Las visitas indeseables

blogeditor · 9 de marzo de 2016

Las visitas indeseables

Es la historia de un casero que acordó con varias personas que podrían pasar a revisar si su casa estaba ordenada y con libertad emitirían su opinión si no era el caso. Llegaron las visitas y una tras otra encontraron que la casa estaba desordenada. Así lo hicieron saber al casero y sucedió que éste mejor prefirió decirles que no, que su opinión era incorrecta y que su casa estaba bien.

Algo así sucede con México y los organismos internacionales de derechos humanos. El Estado mexicano los invitó a pasar y luego desconoció lo que las visitas encontraron. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) vino, revisó y concluyó que el país padece una “grave crisis de derechos humanos”. El presidente Enrique Peña mejor prefirió negarlo y así espetó: “no se vive una crisis de derechos humanos”.

No me interesa repetir las cifras que todos viene reiterando respecto a la masificación de los abusos, prefiero destacar que la negativa de la crisis es una respuesta estrictamente política, que no se hace cargo de discutir la evidencia. Ahí está el quid del asunto. El Estado mexicano dice que no hay crisis, aunque los sistemas interamericano y universal de los derechos humanos y centenas de organizaciones dentro y fuera del país afirman lo contrario. No pretendo señalar que aquél no tiene la razón y los demás sí, lo que creo es que si un país le dice a todos que están equivocados, lo menos que se espera es un argumento sólido, soportado en evidencias e indicadores.

[animalp-quote-highlight position=”center”]Mi hipótesis es que en el fondo el Estado mexicano no sabe cuántas son las víctimas de violaciones a derechos humanos en el país y probablemente hay muchos en las instituciones públicas que prefieren no contarlas.[/animalp-quote-highlight]

El presidente Peña firmó estas palabras en el 2014: “Una de las dificultades más señaladas para tomar decisiones y dar cuenta del cumplimiento y avance de los derechos humanos en México, es la necesidad de información sistematizada, adecuada y oportuna, especialmente referida a su goce y ejercicio. Desde 2003, la evaluación y seguimiento al cumplimiento y realización de derechos humanos en México ha sido parte de las recomendaciones de la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Diez años después de su emisión, esta recomendación no ha sido ejecutada”.

[contextly_sidebar id=”B2uu0nUm0uQ7LN9x2UaWuZjcR04HVICr”]No hay noticia en el sentido de que el país haya saldado este pasivo en sólo dos años. El Estado mexicano no ha presentado bancos de información sistematizada, adecuada y oportuna que arrojen una fotografía de alcance nacional sobre la condición en la que se encuentran los derechos humanos. Acaso justo por eso la respuesta a la CIDH no viene acompañada de evidencias asociadas a la dimensión de la victimización. Si esto es así, entonces lo que acabamos de comprobar una vez más es que no hay una narrativa oficial sólida del problema.

Los sistemas interamericano y universal de protección a los derechos humanos y las organizaciones especializadas extranjeras y mexicanas encuentran víctimas donde sea que busquen a lo largo del país (el caso de las barreras de acceso a la justicia es elocuente en cuanto a la dimensión nacional del problema). Acumulan datos, prueban a través de diversos métodos la consistencia de la información e identifican patrones de comportamiento. Así establecen la regularidad de fenómenos donde un número indeterminado de agentes estatales y no estatales somete, entre otros abusos, la tortura, desaparición y ejecución extrajudicial también a un número indeterminado de víctimas.

No es posible contar con precisión a los victimarios y a las víctimas, pero los métodos de investigación arrojan patrones generalizados de conducta. Así se hacen los reportes en México y así se hacen en todo el mundo. Cuando aquí el Estado haya construido los sistemas de información que apenas hace dos años el presidente nos dijo que no existen, entonces tal vez habrá indicadores oficiales suficientes para decirle a las visitas que se equivocan. Solo así será el caso de que el Estado mexicano pudiera demostrar que su conteo de las víctimas es el adecuado y el de los demás es erróneo. Por ahora, nos hemos quedado con que las visitas ven una casa y el casero otra. Vale preguntar si tiene sentido tener la puerta abierta para estas visitas, al parecer, indeseables.

 

@ErnestoLPV