Joel Aguirre · 5 de junio de 2026
Por Sofía Ruiz Oldenbourg*
Cada 1 de junio, el Día Mundial de la Leche suele celebrarse desde una narrativa asociada con nutrición, tradición y bienestar. Apenas unos días después, el 5 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. La cercanía entre ambas fechas revela una contradicción cada vez más difícil de ignorar: mientras celebramos la expansión de una industria altamente demandante de agua y recursos naturales, también advertimos sobre la urgencia de frenar la crisis climática y ambiental.
La producción de leche no ocurre en el vacío. Forma parte de un sistema alimentario intensivo que hoy enfrenta límites ambientales cada vez más evidentes. En un contexto marcado por sequías, estrés hídrico y pérdida de biodiversidad, seguir discutiendo la leche únicamente desde sus propiedades nutricionales resulta insuficiente y, en muchos sentidos, incongruente con los compromisos ambientales que gobiernos y empresas dicen asumir.
En 2025, el mundo produjo alrededor de 992 millones de toneladas de lácteos. Detrás de esa cifra existe una cadena de impactos que incluye emisiones de gases de efecto invernadero, expansión agrícola, monocultivos para alimentar ganado, degradación del suelo y deforestación.
México no es ajeno a esta realidad. De acuerdo con datos del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, el país produce cerca de 14,000 millones de litros de leche al año. Según cálculos de Alianza Alimentaria y Acción Climática, producir esa cantidad requiere tanta agua como la que consume durante siete años toda la población de la Ciudad de México. Además, sus emisiones contaminantes son comparables al consumo energético de más de 2 millones de hogares capitalinos durante dos años.
La huella ambiental de la leche de vaca es particularmente alta porque su producción requiere grandes cantidades de agua y tierra para alimentar al ganado, además de generar emisiones asociadas con la ganadería intensiva y a los procesos industriales vinculados con esta cadena productiva.
Producir un litro de leche de vaca requiere de 628 de agua, unos 8 metros cuadrados de suelo y emite alrededor de 3 kilos de gases contaminantes a la atmósfera. Además de los residuos en las granjas industriales que contaminan el suelo y los mantos acuíferos.
La producción de leche forma parte de un sistema alimentario con impactos significativos sobre el clima, por lo que avanzar hacia una mayor presencia de alternativas vegetales será clave para construir sistemas alimentarios más saludables y sostenibles.
Esto no significa reducir la conversación alimentaria a prohibiciones o extremos. Significa reconocer que nuestras decisiones de consumo tienen impactos ambientales concretos y que existen alternativas capaces de cubrir necesidades nutricionales con una menor presión sobre los recursos naturales.
Durante décadas, la leche de vaca ha sido promovida como un alimento prácticamente irremplazable. Sin embargo, hoy existe suficiente evidencia para afirmar que una alimentación saludable también puede construirse a partir de alimentos de origen vegetal.
No necesitamos leche, necesitamos nutrientes. La salud y bienestar de la población no puede depender de los lácteos. Legumbres, cereales, semillas y hortalizas pueden aportar proteínas, vitaminas, minerales y fibra con impactos ambientales considerablemente menores. Y aunque el cambio individual no resolverá por sí solo la crisis climática, transformar nuestros patrones alimentarios sí forma parte de las soluciones necesarias para construir sistemas más resilientes y sostenibles.
Ese cambio también debe impulsarse desde las instituciones. Gobiernos, universidades, hospitales, comedores comunitarios y otros espacios públicos de alimentación tienen la capacidad de reducir significativamente el impacto ambiental de sus compras al disminuir la presencia de productos lácteos y priorizar opciones de origen vegetal en sus menús. Además de reducir emisiones y presión sobre recursos como el agua y el suelo, estas decisiones pueden contribuir a construir entornos alimentarios más saludables y accesibles para millones de personas.
Porque, en plena crisis climática, celebrar sin cuestionamientos un modelo de producción intensivo en recursos naturales mientras hablamos de proteger el medio ambiente ya no solo es insostenible, también es profundamente contradictorio.
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*Sofía Ruiz Oldenbourg es gerente de Políticas Alimentarias en Alianza Alimentaria y Acción Climática. Ingeniera Ambiental por el Instituto Tecnológico de Colima, tiene más de diez años de experiencia en el ámbito ambiental y de sostenibilidad en el sector privado y de organizaciones de la sociedad civil.
Alianza Alimentaria y Acción Climática es una organización mexicana sin fines de lucro que está transformando el sistema alimentario hacia prácticas más éticas y sostenibles. También trabaja con el sector público y privado implementando menús sostenibles en los comedores de las organizaciones para reducir impactos ambientales y riesgos a la salud asociados a patrones alimentarios. Redes: @AlianzaAliment