos representar estos episodios como linchamientos.
Para explorar la manera en la que estas dinámicas se trasladan al espacio digital se analizaron 315 tuits y respuestas que corresponden a una semana de actividad en el perfil de X (anteriormente Twitter) de un usuario que afirma ser un sicario para una organización criminal en México. Se trata de un perfil de alto alcance y actividad intensa que cuenta con miles de seguidores. Sus publicaciones son variadas y compaginan publicaciones personales (fotos suyas, memes, canciones, etc.) con otras con referencia a su actividad criminal, fotos con armamento o videos donde ejecuta a personas.
Una vez extraídos los datos se clasificaron las respuestas a los tuits del usuario X determinando si el contenido era o no una agresión verbal. Se determinó que más de la mitad de las respuestas (52.7%) contenía algún tipo de agresión verbal. Esta proporción aumenta ligeramente (53.2%) cuando el contenido del tweet del usuario X estaba relacionado expresamente con algún tipo de actividad criminal. Pero no es significativamente distinto del porcentaje de agresiones que recibió en cualquier otro caso (52.2%).
Para quienes no estén familiarizados con las dinámicas del contacto con el crimen organizado en redes sociales quizá les sorprenda la intensidad con la que los usuarios interactúan con un miembro confeso del crimen organizado. Sin embargo, debemos contextualizar el escenario digital.
Las redes sociales proveen barreras físicas, digitales y sociales que disminuyen la amenaza del uso de la violencia en represalia contra el continuo acoso del usuario X. Las cuentas que interactúan con el usuario X no comparten un contexto local espacial inmediato, pues las redes sociales permiten seguir su actividad desde cualquier parte del mundo. Además, existen barreras para identificar a los agresores, pues la mayoría suelen tomar precauciones, utilizando cuentas con nombre genérico o evidentemente ficticios, no incluyendo datos personales en sus tuits y biografías. El análisis de algunos de las cuentas de seguidores sugiere que se trata de perfiles desechables: pocos seguidores, nombres de usuario complejos o poco personalizados, poca o nula actividad, ausencia de foto de perfil, entre otros elementos. Otros seguidores, aunque los menos, muestran indicios de utilizar su cuenta personal para agredirlo verbalmente.
Finalmente, participar en cualquier espacio de las redes sociales implica un proceso de socialización que transforma el paradigma de lo que consideras normal, un proceso que puede inhibirte de temores. Las cuentas con mayor intensidad de interacción con el usuario X, fueron también las más violentas. Solo el 16.2% de los usuarios respondió más de una vez a los tuits del usuario X durante el tiempo analizado, representando el 34.9% del total de las respuestas. Este grupo, sin embargo, cometió el 60% de los insultos con violencia física y el 46% de las amenazas.
El 51.8% de las agresiones verbales hechas en los comentarios contenía algún tipo de referencia a la violencia física. En menor medida, pero de manera importante, esta violencia era representada por actos que implican algún tipo de agresión sexual. Las referencias al cuerpo del usuario X son explicitas. Los insultos de los usuarios implican actos de violencia sexual efectuados por sus mandos o grupos contrarios en contra del usuario X.
Pero la gran mayoría de las agresiones verbales que implican algún tipo de violencia física se hace en referencia a la muerte del usuario X. Esta amenaza en ocasiones es velada y es mejor categorizarla como un enunciamiento ante el usuario X de que su profesión lo conducirá a la muerte. No obstante, el grupo que destaca es el que realiza amenazas explicitas, haciendo referencia a imágenes gráficas sobre el cuerpo del usuario X. En esta categoría, que corresponde a solo el 7.8% de las agresiones verbales, los usuarios hablan del desmembramiento o laceración del cuerpo del usuario X. En sus comentarios utilizan representaciones gráficas. Un comentario advierte al usuario X que será desmembrado vivo.
El elemento más destacable de las agresiones de los usuarios es que cuando se intersectan con la violencia física, las personas hablan desde un imaginario que no los pone en el centro de la acción. Solamente en cuatro ocasiones, el 7.8% de las amenazas, el usuario se identifica como el actor de la amenaza, como afirmar que iría por él. El resto, el 92% de las amenazas, eran cometidas por una tercera persona, principalmente un actor no especificado (54.9%), el crimen organizado (27.5%) y de manera marginal alguna institución de las Fuerzas Armadas (3.8%).
La incitación a la violencia física sugiere que hay un sentimiento de ajusticiamiento. Las descripciones gráficas emulan los ejemplos de los narcomensajes que viven en el imaginario colectivo, por lo que tienen una especie de proporcionalidad entre la amenaza y el castigo, como en los linchamientos. Como sentencia un usuario en los tuits analizados: “quien a hierro mata, a hierro muere”. Sin embargo, es interesante que cuando se trata de descripciones de violencia extrema, ningún usuario se imaginó como quien lleva a cabo la acción. Podría ser que este tipo de violencia exista lejos de su realidad, y no puedan concebirse a sí mismo como autores. Pero, no es impensable ponerse en una situación ajena a la vida cotidiana, pues las redes sociales y el anonimato permiten que las personas vivan fantasías lejos de su realidad.
Podría tratarse de que aún con estas barreras exista un temor de represalias. Pero una lectura desde la violencia colectiva nos da una tercera vía: la turba es quien debe llevar la acción, es la bola, la masa, el colectivo imaginario. Y tal como en los linchamientos en el plano físico, un solo individuo no puede reclamar la autoría de la acción colectiva. Entonces cuando de la agresión verbal se quiere pasar a transgredir el cuerpo, a linchar al individuo, incluso en plano digital, se trata de una invitación abierta, una incitación que se reduce al comentario de un usuario: “¿quién se anima?”.
*Jorge Araujo Justo es asistente de investigación en el Seminario sobre Violencia y Paz donde realiza investigación sobre odio, polarización y violencia en redes sociales. Graduado de Economía y Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).