Daniel Gershenson · 31 de enero de 2011
Tarea nada fácil, la de ser Juan Molinar: altivo y solitario cultor de su propia persona. Defensor pertinaz, eterno convencido de su infalibilidad sin el menor dejo de autocrítica. Inflexible juez de los demás. Pésimo exponente de un genuino examen de su propia conciencia.
Habiendo leído con detenimiento su respuesta a mi entrega del blog de hace dos semanas, constato que el académico se impuso por conveniencia al servidor público. Su estrategia tiene la rara virtud –o defecto- de combinar la pedantería del sinodal cascarrabias (muy poco tolerante de sus imaginarios alumnos ‘bisoños’) con la más interesada ceguera moral, ajena a la honestidad de las ideas y el genuino compromiso ético, demasiado alejado de sus quehaceres actuales. Después de todo, el mismo que reprende con pluma flamígera -e invita a un debate viciado de origen- es el actual responsable de la estrategia electoral de su partido. A pesar de sus tropiezos, o quizás gracias a ellos, no le ha faltado trabajo. Hay que reposicionarse en el tablero, con los códigos que demanda su nueva responsabilidad. Defender la permanencia dentro del presupuesto y evitar, a toda costa, vivir en el error.
Giran y giran las ruedas de Molinar. Con un discurso alambicado y maniqueo -no exento de caricaturizaciones dignas de mejor causa- Molinar pretende desvirtuar el trasfondo del asunto, a saber: su incapacidad manifiesta, documentada y compartida incluso por correligionarios suyos como Javier Corral; la irremisible pérdida de autoridad de alguien que en su momento ayudó a desmontar el andamiaje autoritario del príismo presidencialista, pero que tocó fondo a raíz de su desempeño relacionado con el incendio de la Guardería ABC y sus terribles secuelas. También, su evidente insensibilidad y magros resultados en la administración pública, que ponen en tela de juicio el supuesto compromiso a favor del bien común esgrimido por gobiernos diversos, y negado rotundamente en la realidad.
Sigo creyendo que ante la negativa de Felipe Calderón de cesarlos, después del incendio o ahora, la renuncia de Molinar y de Daniel Karam (junto con la de Abel Murrieta, el procurador estatal de Sonora que sólo encubrió a los implicados, tanto en la administración del gobernador priísta Eduardo Bours como en la actual de Guillermo Padrés del PAN, quien a pesar de promesas en contrario a los papás y mamás de la Guardería ABC fue ratificado en el cargo) desatascaría mucho más rápido la transición, que la farragosa jerga escolástica -desplegada casi como trofeo de guerra, desde su flamante posición dentro de la burocracia partidista- en el artículo de marras.
La siempre pospuesta necesidad de consolidar la cultura de transparencia y exigibilidad por parte de nuestra clase política, sigue siendo una asignatura pendiente. Casos límite como el de la Guardería ABC, equivalen aún a que la casta a la que pertenece Molinar le apueste al olvido: a mantener la apariencia de que no ocurrió nada (sobre todo si parientes incómodos del primer círculo de poder están directamente involucrados), y a conservar las formas y rituales anquilosados que hicieron posible el desastre y su probable repetición. Felipe Calderón ha mostrado una y otra vez que lo que más cuenta es la lealtad por sobre otros valores. El único atributo de Molinar es haberlo apoyado como el candidato ‘desobediente’ que prevaleció en la precampaña, y en las elecciones presidenciales, cuando todo indicaba en ese entonces la balanza se inclinaría por el favorito de la pareja Fox, Santiago Creel. Su buen olfato en la coyuntura amerita seguirlo colmando de cargos adicionales para los cuales no está capacitado, y que únicamente realzan su ineptitud. Que los transiciólogos aquilaten las palabras y conceptos del politólogo. A la ciudadanía debe preocuparle sobremanera que el modus operandi autovindicatorio de Molinar se haya vuelto costumbre. Valga como adicional referencia la actitud mostrada por la secretaria general del PAN. Como Molinar, Cecilia Romero defiende contra toda lógica -a capa y espada- su lamentable gestión al frente del Instituto Nacional de Migración deslindándose de la masacre de 72 migrantes en Tamaulipas; negándose a renunciar al cargo y justificando su intención de contender por la presidencia de ese instituto político a pesar de que ‘se le había atravesado ese suceso’ (sic). Sin imaginarse siquiera una vida dedicada a otros empeños, y fuera de la política.
Con precisión de martinete, Molinar distorsiona el papel principal que él mismo jugó a la hora de cargar los dados a su favor (apoyado siempre por otros miembros del distinguido gabinete calderonista), en la Suprema Corte. No fue un simple mortal en ejercicio de sus derechos, sino un Secretario de Estado en funciones.
Se columpia entre dos pistas claramente diferenciadas. En una, asume el tono de catedrático regañón: la otra es mucho menos entretenida y muy poco lo distingue de sus grises predecesores, con metidas de pata de antología y justificaciones churriguerescas en temas como el de la Licitación 21.
Le recuerdo a Molinar que la Suprema Corte se cuidó de señalar culpables por motivos de debido proceso. Eso sí: se reconocieron violaciones graves a los Derechos Humanos. Él fue responsable de autorizar la operación de la Guardería ABC y centenares de estancias adicionales, bajo el régimen o modalidad de subrogación. Esto para nada lo exonera, como lo ha venido sosteniendo ante propios y extraños.
