Jorge Avila · 22 de marzo de 2026
Dentro de las tensiones y conflictos que existen actualmente en el Medio Oriente, la situación del Líbano suele quedar relegada, pese a la magnitud de la crisis que enfrenta. En el país se desarrolla un conflicto que ha provocado el desplazamiento de más de un millón de personas y cuya particularidad radica en que no enfrenta directamente a Israelcon el Estado libanés, sino con Hezbollah, una organización político-militar con amplia influencia en los territorios en los que opera, dejando al gobierno y a la población atrapados en una posición extremadamente vulnerable.
Tras la muerte de Alí Jamenei en el contexto de la confrontación entre Israel, Estados Unidos e Irán, Hezbollah lanzó una serie de ataques contra territorio israelí, reactivando un frente históricamente volátil y profundizando una ya grave crisis de seguridad. En este escenario, resulta indispensable comprender la relación entre Hezbollah e Israel para entender adecuadamente la situación en el Líbano, sobre todo porque la actual escalada no solo se inscribe en una dinámica regional más amplia, sino que también revive dos de los fantasmas históricos que han marcado profundamente la historia contemporánea libanesa: la posibilidad de una nueva ocupación israelí del sur del Líbano y el riesgo de una guerra civil.
Si bien Hezbollah e Israel han mantenido un conflicto prácticamente permanente desde la creación de la organización durante la ocupación israelí del sur del Líbano en la década de 1980, la relación entre ambos se ha caracterizado por una dinámica continua de confrontación, con episodios que van desde enfrentamientos directos, como la guerra de 2006, hasta incidentes y escaramuzas recurrentes de baja intensidad en la frontera. Aunque operaciones de inteligencia israelíes recientes, como el ataque contra los mandos de la organización con dispositivos electrónicos o “beepers” en 2024, han afectado parcialmente su estructura, la organización aún conserva capacidades militares significativas y una alta resiliencia operativa. Por ello, así como por su papel dentro de la estrategia regional de Irán, Hezbollah sigue siendo percibido como una amenaza considerable en la narrativa y la estrategia israelí.
La reactivación del conflicto en el Líbano en 2026 no puede entenderse como un fenómeno aislado, ya que responde directamente a dinámicas de conflicto más amplias en la región. Tiene que pensarse, a la vez, como una extensión directa de la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán, pero también como un conflicto con características y dinámicas propias. Y es que esta situación no puede entenderse como un episodio aislado de violencia fronteriza entre Israel y Líbano, sino que debe analizarse como resultado de dinámicas regionales en las que convergen la situación sociopolítica del Estado libanés, la lógica de disuasión regional de Irán y su “eje de la resistencia” antiimperialista y antisionista, así como la doctrina de seguridad de Israel.
En este sentido, el conflicto en el Líbano opera como un escenario en el que la escalada de violencia no responde únicamente a cálculos locales, sino a una arquitectura de confrontación más amplia que articula dinámicas y tensiones a nivel interestatal, transnacional y subestatal en un mismo conflicto. Sobre todo, articula dinámicas interestatales al insertarse en la confrontación entre Israel e Irán, mientras que, a nivel transnacional, se expresa a través de redes como el “eje de la resistencia”, que conecta a distintos actores y territorios bajo una misma lógica estratégica. Al mismo tiempo, en el plano subestatal, la centralidad de Hezbollah como actor político-militar evidencia cómo la violencia y la toma de decisiones no están monopolizadas por el Estado libanés, sino distribuidas entre múltiples actores con agendas propias.
El punto de inflexión inmediato se encuentra en la intensificación de las hostilidades entre Israel e Irán a inicios de 2026, particularmente tras los ataques dirigidos contra infraestructura estratégica, así como contra figuras clave del régimen iraní, que desencadenaron una respuesta regional en cadena, en la que Hezbollah respondió a la agresión israelí contra Irán al atacar el norte de Israel desde el sur del Líbano. Esto se debe a que actores como Hezbollah en el Líbano, Hamás en Gaza o los hutíes en Yemen, entre otros grupos, forman parte del eje de resistencia iraní y actúan, en mayor o menor medida, como una extensión funcional de la capacidad de proyección de fuerza de Teherán.
A través de esta lógica, Irán externaliza parte de su capacidad de respuesta mediante actores no estatales que operan como vectores de presión sobre Israel, reduciendo los costos de una confrontación directa y ampliando el espacio operativo del conflicto. Claro, sería reduccionista considerar que las acciones de estas organizaciones son dictadas desde Teherán, pues conservan cierta autonomía; sin embargo, sería miope no considerar el impacto de la relación de dichas organizaciones con el régimen iraní. En el caso particular de Hezbollah, esta organización opera como una entidad híbrida alineada ideológica, militar y estratégicamente con Teherán, al tiempo que mantiene una autonomía operativa en la política interna libanesa. Es, a la vez, un grupo paramilitar y un partido político; una organización con una amplia base social y un actor enclavado en la arquitectura de proyección de fuerza iraní en la región.
A nivel local, el conflicto no puede comprenderse plenamente sin atender a la configuración interna del Estado libanés, sobre todo por las características de un actor como Hezbollah, cuya singularidad radica en su carácter híbrido. Esta organización tiene una triple naturaleza, pues es simultáneamente un actor político institucionalizado en la política y gobernanza libanesas; es una red de provisión social con una vasta red de escuelas, clínicas, programas para jóvenes y otros servicios sociales; y es también una organización armada con capacidades cuasimilitares. Esta triple naturaleza no solo le ha permitido consolidar una base social duradera dentro de la comunidad chiita, sino también insertarse de manera orgánica en el sistema político libanés, participando en el Parlamento y en el Ejecutivo sin renunciar a su autonomía militar.
