Las ramas del árbol

blogeditor · 18 de junio de 2021

Las ramas del árbol

Hace pocos días, tras un impulso de curiosidad, le pedí a mi papá una fotografía de mi abuela, su madre, cuando era joven. Para mi sorpresa, me encontré con una mujer con mis rasgos: soy una mujer con sus rasgos. Una mujer retratada en un tiempo que no se asemeja a este instante, en el que ambas coincidimos, pero que no nos conocemos.

Al observar la fotografía me surgieron algunas dudas que decidí despejar con mi padre. Fue muy impresionante darme cuenta de que mucho de lo que sabía de mi abuela Eloísa era mentira. Crecí, por ejemplo, con la falsa idea de que mi bisabuela, su madre, era mazahua. Me tomó 35 años saber que no era así. Bastó una respuesta de mi padre para que esa historia se disolviera y con ella una parte de mi identidad. Lo que me llevó a pensar en el resto de mi historia y en las ramas de mi árbol genealógico: ¿qué tanto es ficción?

Mi árbol tiene dos ramas de distinta madera: una en la que me columpié durante mi infancia y otra que solo conozco desde lejos. La primera está conformada por una familia caótica casi excéntrica, fundada sobre sí misma, dentro de un matriarcado misógino, poderosa y debilitada, afectuosa y agresiva. Una familia tan fascinante como contradictoria. La segunda, es la rama de una familia distante, conservadora, con un humor fino, que supo apropiarse de sí misma, sostenerse y empujarse. Más allá de ello, desconocida.

Es probable que mi historia personal se haya construido sobre una historia familiar distorsionada por mi propio punto de vista, ingenuo y arrebatado, atravesado por lo que he querido escuchar y, especialmente, por lo que me he querido decir. Mi historia no es otra cosa que la perspectiva de una niña que creció entre raíces torcidas y que nunca se sintió en casa.

El hueco de mi familia paterna define en gran parte quién soy. A mi familia paterna le debo la tristeza que me acompañó durante años, pero también la sensatez con la que actúo. La presencia de mi familia materna me ha llevado a cuestionar por qué soy quien soy y por qué no puedo dejar de serlo. A mi familia materna le debo la rabia con la que me enfrento al mundo, pero también la apertura a la vida.

¿Qué pasaría si a estas alturas me doy cuenta de que mi historia no se trata de lo que me faltó sino de lo que aprendí a tomar? ¿Y si se me escapan las respuestas y descubro que la vida no es apropiarse de ella sino entregarse a ella?

Trepo hasta la parte más alta de mi árbol para asegurarme de mirar el paisaje completo: desde aquí alcanzo a ver las ramas que emergen del árbol de mi hijo y que lo sostienen. Mis raíces se estiran. Observo de nuevo la fotografía de mi abuela Eloísa y pienso que lo que me acercará a ella será la curiosidad y no mi punto de vista.

Mientras tanto, imagino posibilidades: las que tengo de frente, sí, pero también las que he dejado atrás por contarme la misma historia. Quizá, mientras exista una manera diferente de mirarla, se le pueda arrancar a la vida una nueva forma de reconocer(se), incluso, a través de quienes no conocemos. Como, en mi caso, mi abuela paterna.

@barbarahoyo