blogeditor · 9 de julio de 2022
Cuando una tiene la fortuna de poder cruzar una frontera internacional se acepta el riesgo de ser humillada, y aclaro, fortuna porque hoy cruzar una frontera legalmente es un privilegio que tenemos muy pocas personas. Sabemos que estamos sometidas a un poder superior que nos puede hacer todo tipo de cuestionamientos como “¿Cuánto dinero tiene? ¿Por qué le gusta hacer tal cosa? ¿Qué tipo de relación tiene con la persona a la que visita? Quítese los zapatos. ¿Qué trae debajo de la camisa? Abra su maleta y desenrolle su ropa interior”. A pesar de someternos a las humillaciones verbales o físicas, nos pueden rechazar habiendo pagado nuestro vuelo y nuestro hotel. Estamos dispuestas a ceder datos biométricos, información confidencial y dignidad con tal de satisfacer nuestra curiosidad de conocer un lugar o visitar a una persona querida.
Hasta hoy entendí la desproporción de ese poder superior gracias a Nanjala Nyabola, una escritora de Kenia. Ella explica que la frontera despliega el máximo poder de un país. Un inmenso poder frente a personas, muchas veces las más desprotegidas y necesitadas. Ella hace el ejercicio de situarse en ese margen y expresar lo que se siente incluso siendo privilegiada.
Tratando de seguirla, me quiero imaginar que voy en un tráiler de metal que parece un sarcófago, sin agua, con mis tres hijitos apretaditos contra mí. Que me subí a ese tráiler porque a mi marido lo mataron y estoy aterrada. Mi casa es peor que este infierno, por eso resisto la sed, el calor y el miedo que le tengo a los que nos llevan. Les entregué todo lo que tenemos, incluso prometí seguirles pagando ya que consiga trabajo. No se muy bien a dónde vamos a llegar, pero por lo menos tengo la esperanza de llegar, pronto, a un lugar mejor que mi casa, porque como dice Nanjala “mi casa es una boca de tiburón”.
Puede ser, que ya desesperada por no encontrar tratamiento para Lupus, me subí a ese tráiler gracias a los ahorros de mi familia. Que harto de no poder sembrar por la sequía vendí mi casa y les di todo mi dinero para irme a donde sí haya agua. Que no quise ver morir a mi madre por no poder pagar las medicinas y les prometí a esos traficantes seguir trabajando para pagarles ya que tenga trabajo.
Al ver rostros, saber nombres y conocer las historias entendemos la situación de una manera diferente. Las personas que mueren tratando de cruzar la frontera van saliendo de una “boca de tiburón” que puede ser la violencia, el miedo, la desesperación, la desesperanza o la enfermedad. i
Al llegar a una frontera van a sentir ese despliegue de poder que desproporcionado se impone sobre esta necesidad. Saben que es imposible obtener una visa, a veces incluso un pasaporte. Están obligadas a esquivar esa frontera escondidas, pagando sumas millonarias a delincuentes y seguro, en sus cálculos, no sólo vale la pena, sino es la única opción.
Las políticas migratorias que se ejecutan en México y Estados Unidos son inhumanas, crueles y despiadadas. Van en contra de los acuerdos internacionales firmados, en contra de nuestras propias leyes.
La realidad es que las personas pobres no tienen posibilidad de obtener una visa o un permiso de trabajo. Las personas refugiadas se enfrentan a sistemas de asilo desbordados y paralizados que funcionan como muros burocráticos. Y no es sólo en esta región, desgraciadamente es la realidad entre sur global y el norte, lo vemos también en Marruecos, Turquía y Libia.
Frente a esta realidad, ¿qué podemos hacer? Tener empatía y seguir exigiendo que se cumpla la ley y que haya justicia para quienes son víctimas de esta política criminal.
* Ana Saiz (@anasaizv) es directora de Sin Fronteras IAP.
i Gracias a Elena Toledo (@NenaToledo) de Fundación Eléutera en Honduras por ponerle nombre y rostro a quienes perdieron la vida en la tragedia de Texas.