Esta configuración representa una realidad particularmente compleja para Líbano, pues tenemos un actor con capacidades cuasimilitares que participa en las instituciones del Estado libanés, al tiempo que mantiene una autonomía militar con capacidad de entrar en combate sin el respaldo del ejército libanés. Es lo que podemos denominar un “Estado” dentro de, o paralelo al, Estado. La persistencia de esta dualidad ha sostenido un equilibrio político precario, aunque relativamente estable, durante las últimas dos décadas; sin embargo, la intensificación del conflicto con Israel ha llevado este arreglo al límite. Desde la perspectiva israelí, las capacidades militares de Hezbollah —por más mermadas que estén tras el conflicto de 2023 y los ataques contra el liderazgo de la organización en 2024— constituyen una amenaza estratégica de primer orden, especialmente a la luz de los recientes ataques contra el norte del territorio israelí.
En consecuencia, Israel ha intensificado una serie de operaciones aéreas y terrestres en territorio libanés, orientadas principalmente a degradar las capacidades militares y reducir la presencia de Hezbollah en el sur del país. No obstante, esta estrategia enfrenta una paradoja recurrente en conflictos asimétricos, pues mientras la acción militar israelí busca debilitar al adversario, también puede contribuir a reforzar la legitimidad política de Hezbollah como actor de resistencia frente a la agresión externa, particularmente entre ciertos sectores de la población libanesa. Esto ocurre en un contexto en el que el gobierno libanés ha buscado desarmar a Hezbollah.
Este dilema se ve agravado por la memoria histórica de la ocupación israelí del sur del Líbano entre 1982 y 2000. Dicha ocupación generó las condiciones para el surgimiento de Hezbollah y facilitó su consolidación como actor político-militar legítimo dentro de la comunidad chiita libanesa. Esta experiencia sugiere que la posibilidad de una reocupación del sur del Líbano, aunque sea parcial, temporal o presentada como una “ofensiva terrestre limitada” por Israel, reforzaría los incentivos de movilización y ampliaría la base de legitimidad de Hezbollah y, por lo tanto, minaría los esfuerzos del gobierno libanés para desarmar a la organización.
La estrategia israelí parece orientarse a establecer una zona de amortiguamiento o “buffer zone”, mediante la amenaza de una reocupación del sur del Líbano, con el objetivo de usar la ocupación del territorio como instrumento de negociación para forzar al gobierno libanés a participar en un proceso de desarme de Hezbollah. Esto tendría implicaciones políticas y sociales significativas: al provocar un enfrentamiento entre Hezbollah y el gobierno libanés, se corre el riesgo de iniciar un conflicto que desestabilizaría el equilibrio político y que tiene el potencial de arrastrar al Líbano a una nueva guerra civil.
Más allá de los efectos humanitarios del conflicto, el efecto más profundo radica en su potencial para fracturar el ya frágil equilibrio interno del país, incrementando de manera significativa el riesgo de una fragmentación más amplia y tensionando el delicado arreglo político que rige al Líbano desde los Acuerdos de Taif. El sistema político surgido de dichos acuerdos en 1989 se estructuró como un modelo consociacional orientado a poner fin a la guerra civil mediante la redistribución del poder entre comunidades religiosas, pero sin resolver de fondo la cuestión del monopolio de la violencia. Aunque se estableció formalmente el desarme de las milicias que participaron en el conflicto, se permitió una excepción para Hezbollah bajo la justificación de su papel como resistencia frente a la ocupación de Israel, lo que le permitió conservar su capacidad armada al tiempo que se integraba en la estructura política del Estado. En este contexto, el gobierno libanés se encuentra atrapado en una encrucijada, pues, por un lado, tolerar la autonomía militar de Hezbollahlo expone a represalias israelíes que erosionan su soberanía y agravan la crisis humanitaria; por otro, cualquier intento de limitar o desmantelar esa autonomía podría desencadenar una nueva guerra civil.
A la par, es necesario considerar que, como consecuencia del conflicto, más de un millón de personas han sido desplazadas de sus hogares en el Líbano. Este fenómeno tiene un alto potencial desestabilizador, ya que la llegada masiva de refugiados a otras regiones puede intensificar tensiones locales y saturar el acceso a recursos ya escasos en un contexto de crisis económica, lo que podría generar conflictos entre diversas comunidades. Este tipo de fricción intercomunal no solo erosiona la cohesión social, sino que también reactiva dinámicas propias de la guerra civil libanesa, donde el desplazamiento forzado y la recomposición demográfica fueron factores centrales en la escalada de la violencia.
En última instancia, la reactivación del conflicto en el Líbano pone en evidencia la profunda intersección entre dinámicas locales y regionales que caracteriza a las guerras contemporáneas en Medio Oriente. El país no es simplemente un escenario pasivo de la rivalidad entre Irán e Israel, sino un espacio donde dicha confrontación se materializa a través de actores locales como Hezbollah. La persistencia de incentivos estructurales para la escalada, particularmente frente a la confrontación entre Teherán y Tel Aviv, sugiere que Líbano seguirá siendo un nodo crítico de inestabilidad regional.
Al mismo tiempo, esta dinámica tensiona de manera creciente la ya frágil coexistencia entre el Estado libanés y un actor como Hezbollah, profundizando las tensiones internas del país. En este contexto, la situación interna del Líbano, ya de por sí crítica, permanece constantemente expuesta a una escalada hacia formas más abiertas de violencia, especialmente ante la posibilidad del aumento de las tensiones internas y, sobre todo, frente a la posibilidad de una nueva ocupación militar israelí en el sur del país.