blogeditor · 31 de julio de 2020
Dejen de prohibir tanto, porque ya no alcanzo a desobedecer todo.
Anónimo
Somos un país muy extraño. Una amiga me muestra un tubito, es muy delgado este tubito que mi amiga me muestra, me recuerda los pequeños tubos de ensayo que acompañaban el juego de química Mi Alegría en los años setenta del siglo XX. Trae algo dentro el tubito de referencia: son hojas que, a ojo de buen cubero, deben conformar un peso total que quizá equivalga a unos ocho o diez gramos. Ocho o diez gramos de hojitas de mariguana que, si nos ponemos en plan muy fijón, muy conocedor, se ven inusualmente limpias -para vivir en un país en el que uno, en tanto consumidor, se encuentra más que acostumbrado a que esas hojas, ilegales en todas sus formas y procesos de distribución, vengan siempre aplanadas y sucias- y además huelen muy bien -para vivir en un país en el que uno, en tanto consumidor, igualmente se encuentra más que acostumbrado a que la mota ilegal que se consigue, muchas veces huela sospechosamente a algo que bien podría ser un insecticida barato o un fertilizante acelerador de no muy buen trato con el medio ambiente-.
En suma: ese pequeño tubo de vidrio que sirve, sellado con una diminuta tapa de corcho, para portar unos ocho o diez gramos de mota que genuinamente sí parece ser “de la buena”, ostenta además un detalle inusual: porta una etiqueta, característica completamente extraña en un país en el que normalmente esas hojas llegan a la vida de uno envueltas en periódico o páginas de revistas viejas. Si atendemos con toda precisión lectora a la etiqueta que porta el para estas alturas ya famoso tubito, nos encontramos con una serie de frases que en este país sin regulación, desconciertan: “Ingredientes: plantas de semillas individuales de Guerrero/Sin pesticidas/Alimento oxigenado/Poda manual/Floración con focos de 1000 watts/Solo flor/Curadas por 3 días/Libres de cártel y crimen organizado/100% Hecho en México”. Ese tubo que me ha mostrado mi amiga trae dentro un mundo que no encaja del todo con la realidad ilegal que la mariguana aún vive en este país. Pero sin embargo, existe. Mientras la regulación del cannabis sigue pendiente en el Congreso mexicano, decenas (¿o quizá serán cientos?, ¿posiblemente miles?) de colectivos se han organizado y distribuyen sus productos -genuinamente “de alta calidad”- entre grupos seleccionados de clientes que, elegidos con cuidado y sobretodo con discreción, reciben desde hace mucho tiempo la cantidad de mota que quieren pagar, directamente en las puertas de su hogar, sin correr el riesgo de enfrentarse con la delincuencia organizada, en primerísimo lugar, y con la confianza de que lo que van a fumarse (o a comerse, o a chupar e incluso a derretir) posee estándares de calidad difíciles de conseguir en un país que aún considera el cannabis una sustancia ilegal.
Asegurar que el producto que uno recibe se encuentra “libre de cártel y crimen organizado” -más allá de que esto, dolorosamente, sea verdad o mentira- constituye la mejor estrategia comercial para asegurar la venta. Mientras la carreta agarra vuelo sobre el camino, los caballos aún discuten si será conveniente encabezar su marcha o no. Somos un país muy extraño.