Joel Aguirre · 8 de junio de 2026
Existe una especie que prospera en la oscuridad de las librerías de viejo, que huele los libros antes de leerlos —y a veces en lugar de leerlos—, que acumula ejemplares con la misma lógica inapelable con la que otros acumulan deudas o ex parejas: porque sí, porque no puede evitarlo, porque en el fondo sabe que eso dice mucho más de quién es que cualquier conversación. Esa especie tiene ahora un expediente clínico colectivo. Se llama Bestiario del bibliófilo (y otras fieras literarias), lo escribió Ricardo E. Tatto, lo publicó Nitro Press, y el diagnóstico, spoiler alert: terminal.
El miércoles pasado —y en el marco de La Feria del Libro de Madrid— lo presentamos en la Casa México en España, ese pequeño milagro geográfico donde los mexicanos seguimos hablando de libros húmedos y tianguis culturales como si el Atlántico fuera un malentendido, y tuve el privilegio de leer en voz alta ante un público que probablemente también salió diagnosticado. El libro ganó el Premio del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida. Lo cual prueba, entre otras cosas, que los jurados literarios a veces reconocen el humor negro cuando lo ven.
— Ricardo E. Tatto, Bestiario del bibliófilo
Tatto construye una zoología del amor por los libros con la precisión de un entomólogo y la crueldad afectuosa de alguien que sabe que está describiendo sus propios defectos. El bibliófilo clásico, el acumulador compulsivo, el cazador de libros usados, el marchante oportunista, el voyeurista de bibliotecas ajenas, el birlador —sí, el ladrón de libros tiene su propia entrada, y es de las más entrañables: cada espécimen representa una deformación distinta del mismo deseo fundamental. Que no es, queda claro, el deseo de leer. Es el deseo de poseer, de acumular, de venerar. La lectura, en muchos casos, es apenas el pretexto.
Hay algo profundamente honesto en esa distinción. Cuántos de nosotros tenemos bibliotecas que ya no leemos sino que habitamos. Cuántos compramos libros que funcionan menos como lecturas pendientes y más como declaraciones de intenciones, y deudas pendientes más lacerantes que las del SAT. Cuántos hemos salido de un tianguis con quince libros que no necesitábamos convencidos de que hicimos el negocio de nuestra vida.
— Ricardo E. Tatto, Bestiario del bibliófilo
El libro tiene también algo que pocas veces aparece en los ensayos sobre cultura lectora: sensibilidad mexicana real, sin versión de exportación. Aquí no hay oda romántica a las librerías parisinas ni nostalgia de bibliotecas victorianas con escalerita. Hay librerías de saldo, libros húmedos de segunda mano, tianguis como arqueología involuntaria y una mezcla muy nuestra entre precariedad, erudición y humor sardónico frente al desastre cotidiano e irreversible. La bibliofilia que describe Tatto se muestra como una neurosis muy reconocible en nuestras venas latinoamericanas y accesible a todos los estratos del caos.
La sección dedicada al “Manual del buen lector” desarrolla la figura que más me interesa: el lector imposible, ese niño —y ese adulto— que lee etiquetas de shampoo y cajas de cereal porque simplemente por una pulsión que tardará al menos una década en aprender su nombre. Para muchos, entendemos la lectura como una compulsión biológica, más que como virtud cultivada. Y junto a eso, una defensa frontal del sedentarismo intelectual frente a la tiranía contemporánea de la productividad y la hiperactividad social. Leer es, aquí, una forma de resistencia. No la resistencia heroica y fotogénica, sino la resistencia íntima y levemente ridícula de quien prefiere quedarse en el sofá con un libro a fingir aparentar ser una persona funcional. Los huevones somos más.
— Daniel Salinas Basave, prólogo de Bestiario del bibliófilo
Presentar este libro desde otro continente tiene algo de experimento involuntario. Hablamos de libreros polvosos y humedad tropical desde Madrid, evocando ferias del libro mexicanas frente a una audiencia que lo entendió de todas formas. Y eso confirma la tesis central del volumen mejor que cualquier argumento crítico: un verdadero lector nunca abandona del todo su biblioteca mental; porque, como a nuestro Pípila, elegimos cargarla, llevarla a cualquier parte del mundo para descubrir que seguirá siendo suya.
*Bestiario del bibliófilo es, en última instancia, una carta de amor escrita en clave de expediente psiquiátrico. Una declaración de que preferimos la enfermedad al tratamiento, el libro al algoritmo, el polvo al scroll infinito. Que somos, efectivamente, una especie rara. Quizá en extinción. Pero con una biblioteca extraordinaria.
Estamos enfermos, of course. Pero hay enfermedades mucho peores que amar demasiado a los libros.
Pueden echarle ojo al evento aquí.
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