blogeditor · 10 de octubre de 2016
Por: Edgar Cortez (@edgarcortezm)
Hace algunos años, a propósito de la violencia creciente en México, se empezó a decir que el país se estaba colombianizando. Era una forma de nombrar a la espiral de violencia, la que no ha dejado de crecer, al grado que el término colombianización se sustituyó por mexicanización. Así alertó el Papa Francisco a Argentina sobre sus problemas de violencia y narcotráfico.
Dado que nuestros países comparten el tema de la violencia, ahora que Colombia trata de poner fin al conflicto armado y encontrar el rumbo para reconciliarse y vivir en paz, México y, en particular la sociedad mexicana, deberíamos mirar a detalle lo que ahí sucede pues podemos aprender mucho para nuestra propia ruta de justicia y verdad.
Colombia lleva medio siglo en conflicto; el recuento de los costos humanos es enorme. De acuerdo con informes del Centro Nacional de Memoria Histórica, han muerto 220 mil personas a consecuencia de la guerra; 21 mil 900 fueron víctimas de secuestro y 30 mil campesinos despojados de sus tierras y desplazados. De esta barbarie son responsables la guerrilla, los paramilitares y los políticos; de igual forma todos se han beneficiado de los dineros provenientes del narcotráfico.
¿Cómo ir de la violencia a la paz? Anteriormente El Salvador y Guatemala mostraron un camino: firmaron un cese al fuego, realizaron un proceso de negociación acompañados de representantes de la comunidad internacional, alcanzaron acuerdos y los pusieron en marcha. En el caso de Guatemala, alcanzaron el notable resultado de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), para enfrentar efectivamente la impunidad y la corrupción.
En Colombia desde hace cuatro años el gobierno nacional y la representación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) iniciaron un proceso para construir un acuerdo, fueron avanzando con algunos resultados, obtuvieron el respaldo de la comunidad internacional y al final, la sociedad mediante el plebiscito rechazó la propuesta. ¿Cómo se construyen acuerdos sociales? A pesar de que somos sociedades hiperinformadas, la realidad es que escucharnos, dialogar y construir acuerdos es prácticamente imposible.
A lo anterior habría que sumar los intereses de los políticos profesionales. El expresidente Álvaro Uribe fue uno de los paladines del No, pero debajo de su postura está el interés de mantenerse vigente en la política y lograr mejores condiciones para que el sector oligarca y conservador de Colombia tenga más y mejores asientos en la posible renegociación y mayor peso político para determinar el rumbo del país.
Previo al resultado final se percibía optimismo, los acuerdos serían sometidos a la democracia directa, cada colombiana y colombiano daría su opinión. La realidad fue diferente. Del total de votantes, el 18.70 por ciento votó por el NO, un 18.63 por el SÍ y 62.57 no votó. La gran mayoría simple y sencillamente no dijo nada.
Frente a las insuficiencias de la democracia representativa, mantenemos la expectativa de que la democracia directa sea la vía para que la sociedad participe e influya en las decisiones cruciales. Sin embargo vimos que bastó el voto de uno de cada cinco colombianos para poner en vilo al país.
La democracia no está sirviendo para resolver los problemas y tampoco lleva a tomar las mejores decisiones.
Llama la atención la distribución geográfica y el sentido del voto. El Sí ganó en Bogotá, Cali, Barranquilla, Cartagena, mientras que el No predominó en las demás ciudades grandes. El Sí ganó con creces en las zonas más afectadas por la guerra: Chocó, Cauca, Putumayo y Vaupés. Incluso en Bojayá, lugar donde sucedió la peor matanza de las FARC —en 2002, más de 100 personas murieron dentro de una iglesia que un guerrillero bombardeó— el voto por la paz alcanzó el 96 por ciento. Buena parte del voto por el Sí provino de las regiones que más han sufrido la guerra y que quieren dar pasos a la reconciliación y a la paz; mientras que el No parece más urbano y de lugares donde la violencia no ha sido tan cruenta.
El periodista Martín Caparrós formula claramente esta dicotomía. A menudo, rechazan la guerra los que conocen la guerra; los que la ven de lejos pueden darse el lujo de querer seguirla.
En un mundo ideal un plebiscito debería estar sustentado en información veraz, suficiente y accesible. En otras palabras, dotar de elementos de juicio a quienes van a votar. En el proceso de Colombia quienes promovían el voto por el No apostaron a la desinformación, la mentira y el cultivo del miedo. El expresidente Uribe y su partido afirmaron que se aseguraba impunidad a las FARC, que dar posibilidades para que éstas pasen a la vida política legal era abrir la puerta a un gobierno castro-chavista, e incluso se acusaba que los acuerdos deslizaban la ideología de género que destruye a la familia.
Sin duda que aún se debe profundizar en el análisis para desentrañar lo sucedido en Colombia, pero ya desde ahora nos deja lecciones.
Frente a la violencia que vivimos en México, en qué momento la sociedad de manera mayoritaria y con toda nuestra pluralidad, diremos basta y trabajaremos para dotar de un rumbo diferente al país.
De qué manera generamos espacios y dinámicas de entendimiento para entender la crisis actual que vivimos. Cómo hacemos frente a las numerosas y aparentemente irresolubles polarizaciones que actualmente cruzan nuestra sociedad.
* Edgar Cortez es investigador del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia, A. C. (@IMDHD), una organización civil, sin fines de lucro, dedicada a impulsar el respeto y fortalecimiento de los derechos humanos y la democracia. Inició actividades en 2007 con un equipo de profesionales con amplia experiencia en temas sociales, comprometidos con la causa de los derechos humanos y la promoción de la democracia.