El legado de Mandela: centros de detención dignos y humanos

Redacción Animal Político · 18 de julio de 2025

Nelson Mandela pasó 27 años en prisión. Tenía 44 cuando fue condenado a cadena perpetua como líder de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Fue detenido en una cárcel en Johannesburgo, donde lo despojaron de su identidad y lo recluyeron en celdas sin muebles ni privacidad. De esa experiencia surgió una de sus frases más citadas: “Se dice que nadie conoce verdaderamente una nación hasta que no ha estado dentro de sus cárceles”.

Dieciocho de esos 27 años los pasó en la isla prisión de Robben Island, confinado en una celda de dos por dos metros. Fue sometido a trabajo forzado en una cantera de cal, aislado del mundo exterior y con restricciones para comunicarse con su familia y acceder a cualquier información de fuera. Desde ese encierro escribió una de sus mayores reflexiones: ni los muros de una prisión ni los perros guardianes ni el mar frío que es como un foso mortal que rodea Robben Island podrán jamás apagar los deseos de humanidad. Sus memorias nos invitan a reflexionar sobre la necesidad de que la dignidad humana prevalezca, incluso en los espacios más invisibles.

Cada 18 de julio, el Día Internacional de Nelson Mandela nos recuerda que el encierro no puede significar olvido. Su legado es un llamado a las instituciones y también a la sociedad entera: la prisión debe preservar la dignidad humana y los derechos fundamentales de las personas privadas de libertad. Encerrar no equivale a eliminar. 

Las Reglas Mandela, adoptadas por la ONU en 2015, establecen estándares mínimos para garantizar que, aun bajo custodia, las personas conserven sus derechos esenciales. Entre ellos se reconoce el contacto regular con familiares y seres queridos como un derecho fundamental. Negarlo no solo agrava el sufrimiento de quien está detenido, sino que también impacta emocional, social y económicamente a las familias, debilitando vínculos esenciales para la reintegración una vez se recupera la libertad. 

Mandela lo vivió en carne propia. Durante su encierro apenas recibió unas pocas visitas al año. Aun así, se preparó el día que vio por primera vez a su hija convertida en joven: se puso una camisa limpia para evitar parecer un viejo ante sus ojos. “No había visto a Zindzi desde que tenía tres años. Era una hija que conocía a su padre por fotografías antiguas más que por sus recuerdos”, escribió Mandela en “Un largo camino hacia la libertad”. 

Como documenta el historiador Andrew Thompson en el artículo “Devolver la esperanza donde ya no quedaba ninguna”: Nelson Mandela, el CICR y la protección de los detenidos políticos en la Sudáfrica del apartheid, la experiencia de detención en ese país dejó al descubierto que la tortura también puede adoptar formas psicológicas, como el aislamiento, la privación de información, la censura de correspondencia, la ruptura de vínculos familiares y el uso de recompensas y castigos para quebrar la moral. 

Según las Reglas Mandela, los centros penitenciarios no deben verse como depósitos de personas, sino como espacios de servicio público. Su misión principal es la de proteger a la sociedad mediante la reducción de la reincidencia, y eso solo se logra si quienes ingresan salen con mejores oportunidades. 

La privación de libertad es una medida legal que puede aplicarse ante la comisión de un delito, pero ello no debe traducirse en una exclusión definitiva de la persona respecto a la sociedad. Las personas que cumplen su pena en condiciones humanas y con vínculos sociales preservados tienen más oportunidades reales de reintegrarse a la vida social. Por ello, los centros penitenciarios deben ser una oportunidad para que las personas puedan redirigir su camino y reconstruir su vida, facilitando su rehabilitación y reinserción.

Desde hace más un siglo el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) visita centros de detención en todo el mundo para prevenir malos tratos y promover condiciones de detención más humanas. En América Latina, esta labor se ha traducido en asistencia técnica a autoridades penitenciarias, formación sobre estándares internacionales y visitas humanitarias que buscan escuchar y entender lo que ocurre dentro de los muros. 

En su papel humanitario, imparcial y neutral, el CICR no califica o evalúa los sistemas penitenciarios, sino que busca abrir espacios de diálogo entre instituciones para la mejora de la gestión penitenciaria, en beneficio de las personas privadas de libertad, el personal penitenciario y sus comunidades. Su experiencia muestra que las reformas penitenciarias son posibles.

Hoy, en un mundo marcado por el sufrimiento y la violencia, recordar a Mandela es atender el llamado urgente a construir sistemas penitenciarios humanos que dignifiquen y reintegren. Porque dignificar no es suavizar la justicia, es hacerla eficaz. Es proteger a todas y todos. Es honrar la humanidad incluso en los lugares más olvidados. Es desafiarnos a mirar nuestras cárceles como lugares con potencial transformador. Es entender que la forma en que tratamos a quienes han sido privados de libertad dice mucho sobre la sociedad que queremos ser.

*Ana Langner Leyva es oficial de comunicación pública de la Delegación Regional para México y América Central del Comité Internacional de la Cruz Roja.