blogeditor · 15 de enero de 2021
Es indudable que, en su gran mayoría, casi todos hemos desarrollado una relación tóxica con las redes sociales. Citando a Martin Hilbert –reconocido por haber alertado sobre la intervención de Cambridge Analytica en el proceso electoral de los Estados Unidos– la verdadera fuente de poder de las redes sociales ha sido el llevarnos sin retorno, a nuestro narcisismo, enojo, ansiedad, envidia, credulidad y lujuria. Lo cual, agregaría, ha derivado en una notoria polarización de las ideas.
Esto parece ser un fenómeno que ha ido in crescendo, y que se ha convertido en una regla de etiqueta para poder “comunicarse”: solo blanco o negro y elige tu bando. Y así, a través de un debate visiblemente más pobre, simplista, poco técnico y objetivo, observamos cómo familias enteras se pelean o se pierden amistades de toda la vida, en una marejada de opiniones encontradas; todo esto, debido a la dopamina y la adrenalina efímera que el disidir de manera constante, nos genera.
En el terreno de la política esta situación se exacerba aún más, hasta llegar a extremos de lo absurdo, ya que la tribuna de las ideologías ha sido convertida en la actualidad en meramente un catalizador de odios y frustraciones que se van entrelazando de manera virtual en algoritmos que, de una manera automática, nos van conectando con los “aliados” y separando de los “enemigos” que son precisamente, los que no coinciden con nuestras opiniones.
Lo anterior ha quedado demostrado de una manera magistral, y con información de primera mano, en el excelente documental de Netflix, El Dilema de las Redes Sociales, que nos señala que el objetivo principal por parte del establishment tecnológico, es “acaparar el tiempo de las personas y segmentar a las audiencias, creando un sistema que privilegia la información falsa y confrontativa (…) porque vende… mientras que la verdad se relega, ya que es aburrida”.
Nos encontramos inmersos en una sociedad que por el tipo de “basura a modo” que consumimos, ha ido perdiendo gradualmente su capacidad de análisis, además de que cada vez y en mayor medida, tiende a acomodarse en posturas maniqueas que le generan a los adeptos de x o y, la satisfacción del triunfo momentáneo ante el otro.
Todo esto como un producto final de una construcción intencional y direccionada, en donde la tecnología y la psicología van de la mano para manipular consciencias.
Este fenómeno ha provocado que cualquier tipo de suceso inmediatamente se ponga en la arena de las posturas irreconciliables, ya que -como se ha mencionado- es mucho más fácil segmentar intencionalmente a las audiencias con la finalidad de vendernos como un producto para diferentes mercados y empresas. Ahora se dice: “Si no pagas por el producto, el producto eres tú”.
Precisamente estas diferencias son las que generan identidad. Por ende, no es necesario tender puentes ya que el sentido de pertenencia hacia un segmento político, social, de género, de preferencia sexual, racial o cultural es lo que se busca para vender.
El antagonismo se ha convertido en la manera por la cual logramos generar nuestra “marca social”. Por eso hay que ser muy cuidadosos a la hora de juzgar, haciendo el ejercicio permanente de poder apreciar de una manera racional desde qué parte del espectro del debate estamos ubicándonos… y de que muy probablemente estamos ahí de manera involuntaria.
Todos estos antecedentes cobran importancia al hablar del tópico que nos atañe, que es la libertad de expresión y su posible censura desde las redes sociales, ya que habría que partir de la premisa de que una opinión pública dividida como la actual, no profundizará necesariamente sobre las fuerzas motrices que se están moviendo tras bambalinas en torno a esta discusión.
Este tema ha cobrado suma importancia mediática en los últimos días, a raíz de la toma del Capitolio de los Estados Unidos por grupos de apoyo pro-Trump, y con el consiguiente caos provocado ante la tácita incitación a la violencia y sedición que el aún presidente de esa nación generó, al Dejar Hacer – Dejar Pasar la toma de este recinto.
Como represalia inmediata por la vulneración indirecta hacia este poder, Twitter y Facebook le bloquearon sus redes sociales de manera indefinida y parcial respectivamente, alegando una supuesta violación en las políticas de sus plataformas, y por incitar “a una insurrección violenta contra un gobierno elegido democráticamente”
Puede ser que, en este caso en particular, estás compañías tengan razón a cabalidad por el peligro que representaba para todos esta persona. Sin embargo y a contrasentido, es preocupante que estas redes sociales se comiencen a autodesignar como censores de la libertad de expresión, o de lo políticamente correcto e incorrecto, en aras de una supuesta protección de los valores democráticos.
Si bien Twitter y Facebook han esgrimido el porqué de su decisión de una manera jurídicamente correcta, debido a que efectivamente sí hubo flagrancia a sus normativas, también existen una serie de cuestionamientos legales y supra legales que se han dejado a un lado, y que necesariamente tendrían que tomarse en cuenta, para tener una visión más completa del problema, como por ejemplo:
I. ¿Realmente existe equidad entre sociedad, gobierno y las empresas de servicios tecnológicos, en el sentido de fiscalizarse mutuamente y en su caso, de poder revertir decisiones unilaterales?
II. ¿Si en la actualidad estos gigantes tecnológicos fungen como monopolios de facto, el permitir y aplaudirles fallos sin consenso en torno a temas de interés público, no les fortalece implícitamente esos privilegios no legales?
III. ¿Si el internet y sus redes sociales siguen siendo entes en vías de regulación, ante su creciente poderío no habría que acelerar su ordenamiento y legislación, armonizando reglas globales y nacionales en torno a sus alcances y límites?
IV. ¿Y finalmente, si hoy en día lo que tenemos en el internet es una libertad de expresión dirigida por la exacerbación automatizada de las diferencias, realmente existe esta supuesta libertad?
Es innegable que hay esfuerzos serios que van por estas rutas, como la propuesta de Ley de Servicios Digitales que se está cabildeando en Europa, pero la realidad parecería decirnos que aún estamos en el “Viejo Oeste” de las Redes Sociales, en donde quien tenga más poder y recursos le llevará la delantera a todos los demás.
Han pasado apenas 20 años de esta nueva era y es un hecho indiscutible que hay inmensos monopolios tecnológicos que se han fortalecido al amparo de las zonas grises. Por ende, urge actuar de una manera coordinada entre todas las partes involucradas, para definir reglas claras en el juego.
* Martín Klimek (@mklimekalaye) es egresado de Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana y tiene una amplia experiencia en la implementación de estrategias de negociación y comunicación, así como en manejo de crisis.