Redacción Animal Político · 16 de mayo de 2025
Durante mucho tiempo, con la mirada severa y arrogante característica de la juventud, me atreví a mirar la historia de mis tías —mujeres solas, quizá demasiado solas— como si se tratara de un bloque familiar, sin fisuras de individualidad, piezas de un sistema que parecía haberles negado albedrío. Esa perspectiva me permitía asomarme a mi propio sistema familiar con una distancia que protegía la imagen idealizada —hasta donde era posible— de mi madre y de mi padre. Era, en esencia, más sencillo cuestionar sus historias que confrontar a quienes inevitablemente reflejarían las aristas más duras de la mía.
En esa temprana búsqueda de mi identidad, las historias de vida de mis tías se presentaban como posibles espejos, que temía o rechazaba, sin comprender aún el peso individual de sus circunstancias. Desde entonces, observar a mi familia se ha convertido en un proceso de entendimiento que ha evolucionado con el tiempo: mi mirada a los 20 difiere de la de mis 30 o la que ahora me define a los 40. Cada etapa me ha ido despojando de velos y prejuicios, y me ha brindado una empatía que me permite dimensionar la profundidad de sus historias.
La rama materna de mi árbol se caracterizó por la autonomía solitaria, mientras que la paterna se definió por relaciones con una estructura patriarcal innegable. Mis abuelas personificaron modelos familiares distintos: una, esposa hasta el final; la otra, viuda en la madurez. Mis padres, por otro lado, reflejaron diversas formas de construir un hogar: él, con un segundo matrimonio que perdura; ella, en la independencia absoluta. Ante este abanico familiar, hay una pregunta que hasta la fecha traza mi búsqueda: ¿El camino es un proyecto personal o un paisaje que simplemente atravesamos?
Las lealtades familiares se inscriben en lo aprendido, en las dinámicas que se viven y se perpetúan. Aquello que el silencio cubre, pero que oprime como un corsé generacional. Cada sistema familiar, con sus singulares códigos heredados, moldea nuestra existencia a través de sus creencias, mucho más allá de la genética. Hay familias que se instauran como mundos cerrados, donde lo externo es marginal e insignificante. Otras aprisionan a sus miembros, como si se tratara de una fortaleza, mientras algunas empujan a la huida como un acto de liberación.
La comprensión de mi universo familiar se vio abruptamente interrumpida con la muerte de mi abuela materna. En mi familia, la razón niega sistemáticamente al otro, convirtiendo la convivencia en una contienda de intelectos donde la victoria masculina parece ser la norma, una paradoja en un linaje donde la inteligencia de mi abuela fue siempre reconocida y alabada. Fue entonces cuando sentí que la familia, en lugar de sostén, era una fuerza que me fracturaba.
El tiempo, sin embargo, me ha revelado una verdad tan liberadora como cautivadora: mi familia, en su complejidad y contradicciones, también soy yo. Hoy, con la perspectiva que dan los años, no solo observo con mayor comprensión las particularidades de cada integrante, sino que intuyo sus soledades individuales, porque mi familia no es una entidad monolítica, sino la suma de varias historias compartidas. Entenderla, aceptarla e integrarla a mi totalidad ha exigido tolerancia y flexibilidad (atributos no precisamente familiares). Ahora reconozco a mi familia en cada uno de mis actos, mis necesidades y logros, incluso aquellos que concebía como individuales, olvidando el sistema familiar que los hizo posibles.
A mis cuarenta años, tengo claro que las lealtades familiares van más allá de querer y aceptar; también implican traicionar para romper corsés simbólicos que impiden crecer. Llegar a ese rompimiento respetuoso tiene todo que ver con integrar la historia familiar general y las historias particulares que construyen nuestra identidad, como, en mi caso, las historias de mis tías —mujeres solas, quizá demasiado solas—.
