Las piscinas del EGO (o, el reino de la desconfianza)

ernestoramos · 10 de mayo de 2011

Las piscinas del EGO (o, el reino de la desconfianza)

Preguntémonos seriamente si nos gusta este México. 

Hagámoslo desde la objetividad, evitando la comodidad del sillón o el estomago lleno.  Comencemos pensando en nuestra frágil institucionalidad –por ejemplo– o en la percepción extendida de que en esta enclenque democracia todo puede arreglarse con dinero.  Pensemos en la ausencia de rendición de cuentas y en las complicidades históricas de los grupos de poder.  Visualicemos las ataduras asociadas a nuestras carencias estructurales: el desequilibrio y la descoordinación de nuestros poderes constitucionales, los intereses de grupo que inmovilizan procesos legislativos, los niveles educativos deficientes, un gobierno omnipresente que desparrama símbolos, los procedimientos electorales desaseados y controvertidos, y para colmo el absurdo y medieval comportarse de las iglesias.

Preguntémonos entonces seriamente si nos gusta México. 

Hagámoslo desde la fría objetividad: devastado, aniquilado nuestro campo, sangrando.   Sangrando también nuestras zonas petroleras, sólo para ver regresar nuestro oro negro en forma de derivados que no hemos sabido producir.  Sangrando nuestras calles ante asesinatos diarios, desaparecidos, y el miedo de aquella oaxaqueña –que trabaja en una maquiladora de Ciudad Juárez— que regresa a casa entre un desprotegido paramo de calles obscuras.  Sangrando en carencias y sangrando en pobrezas: atados a una economía con productos poco competitivos a nivel mundial, ninguna computadora, ninguna aeronave, la industria nacional mermada por nuestros problemas, las crisis recurrentes, la deficiente planeación estratégica.

Probablemente de ese desolador panorama surgiría el debate sobre nuestra identidad nacional.  Seguramente saldrían a relucir comunes denominadores: algún despistado hablará de esas piedras prehispánicas que amamos, alguien alzaría la voz sobre nuestra innata capacidad inventiva, seguramente algunos murmurarían sobre creaciones musicales exquisitas, nuestra comida, nuestra historia, nuestra tierra profunda y desquebrajada, donde la realidad es al fin de cuentas el abandono de millones de mexicanos con escasas oportunidades.   

Asi la realidad se presenta tajante y filosa como escupitajo frio.  Si.  Un escupitajo frio que demuestras fallas al ordenar este país.  Que lo hemos hecho terriblemente injusto.  Con un grupito de encopetados que todas las pueden.  Con una multitud de ciudadanos invisibles.  Reguero de desesperanza, desigualdad, violencia, droga….  y la certeza extendida de que cualquier problema se arreglará con billetes, con la impunidad como pan de todos los días. 

La resquebrajada realidad se desborda:  la sensación de peligro al cruzar nuestras montañas nocturnas, el temor de ser asaltado por el reten en turno, los taladores clandestinos que hemos visto, el hospital del pequeño pueblo y sus medicinas caducas, el autobús impuntual que ha arrollado algunos peatones.  Y seguir encabronandonos aun más con el pan de todos los días: los semáforos descoordinados, los policías corruptos, los fraudes fiscales, la venta indiscriminada de alcohol a nuestros menores y el éxtasis en el día de nuestra independencia, donde con el rostro tricolor salimos a la calle a gritar a una plaza dividida.  Lla lista interminable de nuestras miserias: la deserción escolar ante la falta de plata, la multitud de sueños resquebrajados, los servicios públicos ineficientes, el servicio doméstico esclavizado, el uso de suelo obtenido con aquel alcalde corrupto y los malabares del cartero, porque la calle Bravo tiene múltiples posibilidades de ser, y todas ellas embachadas, y todas ellas con bares que seguramente siguen vendiendo a deshoras sin importar las quejas de los vecinos. 

Y ademas nos saturan de fútbol el mediocre domingo.

O con muy bellos anuncios de tradiciones nos hinchan el pecho.   

Y alguien sale a levantar la voz,  hablar de una raza profunda y sensible.  De una identidad entrañable, de risa fácil y de fiesta improvisada.  

Oimos sobre la riqueza de nuestra multiplicidad étnica y el arte infinito de nuestros artesanos.  Incluso justificaríamos nuestro retraso desde las teorías del parto sangriento de nuestro México mestizo, la brutal colonización donde instituciones y grosso poblacional sufrieron, y siguen sufriendo, y de allí la dificultad de encontrar consensos en este complicado mosaico…    Buscaríamos justificantes de todo tipo para paliar nuestro atraso, desde la silla del teórico, y las respuestas serían múltiples, más un dato duro flotaría por encima de todo: sesenta millones de pobres es precisamente sesenta por ciento de la población nacional. 

Un número brutal como para seguir allí sentados, divagando, nadando, en piscinas de EGOs y DESCONFIANZA.