¿Líder de papel?

blogeditor · 8 de octubre de 2014

¿Líder de papel?

Por: Guillermo Fajardo (@bosh_89)

Gustavo Madero es políticamente joven pero audazmente viejo: es un político que no por parecer comedido en su forma de ser ante los medios deja de parecer algo siniestro por su forma de actuar ante su propio partido. No responde a cuestionamientos y sus saetas apenas se dejan sentir en el plano superficial –el de las palabras- de su política. La manera en cómo el expresidente del PAN llegó a esos planos deja mucho que desear con la manera en que está dejando esos vuelos. Gustavo Madero parece irse por la puerta trasera –pero a mucha honra- para buscar una diputación que no se sabe si es para arrimarse al árbol del erario o más bien a una especie de carrera presidencial anticipada.

Javier Corral lo acusó de poseer una ambición política ilimitada, como si en política fuese la caridad o el espíritu de redención lo que lleva a los políticos a buscar puestos públicos. El mapeo de las ambiciones humanas tendrá un cariz de incomodidad para quien lea las aspiraciones de cada uno: acusar a Madero de ambicioso es un pleonasmo, igual que acusar a cualquier político de querer escalar peldaños. La tenue llamarada panista parece apagarse cada vez más. Lo que ha hecho Madero es abandonar al partido en uno de sus momentos más bajos de los últimos años, para buscar una candidatura que representará –si la obtiene- uno de los momentos más altos de su propia carrera. Son válidas sus tácticas, pero decepcionantes por los tiempos en las que las lleva a cabo.

[contextly_sidebar id=”OkG0BNk5pdNQTekK5x3Uv5zUMHbgMvvF”]Se puede entender ahora su servilismo hacia el Presidente de la República: su candidatura bien puede comenzar a forjarse alrededor de palabras como “modernización” “acuerdos” o “reformas”. El Pacto por México fue un instrumento adecuado para lucir su imagen sin perder del todo su independencia: Madero es parte del triunvirato que modernizó a México. Esa pretende ser su carta de presentación. Convertirse en líder del PAN en la Cámara de Diputados podrá darle un espacio abiertamente violento para disputar más espacios políticos, primero, al interior del PAN y, después, contra el PRI y el desgaste presidencial: a esas alturas del sexenio cualquier fricción puede ser pretexto para iniciar un incendio. La Cámara de Diputados es un lugar tragicómico cuyas rarezas oscilan entre silencios monacales, verborreas soporíferas o confrontaciones violentas. Ese será el campo de guerra de Madero.

El gran adversario del expresidente del partido conservador será el gobernador de Puebla, un personaje más parecido al propio PRI que Madero al propio PAN. Ambos están –por ahora- del lado correcto de la moneda: uno viviendo en el feudo que en México representan los estados de la República y el otro cortejando a la buena suerte –que la ha tenido-, ponderando –espero- las posibilidades de la derrota y admitiendo –más le vale- que el PAN importa hasta donde le permita crecer. Es en esa apuesta donde Gustavo Madero puede perder: no parece un panista de esos que le gustan al partido. Puede ser combativo porque su papel se lo exige; vasallo si sus planes lo admiten, y líder cuando su vocación sale a flote, pero no le gusta martirizarse ni lucir como un crucificado de las vanguardias que el PRI pueda ofrecer o de los atrasos que el partido oficial pueda representar.

El ex presidente del PAN es un político maleable. Sabe adaptarse a las circunstancias de choque, desencuentro e inestabilidad. No es bueno con las palabras, pero en un mundo henchido de imágenes y por lo que –no- dicen, Gustavo Madero bien puede ir pensando en quitarse la barba, bajar de peso y pulir la sonrisa. La Cámara de Diputados representará el intento de Madero por distanciarse de Enrique Peña Nieto, comenzar a boxear desde el micrófono y devolver los golpes que el Presidente pueda enviarle.

El único problema con las apuestas es que tienen que cumplirse. Si las reformas funcionan –o siquiera mejora la percepción de su funcionamiento- Madero y Peña Nieto bien pueden ir frotándose las manos. El primero porque puede ser presentado como un visionario y el segundo porque puede ser despedido como un reformador. Ahí están los extremos de la carrera presidencial, y es que la moneda ya no está en el aire: acaba de caer.