blogeditor · 4 de agosto de 2015
Sí, en efecto me refiero a las mujeres que aman demasiado y no precisamente a la chica de la UACh de la que tanto se habló la semana pasada, sino en general a las que pensamos que en realidad el amor debería ser más sano. No recuerdo si lo escuché en alguna película o lo leí en alguna revista del corazón o en alguna poesía: el amor no debería basarse en la necesidad del otro, sino en el goce propio.
– Sí, claro les vuelve a la mente la escena de pasión sobre el pasto de la universidad de Chihuahua.
¿Por qué nos impacta tanto la escena de sexo entre estos estudiantes? En donde la miel se derrite sobre el pasto sin que les importa a las hormigas que transitan por debajo de tan candente acción.
[contextly_sidebar id=”kVgW5ZhYITiZnYdeFvKB43bDtKP4Qc9e”]No sé si ustedes alguna vez hayan tenido alguna conversación entre amigas y si son hombres por curiosidad hayan presenciado alguna plática de mujeres.
Si no es así, les cuento que mis amigas y yo frecuentemente nos reunimos para platicar sobre nuestras confidencias o deseos reprimidos, sueños o fantasías. Es fantástico observar a cada una de mis amigas, incluyéndome, como si cada vez que alguna de nosotras habláramos estuviéramos escuchando al mismísimo oráculo, con la atención que se merece el mejor cuento.
Dependiendo de la frase, todas reafirmamos con la cabeza o ejecutamos gestos sorprendidos. Son extrañas las maneras en que lo remoto se vuelve próximo, palpable. Nos subimos al tren del tiempo. Las imágenes del futuro se proyectan ante nuestros ojos completamente abiertos.
No falta la que aconseja que mi amiga avance progresivamente, poco a poco en su romance, que no se brinque las etapas, que no entregue a la primera el puerquecito. Ella igual ya lo sabe, pero muy atenta afirma con la cabeza.
Por el contrario mi otra amiga opina que las relaciones serán una mezcla de límites, fuego, energía, tendrá en sus manos un gigantesco poder que puede volverse en su contra si no lo usa adecuadamente. Luego vendrá algo tremendo, truenos y el ocaso. Pero de todo eso habrá algo que aprender. No, pues qué alivio, pienso yo. Ella vuelve a afirmar con la cabeza.
Mi tercera amiga le dice que le prestará un libro: “Las mujeres que aman demasiado”, resume bien el tema del libro y mi amiga que recibe el útil consejo dice: alguna enseñanza para mí seguro que encuentro ahí.
– Seguro que pasó por él a tu casa.
– Para nada, yo te lo paso mañana a dejar.
En realidad a ella jamás le han gustado los libros de autoayuda, pero el título la describe. Llevamos ya tres botellas de vino.
La densidad del tiempo es otra. Antes de marcharse no faltará la que achaque sus problemas sentimentales a la relación conflictiva con su madre demandante.
Reconforta oír a otro describir los propios estados, modos, sensaciones. Cosas que definen. Mis amigas son todas unas súper terapeutas.
En fin, quién de nosotros no ha sentido esas maripositas adentro de la panza que empiezan a ponerse inquietas y juegan seguramente al ping pong porque parece que por momentos dan golpes en la pared del estómago, se caen, zapatean, aletean y se excitan cuando están por llegar al cielo y de pronto se posan quietecitas en una ramita.
Quién no se ha comportado como adolescente dejándose llevar por el impulso de hacer el amor, no importa dónde ni cómo. Al fin y al cabo lo más importante son las miradas y caricias deseosas sin importar que después te veas en las redes sociales grabada por el ojillo de un celular y termines preguntándote, ¿qué hicimos mal?