Redacción Animal Político · 4 de septiembre de 2025
Arrancamos el inicio a clases con la noticia de que en la Ciudad de México se aprobó una reforma a la Ley de Educación que permite otorgar licencias menstruales para estudiantes, es decir, permisos especiales para ausentarse cuando enfrenten cólicos intensos u otros malestares relacionados con la menstruación.
Los argumentos que se presentaron no son menores: en muchas escuelas quienes menstrúan enfrentan dificultades para asistir o participar debido a síntomas incapacitantes como el dolor intenso, la fatiga excesiva, cólicos o náuseas. La falta de políticas que validen las inasistencias les obliga a elegir entre su bienestar y el cumplimiento académico. Todo esto genera ansiedad, estrés, e incluso bajo rendimiento escolar.
A esto se suma un factor cultural que no podemos ignorar: la persistencia del tabú y estigma menstrual. Las adolescentes suelen ocultar su dolor para evitar juicios o burlas porque todavía “estar en sus días” tiene una carga negativa que perpetúa la idea de que menstruar es un estigma que debemos padecer en privado y no un proceso natural que merece comprensión y acompañamiento.
Por eso, el reconocimiento de una licencia menstrual no es una concesión: es una medida de justicia. Garantiza que ninguna alumna sea castigada por cuidar su salud, y al mismo tiempo, abre la puerta a cuestionar la manera en que la escuela entiende y responde a las necesidades de las estudiantes.
Sorprende que, a pesar de tratarse de un avance tan necesario, han surgido críticas y malinterpretaciones. Hay quienes sugieren que se está fomentando la flojera o dando “privilegios” a las mujeres, cuando en realidad se está reconociendo un problema de salud pública y de desigualdad educativa. Estas posturas no solo ignoran las estadísticas, sino que también refuerzan la falsa idea de que el dolor menstrual debe soportarse y, además, en silencio.
La licencia menstrual no busca excusar a nadie, sino dignificar una experiencia humana que ha sido históricamente invisibilizada; sin embargo, efectivamente la implementación va a resultar retadora. ¿Cómo evitar que esta medida se use para reforzar prejuicios sobre la supuesta fragilidad femenina? ¿Cómo garantizar que no se traduzca en rezagos académicos para quienes la ejerzan? Para responder, será indispensable acompañar la política con educación menstrual integral y sensibilización docente, entre otros ajustes.
Por eso, aunque aplaudimos la iniciativa, detectamos el gran pendiente que nos quedaron a deber las y los legisladores: si bien la licencia menstrual es un paso adelante, la Ley de Educación de la Ciudad de México aún debe garantizar que menstruar en la escuela sea digno. Esto significa tres cosas muy concretas que aún no están explícitas en la ley:
La licencia menstrual es apenas el inicio de la conversación a una transformación mayor necesaria. Lo que sigue es construir escuelas que no solo reconozcan el derecho de las alumnas a ausentarse en caso de dolor incapacitante, sino que también les aseguren condiciones plenas para vivir su menstruación sin miedo, sin vergüenza y sin obstáculos para aprender.
* Jeny Farías (@Jenyca) es directora de Proyectos en @Mexicanos1o.