blogeditor · 10 de febrero de 2016
La sonrisa con la que camina y la calidez con la que saluda a quienes encuentra al llegar a la reunión son indescriptibles. “Mucho gusto”, “Muchas gracias” son las palabras que dirige a cada persona y que acompaña con una mirada franca dirigida a los ojos de sus interlocutores.
Es Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, líder opositor venezolano, ex alcalde del Chacao y coordinador nacional del Partido Voluntad Popular. En 2014 la Fiscalía General de la República de Venezuela emitió una orden de arresto en su contra, acusándolo de “instigación pública, daños a la propiedad en grado de determinador, incendio en grado de determinador y asociación para delinquir”. A pesar de que la constitución venezolana reconoce el derecho de protesta, a él se le negó. El 18 de febrero de ese año él se entregó a la Guardia Nacional, a la “justicia injusta” como señala su esposa. En 2015 se le sentenció a 14 años de cárcel. Es un preso político del chavismo heredado por Nicolás Maduro.

Recibimos en COMEXI a Leopoldo en el 2011. Nos habló de la situación de derechos humanos en su país y de las arbitrariedades del régimen de Hugo Chávez. En México no lo recibió el gobierno, se reunió con medios de comunicación y con la sociedad civil. Después recibimos a María Corina Machado, las autoridades mexicanas tampoco la recibieron y ella tocó todas las puertas que pudo.
Hoy, Lilian Tintori y su suegra, Antonieta M. López, han recorrido el mundo buscando que las escuchen, que se conozca la situación de su país, la tortura a la que lleva dos años sometido Leopoldo, recluido en un cuartel militar y en aislamiento. Su caso ha sido revisado en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. La ONU, la OEA, Human Rights, Aministía Internacional han señalado la arbitrariedad del arresto y la evidente irregularidad de la situación. América Latina ha observado silenciosamente la violación de derechos en el país y ha mantenido el silencio… hasta hace poco.
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Escuchar a Lilian y a Antonieta es escuchar una voz de esperanza y de aliento en un mundo, en un continente y en un país que se ha acostumbrado a la desesperanza y a la violencia.
[contextly_sidebar id=”RmtF051Rf9eDPUnfICZu8q2isocKUXQM”]¿Cómo puede tener esa sonrisa cuando han sido víctimas de abuso, violencia, arbitrariedades, despojos? Me pregunto. Alguien le preguntó en la reunión si su discurso no era retórico y que sería difícil traducirlo en una nueva realidad política. Ella respondió sin pensarlo dos veces: “Tenemos esperanza. Leopoldo tiene esperanza y nosotras también. Sin ella no podríamos seguir adelante”.
Cuando explica que es necesaria en un país en el que las flores están marchitas, en donde los muertos ya no caben en la morgue, en donde salen del país diariamente 300 venezolanos buscando una alternativa de vida, en donde el sueldo promedio representa el 25 % del costo de la canasta básica, “la esperanza es lo único que nos queda”.
Ella y su suegra hoy nos hicieron ver que la esperanza se escribe con mayúscula: Esperanza. No sé cuántas personas la han perdido en el camino en situaciones menos violentas y arbitrarias. La Esperanza como motor, como lo único tangible a lo que se pueden aferrar.
La otra gran sorpresa, y que confieso me dejó muda –y creo que no fui la única- fue el discurso de reconciliación que ambas expresan. “Es el discurso de Leopoldo”, coinciden las dos. No hay odio en sus palabras. Miran al futuro. “Que maduro sea quien libere a los presos políticos”, “Que se vaya en paz”, “Necesitamos la reconciliación en Venezuela”.
“Reconciliación” es una palabra que en México desconocemos, que nos resulta ajena, lejana, impronunciable. Si la escuchamos la olvidamos. Si la leemos la borramos.
Ellas llegan a México con ese mensaje de Esperanza y reconciliación en un momento en que en el país las hemos desaprendido y en donde nos vendría muy bien reaprenderlas, empezar a pronunciarlas y acariciarlas.
A diferencia de la visita de su esposo a México, hoy a Lilian la recibió la canciller mexicana, Claudia Ruiz Massieu, y sostuvo encuentros con los líderes de los partidos políticos y la recibieron en el Senado. Aplaudo este cambio de actitud en la política exterior mexicana. Sin duda habrán cambios en la región con este viraje mexicano. Enhorabuena.
Por lo pronto, creo que no podré volver a pensar o pronunciar la palabra “Esperanza” sin imaginar las enormes pestañas de Lilian (“que son naturales” como me dijo) y la fuerza de sus palabras y compromiso.
Espero que pronto podamos recibir a Lilian y a Antonieta junto con Leopoldo, sus pequeños hijos Leopoldo y Mariana y por supuesto, a Corina. Es hora de que sepan –y les demostremos como país y como individuos- que no están solos y que los derechos humanos si importan.
Nos quedan la Esperanza y la Reconciliación.