Redacción Animal Político · 9 de enero de 2026
Liliput existe porque el amor también puede ser una forma de pensamiento.
Hay libros que nacen de una idea. Otros, de una obsesión. Liliput nace de algo más raro y más incómodo: la lealtad. No la lealtad al mito ni a la cultura pop ni a la nostalgia de una época perdida, sino a una mujer real cuyo nombre fue secuestrado por la violencia y reciclado durante décadas como mercancía narrativa. El escritor y crítico de cine Miguel Cane ha logrado escribir su novela Liliput (Editorial Gato Blanco) desde la decisión consciente de no seguir usando a Sharon Tate como superficie, sino devolverle densidad, peso y existencia.
Sharon Tate ha sido, históricamente, una figura reducida. Reducida a crimen, a símbolo, a advertencia moral, a excusa estética. Su vida quedó empequeñecida por el relato de su muerte a manos de la secta de Charles Manson en 1969. Miguel entiende que ese achicamiento no es casual: es cultural. Y responde con una operación inversa, brutalmente simple y radical. La hace gigante. No para engrandecerla como ídolo y para volverla imposible de ignorar.
En Liliput, Sharon Tate se nos muestra desnuda, embarazada y colosal. No hay glamour. No hay redención. Hay exposición. El cuerpo femenino -ese que la historia insiste en disciplinar, controlar o destruir- ocupa el espacio público hasta hacerlo cachitos. La ciudad no sabe qué hacer con ella. El poder tampoco. Y es ahí donde yo entiendo el posible núcleo ético de la novela: cuando una mujer deja de ser manejable, el mundo entra en pánico. Miguel -autor exquisito- no incomoda ni escribe una novela fantástica. Escribe una alegoría precisa a escala política. La desmesura no es efecto especial: es denuncia. Sharon, al crecer, revela lo que siempre estuvo ahí y nadie se atrevió a mirar de frente, que su asesinato no fue solo un crimen, sino un punto de inflexión donde la cultura decidió convertir a una mujer en advertencia eterna.

Lo fascinante de la última novela (y mi favorita, dicho sea de paso) de Miguel Cane, es que el lector notará que Liliput ha sido escrita desde un lugar que muchos desconfían y que, sin embargo, es el más honesto: el amor sostenido en el tiempo. No habla “sobre” Sharon Tate. Le habla a ella. Le escribe. La acompaña. Se hace cargo de la narrativa con delicadeza. Pero esa cercanía no debilita el texto; todo lo contrario, lo vuelve genuinamente responsable. Aquí no hay explotación del dolor ajeno. Hay respeto y resguardo. Miguel entiende que recordar también es una forma de proteger. Que narrar puede ser un acto de resistencia frente a la maquinaria del morbo, el cine oportunista, y del titular facilón
Liliput jamás pregunta “¿qué pasó?”. Esa pregunta ya fue exprimida hasta el hartazgo. Liliput pregunta algo más incómodo: ¿qué nos pasa a nosotros con lo que pasó?
Utilizar la versión de Sharon embarazada no parece bajo ninguna óptica un detalle narrativo, más bien, fluye como el centro gravitacional del libro. El cuerpo que gesta y el cuerpo que un potente brazo de la locura decidió destruir. El hijo que nunca nació y que, sin embargo, seguirá representando una ausencia perenne. Me gusta que la novela no romantiza la maternidad. La vuelve visible, y al hacerlo, expone otra violencia: la facilidad con la que el odio sacrifica futuros femeninos sin agitar siquiera la respiración. Sharon quería ser madre y no como metáfora. Liliput se atreve a tomarse ese deseo en serio. Y eso, en términos literarios y políticos, es profundamente subversivo.
Miguel nos pone frente a un espejo incómodo: cuando el dolor femenino ocupa demasiado espacio, la solución siempre parece ser silenciarlo otra vez. Liliput no promete justicia ni ofrece consuelo. No reescribe la historia para que duela menos. Hace algo más honesto: la vuelve inolvidable desde otro lugar. Sharon Tate deja de representar a la víctima icónica para convertirse en presencia titánica.
Sé perfectamente que este libro existe porque alguien decidió no soltar a una de las estrellas más importantes del cine. Porque el amor entrañable también es una forma de memoria. Porque escribir, a veces, es lo único que se puede hacer contra lo irreversible. Y porque hay nombres que, si no se cuentan bien, siguen muriendo. Además, conozco a pocas personas que quieran y escriban con la devoción de Miguel.
Mi consejo de año nuevo: apaguen Netflix y vayan por su ejemplar a la librería más cercana y apoyen a editoriales mexicanas independientes.