Las víctimas no merecen más daño

blogeditor · 24 de febrero de 2022

Las víctimas no merecen más daño

Cuando una persona está sufriendo o acaba de vivir un hecho de violencia, se requiere mucho valor para denunciarlo públicamente con sus propios medios. La mayoría de las veces se trata de una llamada de auxilio, del último recurso para dejar constancia de lo sucedido, de una reacción instintiva de defensa o de supervivencia. ¿Qué viene después para esa persona víctima de violencia? ¿Qué viene después, particularmente cuando otras personas, medios de comunicación o instituciones deciden compartir una y otra vez ese contenido?

Cuando éste se vuelve viral, sin que la víctima tenga control sobre ello, como búmeran regresan hacia ella todo tipo de agresiones, discursos y comentarios de quienes equivocadamente la responsabilizan de alguna manera, de quienes no cuentan con el contexto suficiente para comprender el hecho o de aquellas personas cuya presencia en redes se basa únicamente en el daño que pueden infligir a otras. Es decir, se convierten en víctimas por segunda, tercera, cuarta, quinta o más ocasiones, de violencias de la misma naturaleza o de otra, pero que pueden tener efectos igualmente graves que el hecho que desencadenó la denuncia original.

Por eso, a este proceso se le conoce como revictimización. Estas violencias o agresiones añadidas a la original pueden darse por parte de instituciones, personas encargadas de brindar atención, de investigar delitos, o por parte de quienes tienen la tarea de explicarlos o informarlos. Importan particularmente estas últimas por ser aquellas que tienen mayor alcance y que frecuentemente, pretenden encontrar en la libertad de expresión una coartada para reproducir imágenes o contenidos donde se exhibe la violencia y el trauma que una víctima sufrió, y así vulnerarla de nuevo.

La revictimización puede detonar, además, diferentes impactos psicológicos como el estrés postraumático, el abuso de sustancias, la pérdida de motivación y autoestima, la irritabilidad, la apatía, el inicio de cuadros depresivos, ansiedad, problemas de concentración, miedo o sensaciones de amenaza constante, sentimientos de injusticia y rabia, conductas de aislamiento, fobias, tendencias paranoides y suicidas. ¿Cómo evitar, sin dejar de cumplir con la responsabilidad informativa, ser parte de este ciclo que multiplica las violencias?

Como primer punto es fundamental evitar coberturas revictimizantes que se caracterizan –de acuerdo con el Manual de cobertura de hechos con víctimas de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas– por entrevistar a personas en momentos de vulnerabilidad extrema; filmar, fotografiar y publicar escenas de violencia sin consentimiento de la víctima, publicar el nombre o la dirección de una persona sin su permiso, responsabilizarla de lo que le ocurrió mediante el relato de los hechos, criminalizar a la víctima al juzgarla por su condición, asignarle una característica o etiqueta por pertenecer a una población o grupo en particular, normalizar hechos de violencia, así como publicar textos agresivos que atentan contra la dignidad de las personas o producen la sensación de que su seguridad corre peligro.

Aun sabiendo esto, puede que nos sigamos preguntando cómo trasladarlo a la práctica diaria, cómo tomar decisiones en un contexto que apela a la urgencia y al bombardeo informativo; cómo decidir sobre algunas imágenes, cuando las víctimas las hicieron públicas primero, o sobre detalles que podrían resultar innecesarios e incluso peligrosos para ellas, como su ubicación después de vivir algún hecho de violencia mientras la persona responsable sigue sin ser localizada. Si bien existen bases que en el contexto actual no pueden ignorarse, como los estándares internacionales de derechos humanos que, de paso, nos recuerdan que la libertad de expresión no es un derecho absoluto, quizá vale la pena recordar ciertas preguntas básicas que están en el fondo de reflexiones indispensables en la práctica periodística: “¿este dato o esta imagen es necesaria para el propósito informativo? ¿Realmente aporta al entendimiento y a la comprensión de un hecho y sus implicaciones? ¿Qué diferencia hace incluirla o no?”.