Queda como el peor ejemplo para generaciones futuras, la grosera intromisión del Poder Ejecutivo en asuntos de esricta competencia del Judicial: la obsesiva necesidad de contar con los dos votos de Ministros (Valls y Franco) que en cualquier otro país se hubiesen recusado por conflictos de interés. Conservar una mayoría que revirtiese los señalamientos y sentido del contundente Dictamen de Zaldívar, se tornó cuestión de Estado. Se sabía esto entonces, y se comprueba en los testimonios directos de actores y fuentes dentro de la Corte que vivieron de cerca este proceso. Pruebas irrefutables de cómo se inclinó la balanza a favor de la impunidad y el tráfico de influencias. Ultrajes que se supone combatirían los panistas, pero que –consumada la capitulación- garantizan su recurrencia en situaciones futuras.
México perdió la oportunidad única de sentar un precedente que hubiese garantizado plena independencia al Poder Judicial, y la profundización de un régimen de pesos y contrapesos sin posibilidad de dar marcha atrás. Uno que privilegiara la rendición de cuentas: diseñado para sancionar los excesos de funcionarios involucrados en tragedias tales como la de la Guardería ABC, en Hermosillo.
Desafortunadamente, los papás y mamás de los bebés que fallecieron nunca contaron con la misma oportunidad que tuvieron figuras políticas federales, estatales y municipales para explayarse con los Ministros. A ojos de las máximas autoridades judiciales del país y a diferencia del trato privilegiado que tuvo Molinar, ellas y ellos sí son simples ciudadanos. También fueron recibidos, pero a regañadientes y casi en condición de parias por la mayoría que lejos de ponderar sus votos ante una decisión de alcances históricos, capitularon ante el interés particular que concentró los esfuerzos de todo el Poder Ejecutivo. Recordemos a sus cabilderos y representantes tan ‘altruistas’ como el mismísimo Secretario de Gobernación Fernando Gómez Mont. Habría que añadir que esta guerra tampoco estuvo exenta de presiones excesivas en los medios, con calumnias dirigidas en específico hacia Arturo Zaldívar. Esa parte de la historia no la querrá compartir con sus lectores el puntilloso y selectivo secretario de asuntos electorales panista, porque no checa con la falsa versión -digna de Alicia en el País de las Maravillas- que él quisiera propalar, y que no resiste el menor análisis.
Nos encontramos ante la manifestación de un problema mucho más generalizado, que marca la trayectoria de algunos Mandarines que jugaron un papel relevante en la creación de instituciones autónomas en su primera fase, pero que han fallado estrepitosamente en la arena de la política y la administración pública. Quizá le represente un consuelo a Molinar saber que no es un caso aislado. Los ejemplos de Creel y Alonso Lujambio (el primero, malogrado Secretario de Gobernación en el sexenio foxista; el segundo, figura decorativa bajo la sombra del Magisterio y su líder moral: la verdadera propietaria del despacho en Educación Pública), también saltan a la vista.
Su reciente nombramiento como alto jerarca en el PAN, y numerosas apariciones en medios parecen confirmar que habrá ruedas de Molinar para rato. Cabe suponer que después de la inminente labor de demoliciónl a las estructuras panistas, tal y como ocurrió en su paso por el IMSS y en SCT, intentará recalar durante seis años -a partir del 2012- en el Senado con fuero por delante. Así se irá completando el proceso de mímesis, que tanto criticaba cuando tuvo la osadía de defender el interés público.
Esa es la paradoja de Juan Molinar. Cultivar asiduamente un síndrome propio de las decadentes camarillas mexicanas, que mejor se articula en la siguiente frase archiconocida: ‘Yo no fuí, fue Teté…’
No deja de ser inadmisible que en busca de elevar su perfil, Molinar siga hundiéndose en la victimización y la autocomplacencia. Que haya extraviado el sentido de la dignidad, y que se limite a hacer rounds de sombra evitando tomar necesarias decisiones individuales. Por ejemplo: su eventual renuncia, única salida para redimir un derrotero profesional en ocaso permanente. Pienso en el título del clásico libro de Julien Benda: La Traición de los Clérigos, aplicada a los demás y a sí mismos. El peor destino de algunos de nuestros intelectuales es haber sido forjadores de una idea del país a la medida de las circunstancias -con instituciones lo suficientemene fuertes como para apuntalarla. Que ésto sólo haya servido para convertirlos en versiones mexicanas del apparatchik arquetípico, es una desilusión mayúscula. El peor de los resultados podría descarrilar lo que con mucho trabajo se fue consolidando, y que amenaza con truncar indefinidamente (si lo permitimos) nuestros mejores esfuerzos. No en balde, las actuales condiciones excluyen la participación social en ámbitos cruciales de la vida pública. El antiguo profesor y político fracasado por antonomasia trata de convencer, pero sólo a sí mismo. Qué triste es contemplar a molinarciso: con minúsculas, y tan empequeñecido. Mirándose, absorto, en el reflejo engañoso de sus propios y chabacanos designios.