Ley sobre delfinarios, contexto y repercusiones

Jorge Avila · 1 de abril de 2026

Por Yolanda Alaniz Pasini

El 23 de junio del 2025 el Senado de la República aprobó una reforma a la Ley General de Vida Silvestre en materia de delfinarios que, por su importancia, se compara con la prohibición de captura de mamíferos marinos para fines comerciales del 2002 o la prohibición de importación o reexportación de 2006. Sin embargo, las interpretaciones en redes sociales sobre su contenido son diversas e incluso contradictorias. Me propongo simplificar el contenido del decreto publicado, pero también de la iniciativa que le dio origen y explicar el contexto.

Contexto. La exhibición circense de cetáceos en México inició con Keiko en Reino Aventura, con dos belugas cautivas en un estanque en La Feria de Chapultepec, y con los delfines que habitaban en Atlantis o en el Zoológico de Aragón en la Ciudad de México. Todos esos estanques eran de concreto y tenían gradas para el público. Después aparecieron los corrales marinos en Cozumel o Isla Mujeres.

En cautiverio y sobre todo en los encierros, que son albercas o estanques de concreto, la reproducción natural no se lograba, ya que las hembras no ovulaban periódicamente. Es así como las empresas desarrollaron técnicas para forzar la reproducción a partir de la inseminación artificial basada en la inducción hormonal de la ovulación y la inseminación artificial, con semen fresco o congelado.

La capacidad de los corrales marinos para varios delfines se vio rebasada por el éxito en la reproducción. En términos comerciales se creó un “excedente” de nuevos delfines. La estrategia fue vender o rentar animales para usarlos en albercas de hoteles en zonas de gran turismo como Cancún. Los corrales marinos resultaban más caros y complicados, mientras que las albercas ya estaban ahí…

La Ley prohíbe la reproducción en cautiverio. Es un alto total a una actividad comercial que se había desplegado sin ningún control. El primer intento de prohibir la reproducción en cautiverio fue en 2017, pero fue acallado por el peso de la industria.

La actividad más lucrativa es el nado con delfines, pero también se realiza exhibiciones circenses, con saltos y acrobacias de alto riesgo en hoteles, como sucedió en el Hotel Barceló, en la costa maya, caso que todos conocemos y que la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente sancionó ejemplarmente con clausura total y definitiva.

Durante más de 15 años la industria creció sin control alguno y los delfinarios reconocen que 70 % de los delfines son nacidos en cautiverio, así hoy tenemos entre 350 y 400 delfines cautivos. El costo lo pagan los machos y las hembras con sufrimiento, confinados y abusados, bajo “condicionamiento operante” para la inseminación artificial, actividad que hoy se niega a conveniencia.

Asimismo, todos los delfines, sobre todo aquellos que permanecen en estanques de concreto, piscinas de hoteles de lujo o canales de concreto abiertos a las aguas marinas, viven en condiciones contrarias a su naturaleza. Su mundo de sonido submarino, por el que identifican presas, predadores u objetos, sus formas y tamaño, en movimiento y la tercera dimensión queda nulificado; se estrellan contra muros y fondos planos, impenetrables donde nada existe y nada se mueve. En una alberca deben mirar las órdenes del entrenador y recibir su pescado por sobre el agua, de la mano del hombre, después de obedecer la instrucción.

El cautiverio en estas condiciones mina no sólo la salud física de los individuos, sino la capacidad cerebral para desempeñarse de acuerdo con su estructura y evolución. En otro artículo he descrito los daños producidos por el cautiverio en cetáceos. En un mundo de privación sensorial, afectiva y social la interacción con humanos es la única realidad posible. El tiempo restante transcurre sin retos ni oportunidades de desplegar ninguna conducta propia de su especie. Las estereotipias, el aburrimiento y la agresión encuentran terreno propicio.

Más aún, la transmisión de enfermedades infecto-contagiosas derivadas de la contaminación de los estanques con heces y orina de los mismos delfines, agrava las condiciones de riesgo, tanto para los delfines como para los humanos que interactúan con ellos.

La reforma prohíbe la tenencia de delfines en albercas y estanques de concreto, pero establece una excepción en aquellas instalaciones abiertas, marinas o costeras que reciben agua marina ya sea por flujo o mareas. Ante el daño que se produce en seres sintientes y altamente evolucionados, y legalmente protegidos resulta casi increíble que esto no se hubiera hecho antes y se hayan privilegiado las actividades económicas sobre la vida y bienestar de los delfines en cautiverio. Ante la complejidad de establecer e instrumentar corrales marino-costeros la Ley establece un periodo de 18 meses para hacer el traslado.

El nado con delfines se ha llevado a cabo bajo los laxos lineamientos de una Norma Oficial Mexicana que desde 2004 no ha sido reformada, y que sólo establece límite de personas en la actividad por delfín, lo que favoreció que se promovieran como ”divertidos” actos claramente invasivos, y abusivos como montarse sobre un delfín como en rodeo (ride), tirar de las aletas, nadar sobre el abdomen de un delfín, independientemente del tamaño y peso del turista, o del delfín (Belly ride), o ser empujado de los pies por el hocico del delfín (foot push).

La ley prohíbe conductas abusivas sobre los delfines en las interacciones. Como las descritas más arriba, que se prohíben explícitamente. Corresponderá a las autoridades ambientales enlistar las actividades permitidas y las prohibidas en el Reglamento de esta Ley.

Se obliga a mover a los delfines a lugares más seguros, tierra adentro durante los fenómenos meteorológicos. Esta medida es especialmente relevante porque hasta antes del decreto se dejaba a criterio de los delfinarios resguárdalos efectivamente o abandonarlos a su suerte durante los huracanes como en el caso del huracán Otis, el más reciente.

En resumen, se prohíbe de forma absoluta la reproducción, con lo que se elimina la fuente de abastecimiento de esta cruel industria. Ante una realidad donde hay más de 350 delfines cautivos, no se plantea la liberación o establecimiento de santuarios en el corto plazo, sino mitigar y paliar el sufrimiento de seres sintientes, sobre todo el peor escenario que son los estanques de concreto. Se plantea bajo principios claramente éticos, pero se aterriza en lo que es posible ante una realidad que por años se dejó ser, hacer y crecer sin cuestionamientos.

Bio de la autora: Yolanda Alaniz Pasini es médica cirujana. Cursó las maestrías en Salud Pública y en Antropología Social, así como los posgrados en Bioética y en Desarrollo Sustentable. Fue profesora de las asignaturas de Epidemiología y Antropología Médica en la UNAM, y de Bioética y Ética Ambiental en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se desempeñó como secretaria técnica de las comisiones de Medio Ambiente y Recursos Naturales, tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados, y ha sido observadora o parte de la delegación mexicana ante la Comisión Ballenera Internacional y en CITES. Actualmente es consultora para Conservación de Mamíferos Marinos de México.

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.