Por supuesto y en primer lugar, puede hacer una gran diferencia para las víctimas, pero también para la labor informativa. La cuestión va más allá de las reservas que pueda generar la tentación de la censura y la autocensura, o de los límites de la libertad de expresión. En el fondo está la lealtad a la profesión y la seriedad con la que decidimos ejercerla. Existen estándares internacionales de derechos humanos que justifican por sí solos el respeto a las víctimas, pero en principio y de fondo está la tarea periodística, y la ética y los principios que la motivan. ¿Por qué ya no hay espacio para las preguntas mencionadas más arriba? ¿Cuándo empezamos a creer que libertad de expresión significa que todo material es valioso, o que lo es solo porque otros ya lo reprodujeron? ¿Cuándo empezamos a creer que significa ausencia de filtros o de valoración? ¿Cuándo empezamos a creer que cantidad de clics es equivalente a valor informativo?

No se trata de los estándares internacionales que podemos considerar o no obligatorios, ni se trata tampoco de la mirada compasiva o lastimera; ni siquiera de la empatía, aunque ésta última no sobra. Se trata de no omitir pasos básicos en la tarea periodística. Se trata de recordar que en sus cimientos sí descansan los deberes de observar, explicar, contextualizar, reflexionar, cuestionar a otras personas, pero también a nuestras propias creencias o preconcepciones, y enriquecer el entendimiento de fenómenos desde una perspectiva global. Para lograrlo, es vital escuchar y respetar a las víctimas. Se trata de ellas, pero también del oficio. No reproduzcamos falsas coartadas y falsos debates.

Las víctimas merecen nuestra reflexión. Merecen por lo menos unos minutos para recordar las preguntas básicas antes de sucumbir a la dictadura del clic. Unos cuantos minutos dedicados no solo a las expectativas ajenas o a lo que otros organismos señalan desde fuera, sino a nuestra propia labor. De ahí que la respuesta no esté en un llamado de atención hacia los medios de comunicación desde fuera –como sí puede suceder en el caso de las instituciones, que muchas veces son las primeras en desencadenar la revictimización, pero que tienen una obligación irreprochable frente a ciertos marcos normativos–, ni mucho menos en una regulación que podría derivar en la censura, sino en la reflexión/autorregulación que corresponde al gremio periodístico y a cada medio de comunicación.

Recordemos que no solo es posible reconocer que la libertad de expresión no es absoluta, sino también exponer claramente cuáles son las políticas editoriales y los estándares éticos de cada medio, y si estos consideran defensorías de las audiencias o mejores prácticas en coberturas de hechos con víctimas. Esto también forma parte de un ejercicio de honestidad y transparencia para con las personas lectoras que, en muchos casos, sigue pendiente. Ejemplo de ello es la lista “Qué hacer/Qué no hacer” en estos casos, del Dart Center for Journalism & Trauma, un proyecto de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia que ofrece algunas claves en torno al reporteo que involucra a víctimas: pedir permiso para entrevistar, fotografiar o grabar; exponer claramente identidad e intenciones; no hacer promesas que no es posible cumplir; no coaccionar, engañar u ofrecer remuneraciones; dejar que la persona entrevistada decida en qué condiciones quiere hablar; privilegiar la precisión y no fingir compasión; evitar el rol de “abogado del diablo”; resistir a la mentalidad de manada; mostrar empatía, no apego; resistir a los clichés y a la reproducción de imágenes de personas en estado de vulnerabilidad; verificar cada dato: para las víctimas, los errores pueden convertirse en una segunda herida.

Cuando una persona no autoriza ser entrevistada o expuesta en el contexto de violencia que vivió o en su vulnerabilidad, es prioritario respetar ese derecho. Como sentencia el Dart Center, apliquemos el principio de no generar más daño.

* Marcela Nochebuena es encargada del área de Comunicación del COPRED.

 

 

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